La historia del Estrecho nunca ha tenido una sola dirección. Durante siglos, hombres expulsados de la península ibérica encontraron refugio en la orilla marroquí.
En 1936, ese antiguo movimiento de la historia volvió a repetirse.
El 17 de julio, una parte del Ejército español se sublevó en Melilla contra el Gobierno de la República. La insurrección se extendió rápidamente por el Protectorado español en Marruecos. Tetuán cayó en manos de los sublevados. Sebta y Larache corrieron después la misma suerte.
España todavía no estaba completamente en guerra, pero Marruecos ya se había convertido en uno de sus primeros escenarios.
Fue en su zona septentrional, sometida al dominio colonial español desde 1912 y marcada por años de guerra, donde se desarrolló y adquirió experiencia el Ejército de África, integrado especialmente por la Legión y los Regulares marroquíes. Allí se forjaron también las carreras de varios de los oficiales que participarían posteriormente en la sublevación.
Francisco Franco era uno de ellos.
Una década antes, el Rif ya había sufrido la violencia de los bombardeos españoles contra montañas, aldeas y zonas rurales. En 1936, los aviones volvieron a aparecer en el cielo marroquí. Pero esta vez, el conflicto había nacido de una fractura interna.
En la mañana del 18 de julio, el Gobierno republicano intentó atacar las posiciones de los militares sublevados. Varios aviones fueron enviados contra Melilla, Sebta, Larache y Tetuán.
En Tetuán, las bombas cayeron sobre la medina y causaron muertos y heridos entre la población civil. La noticia se propagó y la indignación se apoderó de las calles. Una multitud se dirigió hacia la Alta Comisaría española y la situación amenazó con descontrolarse. El gran visir Ahmed Ganmia intervino y consiguió calmar a la multitud.
Franco, que todavía se encontraba en Canarias cuando comenzó la sublevación, llegó a Tetuán el 19 de julio y asumió el mando del Ejército de África.
Desde aquella orilla partirían poco después los legionarios españoles y los Regulares que los sublevados necesitaban para trasladar la guerra a la Península.
Miles de marroquíes fueron arrastrados así a la guerra de España dentro de un sistema de reclutamiento configurado por el orden colonial.
Pero todavía había que hacerlos cruzar el Estrecho.
Gran parte de los buques de la Armada permaneció fiel a la República, que dominaba entonces las aguas situadas entre Marruecos y la Península.
Los sublevados recurrieron a la vía aérea. Desde los primeros días, aviones españoles comenzaron a transportar soldados desde Marruecos hasta Andalucía. La llegada de los Junkers Ju 52 alemanes dio pronto a estas operaciones una dimensión completamente diferente. Italia aportó también su apoyo aéreo. Los vuelos se multiplicaron, mientras varios convoyes marítimos consiguieron alcanzar igualmente la Península.
A medida que avanzaban los franquistas, las rutas del exilio se llenaban. El éxodo se aceleró a comienzos de 1939, cuando la República se derrumbaba.
Tras la caída de Cataluña, cientos de miles de españoles cruzaron los Pirineos y llegaron a Francia durante la Retirada.
Al sur se encontraba la otra orilla.
Miles de refugiados republicanos españoles se dirigieron al norte de África, principalmente a la Argelia francesa.
Otros encontraron refugio en Marruecos.
Tánger ocupaba allí un lugar singular. Su estatuto internacional la convertía en un territorio particular dentro de un país dividido, a su vez, entre las zonas francesa y española.
Desde los primeros meses de la guerra, los republicanos y otros españoles amenazados por los sublevados pudieron buscar allí seguridad, mientras Tetuán, situada a solo unas decenas de kilómetros, estaba en manos de los franquistas.
Desde allí, Juan Luis Beigbeder, nombrado alto comisario español en abril de 1937, pidió que las medidas adoptadas contra los republicanos en la zona española se extendieran también a Tánger.
El comité de control de la ciudad internacional se negó. Tánger intentó así preservar el derecho de asilo hasta los últimos meses de la guerra.
Mientras algunos republicanos se aferraron a aquella protección hasta el final, otros tuvieron que buscar un nuevo refugio.
Manuel de Dios Crespo fue uno de ellos. Maestro, republicano y refugiado en Tánger junto a su esposa y sus hijos, se presentó en el consulado de Francia en febrero de 1939, cuando la República estaba a punto de derrumbarse.
Allí le expidieron un pasaporte con un destino que resumía por sí solo la doble paradoja del exilio y del reparto colonial: «Válido para Marruecos».
Sin embargo, al viajar de Tánger a Casablanca no cambiaba de país. Cruzaba una nueva frontera dentro de aquella geografía absurda que solo la conquista sabe dibujar con semejante arbitrariedad.
Embarcó a bordo del Chella y abandonó Tánger con destino a Casablanca, situada en la zona francesa. En 1942, otro barco, el Nyassa, lo llevaría hasta México.
Manuel de Dios Crespo no fue un caso aislado.
En marzo de 1939, durante los últimos días de la República española, varios funcionarios republicanos destinados en Tánger temieron las consecuencias de la victoria franquista y embarcaron en el Koutoubia con destino a Casablanca.
Aunque la Guerra Civil terminó oficialmente el 1 de abril de 1939, el exilio no concluyó con ella. La victoria de Franco dio paso a una larga dictadura que expuso a los republicanos y opositores a la represión.
El 14 de junio de 1940, aprovechando el derrumbe de Francia frente a la Alemania nazi, las tropas franquistas ocuparon la zona internacional de Tánger.
Franco los había expulsado de una orilla. Su régimen acababa de encontrarlos en la otra.
Pero la historia de los españoles en Marruecos no se limita a la colonización ni al exilio republicano.
También hubo obreros, artesanos, pequeños comerciantes, vendedores ambulantes y familias humildes a las que la necesidad empujó hacia el sur.
La España que hoy se contempla desde la otra orilla como un país próspero fue durante mucho tiempo un país de emigración. No todos los que partían llegaban con un capital importante, un cargo administrativo o los privilegios propios de la potencia colonial. También existieron las habitaciones estrechas, los trabajos modestos, los barrios populares y la precariedad que tan a menudo acompaña a quienes parten en busca de un medio de vida en otro lugar, más allá de nacionalidades y épocas.
Aquella presencia humilde dejó incluso huellas en la memoria y el vocabulario popular marroquíes mediante apodos, algunos despectivos, con los que se designaba a determinadas categorías de españoles pobres. Porque la lengua, con toda la crueldad que puede encerrar, conserva en ocasiones mejor que los relatos oficiales la memoria de las jerarquías sociales de una época, incluso en sus resonancias contemporáneas cuando los papeles se invierten.
A medida que España se transformó, se industrializó y se enriqueció, las imágenes de la pobreza española y de quienes habían buscado una vida mejor en otros lugares fueron desvaneciéndose.
En la otra orilla, son ahora los marroquíes quienes emprenden el camino hacia el norte.
Las razones para marcharse ya no son las mismas y las historias no pueden confundirse. Pero la geografía permanece inmutable.
Separadas por quince kilómetros, las dos orillas han sido alternativamente una tierra de la que se huía y otra en la que se buscaba refugio.
