Hay preguntas que uno preferiría no tener que formular nunca. Esta es una de ellas. ¿Quiere Tebboune atacar Marruecos?
Evidentemente, desconozco sus intenciones. Además, es un hombre tan imprevisible como lo fue Gadafi, siempre oscilando entre dos extremos. A decir verdad, ni siquiera sé quién gobierna realmente ese país. Pero lo que observo me preocupa profundamente.
En los últimos años, y con una aceleración desconcertante durante los últimos meses, se ha producido un cambio considerable en la actuación del régimen argelino. El Sáhara ya no se presenta únicamente como una cuestión de descolonización o de solidaridad con el Polisario y la autoproclamada RASD. Ahora se define oficialmente como un asunto de seguridad nacional al que se concede la máxima prioridad.
Las palabras importan. Cuando un Estado convierte un problema exterior, entre tantos otros, en una cuestión prioritaria de seguridad nacional, modifica la propia naturaleza del problema. ¿Qué está ocurriendo?
Todas las instituciones parecen movilizadas, dejando a un lado el resto de los asuntos. Los discursos de guerra se multiplican. Los medios redoblan el ruido. Diplomáticos, políticos, académicos y periodistas se suman a la campaña. Los servicios de inteligencia llevan las redes sociales al límite de la tensión. Los ejercicios militares se suceden a un ritmo frenético.
Argelia lleva años destinando presupuestos gigantescos a sus Fuerzas Armadas. Solo en 2025 superó los 25.000 millones de dólares, sin contar los gastos extrapresupuestarios. Por volumen de gasto, es con diferencia la primera potencia militar del Magreb. Según los expertos, buena parte de este nuevo armamento ultramoderno tiene un carácter claramente ofensivo. Todos los sectores parecen movilizados en la misma dirección. Da la impresión de que se está instaurando una auténtica economía de guerra.
Es cierto que Argelia posee fronteras inmensas, que el Sahel atraviesa una crisis que amenaza con fragmentarlo, que Libia continúa sumida en la inestabilidad y que el terrorismo no ha desaparecido. Pero ¿bastan estas amenazas para explicar semejante esfuerzo militar? Argelia ha vivido situaciones peores, como la Década Negra, y consiguió superarlas gracias a la movilización y al valor de su población.
La pregunta debe plantearse. Se vuelve ineludible cuando este despliegue va acompañado de la designación permanente de Marruecos como enemigo existencial de Argelia y cuando el Sáhara pasa a considerarse un asunto prioritario de seguridad nacional.
La inquietud aumenta ante la aparición de otros movimientos. En mi crónica anterior me preguntaba por el espectacular acercamiento entre Argel y Túnez y por la posible formación de un eje argelino-tunecino contra Marruecos. ¡Qué lejos queda la idea de una Unión del Magreb!
En el sur se libra otra batalla. Mali se ha acercado a Marruecos en la cuestión del Sáhara. Argel intenta ahora restablecer sus relaciones con Bamako tras un periodo de fuertes tensiones. Existen razones de seguridad para ello, pues ambos países comparten una frontera muy extensa y porosa. Pero sería ingenuo ignorar el otro objetivo, devolver a Mali a la órbita argelina y obligarlo, mediante una relación de fuerzas, a revisar su acercamiento a Rabat respecto al Sáhara.
Considerados por separado, cada uno de estos hechos puede encontrar una explicación diplomática. Observados en conjunto, dibujan una política y una estrategia para aplicarla. La palabra guerra viene inmediatamente a la mente.
A estas alturas ya no basta con debatir y comentar. Hay que dar la voz de alarma.
«Ya no basta con desear que Argel y Rabat vuelvan por fin a hablar para reducir la tensión. Marruecos ha tendido la mano en numerosas ocasiones, pero el poder argelino siempre ha respondido con desprecio. Hay que internacionalizar la alerta antes de que estalle el conflicto y termine internacionalizándose por sí solo.»
