Marruecos ante su segunda montaña

Boualem Sansal. AFP or licensors

El 03/09/2026 a las 12h00

ColumnaQuizá sea este el verdadero desafío de la segunda montaña, lograr que avancen juntas unas estructuras capaces de correr y una sociedad que necesita encontrar su propio ritmo. Conciliar las estructuras antropológicas y sociales con unas estructuras económicas que, en ocasiones y quizá a menudo, pueden avanzar en direcciones opuestas.

En el desarrollo de las naciones existe una paradoja a la que se presta muy poca atención. Algunos problemas no aparecen porque un país haya fracasado, sino porque ha tenido éxito, porque ha crecido. Son los conocidos problemas derivados del crecimiento.

Salir del subdesarrollo es una empresa inmensa. La historia de las independencias lo demuestra. Muchos países emprendieron ese camino, pero pocos lograron recorrerlo por completo. Había que abandonar unas economías anticuadas y coloniales, organizadas en gran medida en función de intereses externos; construir Estados capaces de actuar; satisfacer las necesidades fundamentales; generar poder adquisitivo; ampliar la base productiva y, finalmente, dotar al desarrollo de los medios necesarios para perdurar.

Algunos países culminaron esa travesía. Fueron llamados emergentes, después nuevos países industrializados, «tigres» o «dragones». Las palabras importan poco. Lo verdaderamente relevante es que habían cambiado de categoría.

Marruecos ha culminado esa primera ascensión y ha comenzado la segunda.

Sus infraestructuras, sus industrias automovilística y aeronáutica, los fosfatos, las energías renovables, la logística, los servicios y su apertura africana e internacional demuestran que ya no se trata únicamente de acumular equipamientos. Ha surgido una nueva economía. El país ha entrado en la globalización no solo como mercado o proveedor, sino cada vez más como actor.

Y es precisamente porque está teniendo éxito por lo que aparece ante él otra montaña.

Los economistas conocen bien una de sus vertientes. Hablan de la «trampa de la renta media». La expresión es fría, pero la cuestión que plantea es acertada. Lo que permite salir del subdesarrollo no basta para alcanzar a las economías más avanzadas. Llegado cierto punto, es necesario producir más conocimiento, tecnología, innovación y productividad. Corea del Sur superó ese umbral. Singapur también. Otros países quedaron atrapados en él.

Pero los economistas solo describen una de las vertientes.

La otra es más misteriosa.

Porque la globalización no transporta únicamente mercancías, capitales y tecnologías. También transporta normas. Normas de producción y consumo, de organización del trabajo, de formación, de movilidad, de éxito individual y, en último término, formas de vida y filosofías.

Esas normas son mundiales, pero los pueblos no lo son.

Una empresa puede adoptar un estándar internacional en pocos meses. Una fábrica puede cambiar sus máquinas; un banco, sus procedimientos, y un puerto, su organización. Las estructuras son flexibles.

Una sociedad lo es mucho menos.

Posee una historia, familias, lenguas, creencias, solidaridades, costumbres y una relación particular con el trabajo, la autoridad, el tiempo y el éxito. Todo ello cambia, evidentemente, pero no al ritmo de un programa informático o de una cadena de montaje.

Quizá sea este el verdadero desafío de la segunda montaña, lograr que avancen juntas unas estructuras capaces de correr y una sociedad que necesita encontrar su propio ritmo. Conciliar las estructuras antropológicas y sociales con unas estructuras económicas que, en ocasiones y quizá a menudo, pueden avanzar en direcciones opuestas.

«Por eso, el verdadero reto no será proteger a Marruecos de la modernidad, sino lograr que la modernidad siga teniendo un rostro marroquí en Marruecos.»

—  Boualem Sansal

Este problema no tiene nada de teórico. Los países que alcanzaron la cima antes que los demás descubren hoy las patologías inesperadas de su propio éxito.

Japón se enfrenta al envejecimiento y la soledad; Corea del Sur, al agotamiento de una sociedad sometida a una competencia permanente; una China envejecida, a las contradicciones de un crecimiento gigantesco; Estados Unidos, a la exclusión en medio de la abundancia, y Europa, a esa extraña tercermundización interna que hace reaparecer bolsas de atraso en el corazón mismo de sociedades ricas.

La palabra es brutal: tercermundización.

Evidentemente, no significa que Francia o Europa se estén volviendo pobres. Expresa algo más paradójico. El subdesarrollo puede generarse en el interior mismo del desarrollo, a través de territorios abandonados, servicios públicos en retroceso, fracaso escolar, economía informal, violencia y fragmentación social y cultural.

