Ceuta: autopsia de una crisis en la que cada uno tenía su propia teoría de la conspiración

Lahcen Haddad.

Lahcen Haddad

El 04/08/2026 a las 12h00

Columna¿Por qué tantos expertos se equivocaron en uno de los mayores fracasos recientes del análisis estratégico?

En Ceuta (Sebta), estos últimos días, los relatos han tomado el relevo de los hechos. Cada uno tenía su historia que contar, su cuenta que ajustar, su ideología que defender, entre desinformación, teorías de la conspiración y extrapolaciones arriesgadas.

Propongo aquí un análisis de esta crisis, que se ha convertido en el barómetro de una auténtica ruptura del pensamiento crítico. Incluso algunos de los expertos más reconocidos han sucumbido a la tentación del conspiracionismo, la sobreinterpretación o la instrumentalización política. El problema no era la diversidad de opiniones. El problema era el abandono total del método.

Ceuta y las teorías conspirativas de todos los bandos

La crisis de Ceuta no solo ha puesto de manifiesto las debilidades de la gestión migratoria. Ha sacado a la luz una crisis más profunda: nuestra tendencia colectiva a confundir los hechos contrastados, las hipótesis plausibles y las interpretaciones ideológicas.

En cuestión de horas, cada uno ya tenía su propia teoría de la conspiración. Marruecos intentaría presionar a España para recuperar Ceuta y Melilla; castigaría a Pedro Sánchez por su viaje a Argelia; sería la mano oculta de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, encargada de sancionar a Madrid por su apoyo a Gaza. Las hipótesis ya se habían convertido en certezas.

En otros escenarios, Marruecos se convertía en el instrumento de la extrema derecha europea y estadounidense, deseosa de demostrar que la política de regularización de Sánchez sería catastrófica, que provocaría la «invasión» de España y de Europa y confirmaría la fantasía del «gran reemplazo». En algunos discursos de la derecha estadounidense, la crisis de Ceuta se utilizó incluso para ilustrar el riesgo de que una victoria demócrata en noviembre de 2026 condujera a una «invasión migratoria» comparable a la de Estados Unidos.

Sin investigación, sin pruebas y sin perspectiva, las teorías de la conspiración comenzaron a llover: «Marruecos libra una guerra híbrida contra España»; Estados Unidos utilizaría Rabat como relé geopolítico; el Mossad o la CIA estarían detrás de los movimientos de población; Europa conspiraría contra España.

««Mañana estallará otra crisis en otro lugar. Seguir confundiendo análisis, activismo e ideología no hará más que reproducir los mismos errores, los mismos atajos y las mismas cegueras»»

—  Lahcen Haddad

La información se ha convertido así en un concurso de certezas. La cronología y la coincidencia se han erigido en pruebas de una causalidad totalmente inventada. En esta guerra narrativa, cada bando ya tenía su propio guion incluso antes de que comenzaran las investigaciones.

Ceuta se ha convertido en una pantalla en la que cada uno ha proyectado sus propias obsesiones.

Para una parte de la izquierda radical, Marruecos encarna un régimen considerado conservador y reaccionario. La crisis de Ceuta sería, por tanto, el instrumento de una estrategia destinada a debilitar a Pedro Sánchez en beneficio de los intereses estadounidenses e israelíes.

Por el contrario, una parte de la derecha nacionalista o neofranquista ve en ello la confirmación de un Marruecos expansionista que ahora albergaría ambiciones sobre Ceuta, Melilla o incluso —en los guiones más extravagantes— sobre las Islas Canarias. Según esta interpretación, los acontecimientos constituirían un acto deliberado de «guerra híbrida» dirigido contra España.

Algunos círculos proisraelíes o cercanos al movimiento MAGA han presentado la crisis como una demostración de las consecuencias de las políticas migratorias europeas o como un episodio del enfrentamiento político en torno al apoyo español a Gaza. Por el contrario, algunas corrientes cercanas a Irán o al llamado «eje de la resistencia» han descrito Ceuta como una operación coordinada entre Marruecos, Israel y Estados Unidos destinada a castigar a España por sus posturas respecto a Gaza.

Estas interpretaciones tienen un punto en común: a menudo se contradicen entre sí, a veces de forma frontal, pero se basan en el mismo mecanismo intelectual. Parten de una conclusión ideológica preestablecida y, a continuación, seleccionan los hechos que pueden confirmarla, en lugar de partir de los hechos para construir una explicación. La coherencia del relato sustituye a la demostración, y la convicción hace las veces de prueba. En otras palabras, la conclusión precede a la investigación.

Los psicólogos describen este mecanismo como «sesgo de confirmación»: tendemos a retener más fácilmente la información que refuerza nuestras convicciones que aquella que las contradice.