— Boualem Sansal
Las guerras no siempre comienzan porque un dirigente enloquecido decida una mañana invadir al país vecino. También empiezan cuando, durante años, se crean las condiciones que terminan haciéndolas inevitables. Se cierran las fronteras. Se rompen las relaciones diplomáticas. Se clausura el espacio aéreo. Se convierte al otro en una amenaza existencial. Se instaura una economía de guerra y se somete a la población a un sistema de adoctrinamiento. Solo falta una pequeña provocación para encender la mecha.
Ese engranaje ya está en marcha.
Argelia y Marruecos vivieron una situación semejante en 1963, durante la Guerra de las Arenas. Una guerra hoy sería infinitamente más mortífera. Dos potencias militares modernas se enfrentarían en un Magreb rodeado de focos de inestabilidad. Las alianzas, las potencias extranjeras hostiles, los desplazamientos de población, los grupos armados, el terrorismo y una emigración clandestina masiva se encargarían rápidamente del resto.
Ya no basta con desear que Argel y Rabat vuelvan por fin a hablar para reducir la tensión. Marruecos ha tendido la mano en numerosas ocasiones, pero el poder argelino siempre ha respondido con desprecio.
Hay que internacionalizar la alerta antes de que estalle el conflicto y termine internacionalizándose por sí solo.
Es necesario acudir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a la Unión Africana, a la Liga Árabe, a la Organización de Cooperación Islámica, a la Unión Europea y a todas las grandes potencias que mantienen relaciones estrechas con ambos países. También hay que alertar a la opinión pública.
Existe, además, otra pregunta de la que, curiosamente, se habla muy poco.
Estados Unidos, Francia y España han reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara. ¿Qué harán si Marruecos es atacado mañana? ¿Le prestarán apoyo político? ¿Y militar?
Puesto que han asumido compromisos políticos firmes respecto al Sáhara, podrían crear desde ahora, junto con las instituciones internacionales competentes y otros países interesados, un comité encargado de evaluar y seguir la situación en el Magreb.
No se trataría de formar una coalición contra unos u otros, sino de establecer un mecanismo de vigilancia abierto a todos los actores dispuestos a apoyar la paz en la región.
Su primera misión debería ser pedir a Argel que explique oficialmente qué significa esta nueva consideración del Sáhara como una cuestión de seguridad nacional.
¿Qué amenaza supondría Marruecos para la seguridad de Argelia?
¿Qué consecuencias extrae Argel de esta doctrina?
¿Cómo y por qué Argelia, que nunca se ha reconocido como parte del conflicto, considera ahora que este afecta a su seguridad nacional? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar?
Estas preguntas deben formularse ahora, de manera pública y clara, antes de que un incidente convierta los interrogantes diplomáticos e intelectuales en una cuestión militar.
El propio Marruecos debería trasladar esta preocupación a las instituciones internacionales. No para acusar a Argelia de preparar una guerra —algo que nadie puede demostrar hoy—, sino para solicitar que se examine detenidamente una situación que se ha vuelto objetivamente muy peligrosa.
Miremos a Libia.
Más de quince años después del derrumbe del Estado, no ha recuperado ni su unidad ni una paz verdadera. Bastó poco tiempo para abrir la caja de Pandora. Desde entonces, nadie ha conseguido cerrarla.
Una guerra entre Argelia y Marruecos podría comenzar en cuestión de horas, pero seguramente duraría años. ¿Quién sabría detenerla?
No sé si el señor Tebboune quiere realmente atacar Marruecos, aunque la impresión que transmite es muy fuerte.
Las mujeres y los hombres de paz tienen hoy derecho a interpelarlo. ¿Adónde está llevando Argelia, señor Tebboune? Y también a preguntar al jefe del Ejército. ¿Hasta dónde permitirá, señor Chengriha, que se instrumentalice al Ejército Nacional Popular?