Sabíamos lo difícil que era salir del subdesarrollo. Ahora descubrimos que tampoco resulta sencillo permanecer desarrollados todos juntos.

Y nadie posee todavía una solución verdadera. Unos reclaman más leyes; otros, más Estado, más libertad o más recursos.

Lo más desconcertante es que quienes ya han superado esta segunda montaña tampoco saben muy bien hacia dónde dirigirse. Crecimiento verde, crecimiento cero, decrecimiento, sobriedad, reindustrialización, relocalización, proteccionismo, globalización o desglobalización. Cada uno busca su propia fórmula, a veces brillante, a veces contradictoria y, en ocasiones, francamente disparatada.

La cima se ha convertido en un laboratorio.

A ello se suma una limitación que los primeros países industrializados apenas conocieron. Ahora hay que alcanzar el poder reduciendo sus efectos sobre el ecosistema. Las normas mundiales se multiplican, en ocasiones necesarias, otras veces discutibles, pero siempre más exigentes.

Nos encontramos, por tanto, ante una situación histórica bastante extraordinaria. Los países emergentes llegan a los pies de la segunda montaña justo cuando quienes la escalaron antes que ellos comienzan a discutir sobre la cima.

Y, por si fuera poco, el éxito también transforma la mirada de los demás.

Mientras un país produce poco, compite poco. Cuando exporta automóviles, desarrolla su industria aeronáutica, posee recursos estratégicos, invierte en el extranjero, adquiere tecnología y conquista mercados, sus ventajas se convierten en intereses y esos intereses chocan con los de otros.

China ofrece una demostración gigantesca. Mientras fue un subcontratista convertido en «la fábrica del mundo», su ascenso encajó bastante bien en la globalización. Cuando se convirtió en una potencia industrial, científica, tecnológica y estratégica capaz de competir con Estados Unidos, la relación cambió de naturaleza.

Marruecos no es, evidentemente, China. Pero la regla se aplica a todos. El éxito genera competencia y la competencia termina convirtiéndose en política.

Es aquí donde Marruecos quizá posea una ventaja que no refleja ninguna clasificación internacional.

Ha cambiado enormemente sin volverse irreconocible.

Sigue siendo una sociedad con una identidad muy definida, formada por varias lenguas y distintos legados, por tradiciones antiguas, solidaridades familiares y locales y una manera singular de combinar África, el Mediterráneo, el Atlántico, el islam y Europa.

Esa singularidad no es un obstáculo para el desarrollo ni una pieza de folclore que deba conservarse bajo una vitrina. Es una fuerza.

Otorga a Marruecos esa personalidad que la globalización ha borrado en tantos lugares y que hace que se lo reconozca, que uno se encariñe con él y, digámoslo, que se lo quiera.

La segunda montaña pondrá inevitablemente a prueba esa personalidad. No porque la modernidad destruya irremediablemente las identidades, sino porque lo acelera todo: las aspiraciones, las comparaciones, la movilidad, los deseos y las frustraciones.

El joven marroquí ya no compara únicamente su vida con la de su padre. A través del teléfono, la compara con la del mundo entero.

El desarrollo incrementa la riqueza. El deseo suele correr más deprisa.

Por eso, el verdadero reto no será proteger a Marruecos de la modernidad, sino lograr que la modernidad siga teniendo un rostro marroquí en Marruecos.

Tampoco se trata de frenar un éxito que abre posibilidades extraordinarias. Se trata de permitir que la sociedad lo habite, lo comprenda, encuentre su lugar en él y se convierta en protagonista, en vez de limitarse a contemplarlo como espectadora.

Marruecos no tiene ningún motivo para temer la segunda montaña. Se alza ante él precisamente porque superó con éxito la primera, sin dejar a sectores enteros de la sociedad abandonados al borde del camino.

Pero la cima ya no puede medirse únicamente mediante la renta per cápita, el número de fábricas o la posición ocupada en las clasificaciones internacionales.

La verdadera hazaña quizá consista en alcanzar la prosperidad sin generar exclusión, entrar plenamente en la globalización sin volverse intercambiable y aprovechar las fortalezas de la modernidad sin importar mecánicamente todas sus patologías.

Los propios países ricos todavía buscan la manera de conseguirlo.

Para afrontar esta nueva etapa, Marruecos posee una ventaja que ningún indicador económico puede medir: todavía sabe muy bien quién es.

Eso no garantiza nada. En la historia de las naciones, nunca hay garantías.

Pero es una fuerza extraordinaria para afrontar la segunda montaña.

Por Boualem Sansal
El 03/09/2026 a las 12h00