Durante meses, una parte de España vivió instalada en una certeza: la final del Mundial 2030 se disputaría, inevitablemente, en el Santiago Bernabéu. Madrid parecía reunir todos los requisitos. Una capital europea, un estadio mítico, una selección campeona del mundo y un peso histórico indiscutible en el fútbol internacional. El debate parecía cerrado antes incluso de haber comenzado.
Hasta que Marruecos entró en la ecuación. Ya no como un simple coorganizador del Mundial, sino como un candidato creíble para albergar la final. Y fue precisamente entonces cuando empezó a cambiar el tono de algunos medios españoles.
Desde hace varias semanas, los artículos se suceden. Marruecos estaría siendo favorecido. Un misterioso «lobby marroquí» influiría en las decisiones. Algunos llegan incluso a sostener que la FIFA pretende recompensar al Reino por consideraciones geopolíticas y no deportivas. El mensaje siempre es el mismo: si Casablanca consigue la final, no será por los méritos de su candidatura.
Esta estrategia no tiene nada de inocente. Cuando un candidato es realmente inferior, no hace falta emprender una campaña para desacreditarlo. Basta con dejar que los hechos hablen por sí solos. Si una parte de la prensa española dedica tanta energía a desmontar la candidatura marroquí, quizá sea porque sabe que se ha vuelto lo suficientemente sólida como para representar una amenaza real.
Porque, más allá de los discursos, existe una realidad mucho más concreta. Marruecos presenta hoy un proyecto coherente, claro y centralizado. Las infraestructuras están identificadas, las inversiones están en marcha y, sobre todo, toda la organización descansa sobre un único organismo: la Fundación Marruecos 2030. Probablemente sea una de nuestras mayores fortalezas.
A la FIFA no le gustan ni los procedimientos interminables ni la multiplicación de interlocutores. Prefiere estructuras capaces de tomar decisiones con rapidez, coordinar eficazmente y garantizar el cumplimiento de los plazos. Desde ese punto de vista, la Fundación Marruecos 2030 ofrece exactamente lo que necesita una competición de esta magnitud: una gobernanza unificada, capaz de interlocutar directamente con la FIFA, los ministerios, las administraciones territoriales y los distintos responsables de las obras.
Leer también : Rubiales desmonta el relato de una candidatura exclusivamente ibérica: «Marruecos estuvo desde el principio»
En cambio, la candidatura española presenta una estructura mucho más fragmentada. Hay que coordinar al Gobierno central, las comunidades autónomas, los ayuntamientos, la Federación Española, las empresas encargadas de la explotación de determinados estadios y varios clubes privados que siguen siendo propietarios de sus recintos. Cada uno tiene sus propios intereses, condicionantes y calendarios.
El informe de evaluación de la FIFA ya había llamado la atención sobre esta complejidad. Aunque valoraba positivamente las infraestructuras españolas, varios acuerdos relativos a los estadios se habían firmado tarde o incluían excepciones particulares. El organismo situó así el riesgo jurídico de la candidatura española en un nivel «medio», precisamente por la existencia de acuerdos contractuales que todavía estaban incompletos en el momento de la evaluación.
Desde entonces, las dificultades no han desaparecido. Dos ciudades, primero Málaga y después La Coruña, abandonaron el proyecto. Vigo continúa reclamando su incorporación y amenaza con acudir a los tribunales. La elección de las ciudades anfitrionas sigue generando polémica, mientras algunos responsables políticos denuncian falta de transparencia en los criterios utilizados para seleccionarlas.
A todo ello se suma una Federación Española que todavía intenta pasar página tras los casos Rubiales y la operación Brody. Evidentemente, ninguno de estos asuntos impide organizar un Mundial, pero sí alimentan una inestabilidad institucional que nadie necesita ante un acontecimiento de semejante importancia estratégica.
El contraste con Marruecos resulta, por tanto, llamativo. El Reino avanza conforme a una hoja de ruta claramente definida. Las obras de los estadios progresan. Las infraestructuras de transporte siguen su calendario. Las inversiones forman parte de una estrategia que va mucho más allá del propio Mundial. Y el Gran Estadio Hassan II, con sus 115.000 localidades previstas, constituye por sí solo un argumento difícil de ignorar en la carrera por albergar la final.
Leer también : Desmontando bulos. No, Marruecos no llegó de invitado al Mundial 2030
Pero un estadio no lo es todo. La FIFA no decidirá la sede de la final únicamente por la capacidad de un recinto o por su arquitectura. Examinará el conjunto del dispositivo: garantías gubernamentales, seguridad, movilidad, explotación comercial, organización operativa, calendario de las obras y capacidad para celebrar un evento sin imprevistos. Y es precisamente en estos ámbitos donde Marruecos se ha reforzado considerablemente desde la adjudicación del Mundial.
Lo que llama la atención actualmente es que el debate en España parece estar impulsado, en ocasiones, más por las emociones que por los hechos. El título mundial de la Roja se presenta reiteradamente como un argumento a favor del Bernabéu. Sin embargo, ningún reglamento de la FIFA establece que ser campeón del mundo otorgue ventaja alguna a un país a la hora de elegir la sede de la final. Del mismo modo, multiplicar los editoriales sobre un supuesto «lobby marroquí» no cambia ni los criterios de evaluación ni la realidad sobre el terreno.
En el fondo, esta batalla mediática revela, sobre todo, inquietud. Durante mucho tiempo, el Reino fue percibido como el socio africano de esta candidatura tripartita. Ahora se le considera un candidato capaz de albergar el partido más importante del torneo. Y la diferencia es enorme.
Todavía faltan varios meses para que la FIFA tome una decisión definitiva. Nada está decidido. Madrid conserva argumentos de peso, al igual que Barcelona. Pero algo parece ya evidente: si algunos se empeñan tanto en debilitar la imagen de la candidatura marroquí es porque esta ha dejado de ser una hipótesis. Se ha convertido en una posibilidad real. Y eso es precisamente lo que inquieta a una parte de España.
