Mariano Bertuchi tenía apenas catorce años cuando cruzó por primera vez el Estrecho y llegó a Tánger en 1898. Aquel viaje iniciaría una relación con Marruecos que acabaría ocupando prácticamente toda su vida.
Había nacido en Granada en 1884 y desde niño había demostrado unas condiciones excepcionales para el dibujo. Pero fue al otro lado del Estrecho donde encontró el mundo que terminaría definiendo su pintura. Volvió una y otra vez y, con el tiempo, dejó de ser simplemente un visitante.
Marruecos se convirtió en su gran tema.
Cuando murió en Tetuán en 1955, llevaba décadas pintando sus ciudades, sus gentes y su vida cotidiana. Tanto que una gran retrospectiva organizada décadas después por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando lo presentó sencillamente como el «pintor de Marruecos».
De pintor a reportero en Marruecos
Antes de convertirse en una de las figuras artísticas más vinculadas al norte de Marruecos, Bertuchi fue también una suerte de reportero gráfico.
A comienzos del siglo XX regresó al país para trabajar como ilustrador. Entre 1903 y 1908 realizó dibujos sobre el terreno mientras cubría las revueltas de las tribus contra el sultán de Marruecos. Ocho de aquellas piezas se conservan en los fondos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Sus ilustraciones comenzaron a aparecer en algunas de las publicaciones españolas más importantes de la época, entre ellas La Ilustración Española y Americana, La Esfera y Blanco y Negro. A diferencia de otros pintores orientalistas que habían imaginado Marruecos desde sus estudios europeos, Bertuchi recorría el territorio, observaba y dibujaba lo que encontraba.
Esa mirada acabaría llenando sus lienzos. Tetuán, Tánger, Chefchaouen, Larache y Assilah aparecen una y otra vez en su producción. Pintó calles encaladas y puertas de medina, mercados, bodas, jinetes, desfiles, campesinos y escenas aparentemente insignificantes de la vida diaria.

No buscaba únicamente los grandes monumentos. Buena parte del Marruecos de Bertuchi está hecho de momentos cotidianos.
El Marruecos que cabía en un sello
Pero quizá la mayor particularidad de Bertuchi sea que sus imágenes no quedaron encerradas en museos o colecciones privadas. Circularon. Sus ilustraciones aparecieron en revistas y publicaciones y sus paisajes se utilizaron en carteles destinados a promocionar Marruecos. Las medinas, las murallas, los zocos y las escenas que pintaba comenzaron así a formar parte de la imagen del país que recibía el público español.
Y hubo un soporte especialmente poderoso, los sellos. Bertuchi diseñó durante años emisiones postales vinculadas al Marruecos de la época. Aquellos pequeños dibujos hicieron que su obra viajara pegada a cartas y postales y llegara a personas que probablemente nunca habían oído hablar del pintor.

Por eso su influencia resulta difícil de medir únicamente contando cuadros. Durante décadas, miles de personas conocieron paisajes y escenas marroquíes a través de imágenes creadas por él. El Instituto Cervantes recuerda precisamente esa enorme producción gráfica, que convivió con sus óleos y acuarelas durante buena parte de su carrera.
Tetuán dejó de ser un destino
En 1930 dio el paso definitivo y se instaló en Tetuán. Ya no se trataba de viajar a Marruecos para pintar y regresar después a España. La ciudad pasó a ser su hogar y permanecería en ella hasta su muerte. Y es aquí donde la historia de Bertuchi se vuelve bastante más interesante que la de un pintor español fascinado por Marruecos. Porque empezó a dedicar una parte cada vez mayor de su tiempo no a su propia pintura, sino a las artes marroquíes.
En 1928 había sido nombrado inspector jefe de los Servicios de Bellas Artes y Artesanía del Protectorado y al año siguiente asumió la dirección de escuelas dedicadas a las artes tradicionales. También dirigió la Escuela de Alfombras de Chefchaouen y el Museo Marroquí de Tetuán.
Su trabajo se concentró especialmente en conservar oficios que estaban perdiéndose y asegurar su transmisión a nuevas generaciones. Cerámica, alfombras, cuero, tejidos, platería, talla de madera, forja y pintura decorativa encontraron espacio en aquellas escuelas.
No era una cuestión menor. En ellas trabajaban maestros artesanos marroquíes que transmitían técnicas tradicionales a los alumnos. El objetivo era impedir que una parte del patrimonio artesanal desapareciera ante las transformaciones económicas y sociales que estaba viviendo el país.

El propio Instituto Cervantes destaca hoy su labor en la recuperación y conservación de las artes, los oficios y el patrimonio urbano marroquí, especialmente el de la medina de Tetuán.
Una escuela que sobrevivió a Bertuchi
Pero su legado más duradero llegaría en los últimos años de su vida. En 1945 comenzó a funcionar de manera experimental la Escuela Preparatoria de Bellas Artes de Tetuán, impulsada por Bertuchi. Era la primera institución de este tipo en Marruecos. Al año siguiente, el pintor figuraba ya oficialmente como su director. La importancia de aquella iniciativa solo se comprendería plenamente mucho después.
La escuela sobrevivió al Protectorado, a la independencia de Marruecos y al propio Bertuchi. De aquel núcleo surgiría posteriormente una parte fundamental de la historia de las artes plásticas contemporáneas del país y la denominada Escuela de Tetuán. El Instituto Cervantes subraya que las instituciones creadas o impulsadas por Bertuchi continuaron funcionando después de su muerte.

En 2025, ochenta años después de la puesta en marcha de aquella enseñanza de Bellas Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes de Tetuán, la Academia del Reino de Marruecos y el Instituto Cervantes volvieron precisamente sobre su figura para conmemorar ese legado.
Pocas obras explican mejor la profundidad de su vínculo con Marruecos.
Bertuchi había llegado al país para pintar y terminó ayudando a formar a quienes pintarían Marruecos después de él.
El pintor que se quedó
Los cargos y las instituciones fueron ocupando cada vez más espacio en su vida, pero nunca abandonó los pinceles.
Continuó buscando esa luz marroquí que se había convertido en uno de los rasgos más reconocibles de su pintura. Los blancos de las fachadas de Tetuán, los ocres de la tierra, las sombras de las calles estrechas y el movimiento de los zocos aparecen repetidamente en sus acuarelas y óleos.
El Instituto Cervantes define Marruecos como su «país de adopción» y destaca que dedicó gran parte de su vida no solo a representarlo, sino también a proteger sus artes, tradiciones y patrimonio.
Mariano Bertuchi murió en Tetuán en 1955, a los 71 años. La ciudad en la que había decidido instalarse un cuarto de siglo antes fue también la última que vio.
Su obra quedó dispersa entre cuadros, acuarelas, dibujos, revistas, carteles y sellos. Pero dejó algo menos visible y probablemente más importante: instituciones que continuaron funcionando cuando él ya no estaba.
Por eso Bertuchi ocupa un lugar particular entre los artistas españoles que encontraron inspiración en Marruecos. Muchos viajaron al país. Muchos lo pintaron. Algunos se instalaron durante años. Él hizo algo más. Llegó siendo adolescente para descubrir Marruecos y terminó dedicando buena parte de su vida a que sus artes siguieran teniendo futuro.
