Autocaravanistas en Marruecos: las razones de una fascinación que no decae

Una autocaravana en un pueblo del sur de Marruecos con construcciones tradicionales de tierra.. DR

El 01/09/2026 a las 14h25

Cada año, en cuanto los primeros fríos se instalan en Europa, se repite el mismo movimiento en las carreteras del continente: miles de autocaravanistas ponen rumbo al estrecho de Gibraltar, con un destino claro en mente.

Algunos realizan este trayecto desde hace más de diez años, mientras que otros acaban de descubrir el Reino. Sin embargo, todos relatan el mismo cambio radical una vez cruzada la frontera. El viaje transforma su naturaleza, el ritmo se desacelera y se instala una suerte de arraigo duradero, según recoge la revista Le monde du Camping Car al dar la palabra a varios viajeros enamorados de Marruecos.

Para muchos, el primer motor del viaje sigue siendo muy concreto: huir del frío y de la monotonía gris europea. Es el caso de Jean, de 81 años, exempleado de Correos y veterano de regatas de altura como la Volvo Ocean Race, quien resume esta pulsión migratoria con una frase elocuente: la «enfermedad de Marruecos». En otras palabras, un mal crónico que solo se cura volviendo a la carretera cada otoño con rumbo al país alauita. Viene, según afirma sin rodeos, a «buscar el sol para calentar [sus] viejos huesos».

Para Romy, instalada con su marido Bernard en la región de Sidi Rbat desde hace catorce años, la dimensión es casi médica. Padece osteoporosis y confiesa que el sol marroquí le hace «mucho bien», un bienestar que ya no encuentra en Francia. En cuanto a Cédric y Virginie, llegaron casi por casualidad. Tras poner rumbo a Andalucía para pasar las fiestas navideñas con sus hijos, desviaron su ruta hacia el sur huyendo del intenso frío que reinaba en España. Desde entonces no han dejado de volver, maravillados por encontrar en pleno invierno europeo temperaturas dignas del mes de mayo.

Una hospitalidad a prueba de todo

Si hay un punto en el que coinciden todos los testimonios es en la calidez de la acogida marroquí. Gérard y Marie-Louise, instalados en el campin Terre d’Océan, al norte de Agadir, desde hace trece viajes, explican cómo han visto crecer a los jóvenes del barrio a lo largo de los inviernos. «Los jóvenes de aquí a los que conocemos han crecido y son casi como nuestros hijos», explican, evocando a Aziz, quien siempre viene a saludarlos con efusivos abrazos. Valérie, habitual desde hace tiempo y que pasó del avión a la furgoneta camperizada tras el confinamiento, sitúa la amabilidad de los habitantes en la cumbre de lo que más le impacta, incluso por encima de los paisajes o la gastronomía.

Esta hospitalidad se manifiesta a menudo en los momentos más difíciles. Bernard y Romy recuerdan con agrado una avería en el alternador sufrida en la autopista cerca de Casablanca, resuelta en un solo día gracias a la atención de un policía y a un mecánico llamado Aziz. Bernard conserva una frase que lo resume todo: «Te averías por la mañana y te vas por la tarde». Jean, por su parte, habla de una «generosidad sin contrapartida» que actúa como un imán, tanto como el clima o los paisajes.

Encuentros que se convierten en lazos duraderos

Lo que llama la atención en estos relatos es cómo el viaje se transforma en afecto. Bernard y Romy reciben cada año a sus hijos, nietos y hermanas, quienes alquilan bungalós cercanos para convertir su campamento en una reunión familiar bajo las palmeras. Gérard y Marie-Louise recuerdan, con cierto tono de gravedad, la pérdida de algunos amigos autocaravanistas conocidos a lo largo de los últimos trece años, así como el relevo natural que toma una nueva generación de viajeros. «El ciclo natural de la vida», comentan, antes de añadir que Marruecos simplemente les ayuda a «seguir siendo felices».

Para Clara, cuya experiencia en vehículos camperizados comenzó en Australia hace diez años, este viaje por Marruecos en familia junto a Manu y su hijo Marius tiene un valor especial: el de la transmisión. «Teníamos ganas de hacerle descubrir a Marius el placer de moverse, de mostrarle que no existe solo nuestro país», confiesa. Describe la furgoneta como un verdadero catalizador de encuentros, imposible de replicar en un hotel o en una villa. «Sales de tu casa y estás con la gente», resume con sencillez.

La gastronomía y la seguridad, dos pilares esenciales

Otro gran atractivo es la cocina marroquí, elogiada en casi todos los testimonios. Cédric y Virginie la califican de «maravilla», destacando la frescura del pescado, de las frutas y de las verduras. Serge, un surfista instalado en Sidi Kaouki desde 2009, reconoce que, a pesar de sus reservas sobre la evolución del turismo, todavía se puede «degustar un excelente tajín por 5 euros en los pequeños restaurantes auténticos».

En cuanto a la sensación de seguridad, esta reaparece con igual frecuencia en las opiniones de los viajeros consultados. Cédric y Virginie insisten en la presencia tranquilizadora de la gendarmería y en la calidad de las carreteras, sin olvidar la ventaja que supone el uso del francés en los intercambios con los marroquíes. Valérie, por su parte, busca ante todo un estacionamiento seguro y un suministro eléctrico fiable, y afirma no haber sentido «nunca» la menor incomodidad en ningún rincón del país.

Por la redacción
El 01/09/2026 a las 14h25