La literatura oral amazigh no es un vestigio del pasado ni un repertorio inmóvil. Es un sistema vivo de creación y transmisión que conserva memoria, expresa formas de sociabilidad e incluso participa en la regulación de la vida comunitaria. Así lo plantea el investigador Mohamed Chtatou en un análisis en el que recorre sus géneros, su evolución y los desafíos a los que se enfrenta.
El patrimonio abarca poemas cantados, cuentos, leyendas, proverbios, adivinanzas y fórmulas rituales, transmitidos en las principales variedades amazigh de Marruecos, el tachelhit, el tamazight del Atlas Central y el tarifit. A ellos se suman expresiones colectivas como el ahidous y el ahwach, en las que el canto y la danza forman parte de una misma experiencia.
Su particularidad reside en que la obra no queda fijada en un texto. Un poema puede cambiar según quién lo interprete, el público, el lugar o la ocasión. El cantante que responde a su interlocutor con un verso, el poeta que adapta una composición al momento y la narradora que modula la voz para captar la atención de quienes la escuchan participan en la creación de la obra. La interpretación no es solo una forma de transmitirla: es también el lugar donde cobra vida.
Una memoria que también organiza la comunidad
La palabra desempeña funciones que van más allá de la expresión artística. Los poemas sobre héroes y episodios de resistencia, las genealogías recitadas y los relatos sobre el origen de pueblos y grupos conservan una memoria colectiva que convive con las crónicas oficiales. En las asambleas comunitarias, las normas consuetudinarias —los izerfan—, los juramentos y los procesos de mediación, la palabra dada y la memoria de precedentes también pueden tener un valor social y jurídico.
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Esta tradición tampoco se ha desarrollado de forma aislada. A lo largo de los siglos ha mantenido intercambios con el árabe, el islam y otras expresiones de la cultura marroquí. A esa trayectoria se han añadido, más recientemente, la radio, la televisión, los casetes y las plataformas digitales. El análisis de Chtatou presenta esa convivencia como una muestra de que la cultura amazigh no está encerrada en el pasado, sino que evoluciona y dialoga con nuevos medios.
Las mujeres, en particular las madres y las mayores, han sido una vía central de transmisión de cuentos, poemas y cantos. Sin embargo, el éxodo rural, la desaparición de portadores de la tradición y la transformación de los espacios de encuentro dificultan que ese conocimiento pase de una generación a otra. En el Rif, advierte el autor, algunas formas de saber oral están especialmente expuestas a desaparecer.
Proteger sin convertir la tradición en una pieza de museo
La oficialización del amazigh en la Constitución de 2011, la Ley Orgánica 26-16 de 2019 y la creación del Instituto Real de la Cultura Amazigh (IRCAM) han ampliado las posibilidades de investigación, enseñanza y difusión. Pero la institucionalización también plantea un desafío: preservar las tradiciones sin reducir su diversidad regional ni fijarlas en una versión única.
Chtatou defiende una tarea doble. Por un lado, registrar las interpretaciones con rigor, traducirlas y acercarlas a la escuela y a los archivos digitales, en colaboración con las comunidades que las mantienen vivas. Por otro, dejar espacio para que poetas, cantantes y narradores adapten las formas heredadas y creen otras nuevas.
La literatura oral amazigh, concluye el investigador, se conserva transmitiéndose. Y transmitirla exige aceptar que cada generación puede darle una voz propia.