Los hechos son trágicos. Las interpretaciones los han convertido en un espectáculo

Se trata, ante todo, de un movimiento migratorio excepcional, surgido en un entorno en el que se han combinado varios factores:

la rápida propagación de rumores en las redes sociales, la movilización repentina de miles de personas, la actuación de las redes de traficantes, las interpretaciones suscitadas por la decisión judicial sobre las devoluciones automáticas, así como los debates en torno a la política de regularización puesta en marcha por el Gobierno de Pedro Sánchez.

Ninguno de estos factores, tomado por separado, explica la crisis. Es su combinación la que permite comprender su dinámica.

Tanto si se considera pertinente como discutible, la política de regularización de Sánchez puede contribuir a integrar a las personas que ya se encuentran en España y a paliar la escasez de mano de obra en varios sectores, especialmente la agricultura y la construcción. Sin embargo, sacada de contexto y tergiversada en las redes sociales, también ha podido alimentar la ilusión de una apertura inmediata de las fronteras o de la posibilidad de establecerse automáticamente en España.

En las primeras horas, las autoridades se vieron desbordadas a ambos lados de la frontera. A posteriori, resulta fácil denunciar una supuesta laxitud. Pero cualquier análisis serio debe tener en cuenta las limitaciones operativas a las que se enfrentaban las autoridades a ambos lados de la frontera. Ante decenas de miles de personas que convergían simultáneamente hacia la costa, las capacidades de intervención son necesariamente limitadas. Un uso masivo de la fuerza habría planteado considerables cuestiones jurídicas, humanitarias y políticas.

Por lo tanto, no se trata de negar las deficiencias iniciales, sino de comprender la realidad operativa. Lo que también importa es la reacción posterior: la rápida cooperación entre Marruecos y España permitió restablecer el control, organizar los retornos y evitar que continuaran los cruces.

Cualquier crítica seria debería precisar también qué alternativas realistas, conformes a la ley y aplicables con carácter de urgencia, se podrían haber puesto en práctica.

Las democracias necesitan analistas, no fiscales

Una acusación tan grave como la de «guerra híbrida», de operación orquestada por un Estado o de complot internacional nunca debería plantearse sin pruebas sólidas.

La cuestión no es simplemente: «¿Quién tiene razón?». Se trata más bien de: ¿qué nivel de pruebas exigimos antes de convertir una hipótesis en una certeza?

Lo que más me ha llamado la atención es que muchos analistas, salvo contadas excepciones, han confundido coincidencia, sucesión cronológica y causalidad. Por el mero hecho de que varios acontecimientos se produzcan al mismo tiempo, o uno tras otro, se deduce inmediatamente que existe una conspiración, una instrumentalización de la migración o una operación de guerra híbrida.

El esquema explicativo ya está, pues, preparado. Para unos, se trata del imperialismo estadounidense, del sionismo israelí y de la «reacción árabe». Para otros, de un Marruecos expansionista, de una guerra híbrida o de una conspiración migratoria. Basta con relacionar algunos acontecimientos, identificar intereses convergentes y construir la narrativa conspirativa más espectacular.

Sin embargo, la simultaneidad no prueba la coordinación.

La cronología no prueba la causalidad.

La existencia de intereses comunes no demuestra la existencia de un plan concertado.

En el debate sobre Ceuta, la verdad probablemente ha sido la primera víctima. No solo porque han circulado informaciones falsas, sino porque demasiados analistas han renunciado al método, a la prudencia y a la exigencia de pruebas en favor de construcciones narrativas ideológicamente seductoras.

La verdadera lección de Ceuta

Mañana estallará otra crisis en otro lugar. Seguir confundiendo análisis, activismo e ideología no hará más que reproducir los mismos errores, los mismos atajos y las mismas cegueras.

Estas derivas alimentan los estereotipos, refuerzan los discursos xenófobos y ofrecen un terreno fértil para todas las formas de radicalización política. Al convertir cada acontecimiento en una confirmación de una narrativa preestablecida, ya no se comprenden las crisis: se instrumentalizan.

Es cierto que las democracias se ven amenazadas por las crisis que atraviesan. Pero también lo están por un debate público que renuncia al rigor, al espíritu crítico, a la prudencia y al sentido de la responsabilidad intelectual y política.

La verdadera lección de Ceuta es, por tanto, la siguiente: ante una crisis, la primera responsabilidad no es elegir inmediatamente un bando, sino distinguir entre hechos, hipótesis y convicciones.

Ceuta no solo ha puesto de manifiesto una crisis migratoria. Ha puesto de manifiesto una crisis en nuestra forma de abordar las crisis.

Por Lahcen Haddad
El 04/08/2026 a las 12h00