El discurso real con motivo del 27.º aniversario del Trono estuvo fuertemente marcado por esta secuencia en la que Mohamed VI subraya que «Jamás la búsqueda de una gloria personal, ni el deseo de consagración mediante el título de “Líder continental o internacional” han sido un fin para Mí. Por el contrario, Mi única preocupación ha sido siempre cumplir lo mejor posible con la responsabilidad que Me incumbe de serviros, velando por que todos los marroquíes puedan vivir con dignidad, como ciudadanos libres». Esta precisión real, situada en las primeras frases del discurso del Trono del 29 de julio de 2026, no es un simple elemento de retórica personal. Funciona como un encuadre ético y político de todo el balance y la visión que expone el discurso Real.
En la vida política marroquí, los discursos del Trono siempre han constituido la ocasión por excelencia para hacer un balance periódico de los logros alcanzados bajo la conducción de quien se sienta en el Trono. Más que un simple inventario de cifras o proyectos, estas solemnes alocuciones permiten al Soberano dar cuenta del estado de la Nación, fijar el rumbo e incarnar la continuidad del Estado.
Un balance del reinado una filosofía del poder
Con motivo del vigésimo séptimo aniversario de su acceso al Trono, Mohammed VI no se limita a presentar el balance de su reinado. Aprovecha para exponer, con una claridad inhabitual, su filosofía del poder.
Cabe recordar que una filosofía del poder es el conjunto de principios, valores y métodos que orientan el ejercicio de la autoridad: la manera en que el titular del poder concibe su responsabilidad, define la finalidad de su acción y articula su relación con el pueblo. Así formulada, se articula en torno a preguntas esenciales: es el poder un fin en sí mismo o un medio al servicio de una misión? Se ejerce en una lógica de apropiación personal o de responsabilidad colectiva? Produce gloria o genera confianza?
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El Rey Mohammed VI distingue explícitamente dos concepciones del poder: por un lado, la búsqueda de una «gloria personal» o de una consagración mediante títulos («Líder continental o internacional»), por otro, el cumplimiento de un cometido («la responsabilidad que Me incumbe de serviros»). Al afirmar que la primera «jamás» ha sido un fin, rechaza que el balance de los 27 años sea interpretado como una búsqueda de estatus internacional o de reconocimiento mediático. Ancla, por el contrario, su legitimidad en una ética de servicio hacia los marroquíes, con un objetivo concreto: “vivir con dignidad, como ciudadanos libres».
Esta formulación evoca la concepción tradicional marroquí de la bay ‘a y de la imamat: el soberano no se concibe como un «líder» carismático en el sentido moderno del término, sino como depositario de una misión de protección y bienestar de la Nación.
Su Majestad el Rey al presentar el balance de su reinado, se cuida de desactivar cualquier lectura de sus logros en el sentido de una «diplomacia de prestigio», afirmando por tanto que el reconocimiento internacional, si existe, es solo un efecto colateral, no una finalidad. Se trata aquí de una retórica de humildad activa frecuente en los discursos de Mohammed VI, que consiste en el reconocimiento de los logros sin triunfalismo, el recordatorio permanente de la responsabilidad, además del rechazo de la personalización excesiva del poder. No es por tanto un detalle estilístico, es una precisión que constituye un acto de encuadre, donde el Rey rechaza que su reinado sea leído a través del prisma de la vanidad o de la competición de prestigio. Impone una rejilla de lectura basada en la responsabilidad, el servicio y la dignidad de los ciudadanos.
Todo el resto del discurso (estabilidad, crecimiento, soberanía, desarrollo territorial, etc.) debe interpretarse a la luz de esta declaración inicial: los resultados son la consecuencia de una doctrina de poder orientada hacia el bienestar nacional, no hacia la consagración personal o simbólica.
Tres elementos forman una concatenación coherente, que prolonga y profundiza esta primera precisión (el rechazo de la gloria personal y del título de «líder»). En conjunto, estos elementos constituyen una verdadera filosofía del poder y un replanteamiento del balance.
El balance como obra colectiva («lo que hemos realizado juntos»)
El Rey rechaza explícitamente la retórica egocéntrica del tipo «yo hice», «bajo mi impulso», «gracias a mi visión». Emplea un «nosotros» compartido («hemos realizado juntos») y atribuye el honor y el orgullo no a su persona, sino al examen común de los logros. Esta elección no es casual. En un sistema monárquico donde el Rey es el eje institucional, habría sido fácil centralizar el relato. Por el contrario, diluye voluntariamente la apropiación personal. Esto refuerza el vínculo directo Rey–pueblo, la idea de que los éxitos son fruto de una movilización colectiva (instituciones, actores económicos, ciudadanos) y la ruptura con el modelo del líder que se atribuye todo el crédito.
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Es una manera de decir que los resultados pertenecen a la Nación, no a mi ego.
Del balance a la energía: confianza, serenidad, motivación
El Rey rechaza que el balance sea un simple momento de satisfacción narcisista («motivo de satisfacción personal»). Lo transforma en un recurso psicológico y político: «un sentimiento gratificante de confianza y serenidad que Nos da fuerza y Nos motiva para avanzar». Así se pasa de la contemplación del pasado a la proyección hacia el futuro, y del orgullo retrospectivo a una energía prospectiva. El balance ya no es un trofeo, sino un combustible. Esto se inscribe en la lógica ya anunciada: el poder no es un fin en sí mismo (gloria, título), sino un medio orientado hacia la acción continua.
El balance como producto de una doctrina de poder
Por último, el Rey rechaza la interpretación del azar o de una coyuntura favorable. Afirma que los resultados son fruto de un método: «una visión estratégica clara y una doctrina de poder cuyas palabras clave son la toma de iniciativa, el seguimiento riguroso, la autocrítica constructiva y la verdadera voluntad de abordar el futuro con determinación y positivismo».
Esta frase es particularmente importante. Expone explícitamente los principios de gobernanza, que son la toma de iniciativa (anticipar en lugar de reaccionar) el seguimiento riguroso ( no contentarse con los anuncios) la autocrítica constructiva ( capacidad de corregir el rumbo sin negación) asi como la determinación y el positivismo ( postura mental frente a las dificultades) El balance, pues, no se presenta como un milagro, ni como el simple resultado de la estabilidad, sino como la consecuencia de un método de poder. Esto da profundidad y legitimidad al optimismo que se expresa a continuación («etapa crucial», confianza frente a la retórica del desespero).
Estos tres puntos forman un sistema de gobernanza estratégica, que percibe el balance como colectivo (no personal), que produce confianza y motivación (no satisfacción narcisista), y que resulta de una doctrina de poder clara y metódica (no del azar).
Así, el Rey no se limita a elaborar un simple inventario de logros. Al contrario, impone una lectura filosófica y política de su reinado que trasciende la mera enumeración de resultados. Presenta el poder como una función orientada al servicio, fundada en un método deliberado y ejercida de manera colectiva.
En este marco, el «nosotros» compartido, la conversión del balance en energía movilizadora y la explicitación de una doctrina de poder no son elementos accesorios, constituyen el verdadero núcleo de la redefinición del poder en el discurso Real.
Al hacer explícitos estos principios, el soberano no solo justifica lo realizado, sino que redefine el sentido mismo de su autoridad y traza el horizonte desde el cual debe interpretarse la continuidad de su proyecto de modernización sostenida, de estabilización institucional y de proyección internacional.
