El portavoz del secretario general de las Naciones Unidas publicó el domingo un comunicado que marcó la desaparición efectiva de la MINURSO, después de que el Consejo de Seguridad de la ONU no lograra renovar su mandato. Pero, más importante aún, este comunicado de despedida adquiere, de manera reveladora, tintes de confesión. Contiene una frase que, por sí sola, resume la mentalidad que explica por qué Marruecos perdió hace tiempo toda confianza en la Secretaría de la ONU.
Al anunciar que la misión había cesado sus operaciones tras el fracaso del Consejo de Seguridad a la hora de renovar su mandato, el comunicado afirma que la MINURSO había sido creada «para proteger y servir al pueblo del Sáhara Occidental, en particular para permitirle ejercer su derecho inalienable a la autodeterminación».
Decir que esta afirmación está en las antípodas de la verdad es, en realidad, una forma diplomática de poner al descubierto las ilusiones y las distorsiones ideológicas que la sustentan y que, durante tres décadas, han obstaculizado un verdadero arreglo político de la controversia del Sáhara.
El hecho de que la Secretaría haya optado por emplear semejante lenguaje en el momento en que la misión se despedía demuestra hasta qué punto, pese a todo el impulso jurídico y geopolítico adquirido por el plan de autonomía marroquí durante las dos últimas décadas, algunas voces en las más altas esferas de la burocracia de la ONU han seguido aferrándose a distorsiones ideológicas que convierten a la propia organización en un obstáculo para una solución duradera de la persistente cuestión del Sáhara.
Un epitafio nostálgico para un aliado de la autodeterminación
La Resolución 690, adoptada por el Consejo de Seguridad en 1991, define claramente el mandato encomendado a la MINURSO. En pocas palabras, la misión fue creada para supervisar el alto el fuego, verificar las disposiciones militares e identificar e inscribir a los electores que reunieran los requisitos establecidos. También tenía encomendada la organización y supervisión de un referéndum que ofreciera la posibilidad de elegir entre la independencia y la integración en Marruecos, así como facilitar los intercambios de prisioneros, la liberación de detenidos políticos y la repatriación de refugiados.
Se trata de funciones técnicas y logísticas, y en ningún apartado de la Resolución 690 se establece que la MINURSO fuera creada para servir al supuesto pueblo saharaui. Esto significa que, desde una perspectiva semántica, procedimental y estratégica, una misión concebida para aplicar los acuerdos alcanzados debía seguir siendo un instrumento del Consejo de Seguridad.
Sin embargo, progresivamente, el instrumento concebido como mecanismo para aplicar los acuerdos del Consejo de Seguridad sobre lo que debía significar la «autodeterminación» en el contexto particular de la controversia del Sáhara acabó transformándose en una misión creada para «servir» a la interpretación separatista y autoproclamada descolonial de la autodeterminación.
Así fue como, según demuestro ampliamente en mi libro de 2024 dedicado a la historia del conflicto del Sáhara, la ONU y su misión dejaron progresivamente de actuar como árbitros y facilitadores para convertirse en partes implicadas en la larga historia del Sáhara. Y, al redefinir la razón de ser de la MINURSO en el momento de su desaparición, la Secretaría reveló involuntariamente tanto la manera en que había concebido durante mucho tiempo su papel en el proceso político de la ONU como su malestar reprimido ante el carácter aparentemente irreversible de la evolución del proceso político hacia la aplicación del plan de autonomía de Rabat.
Esta confesión involuntaria pone de manifiesto que, durante tres décadas, Marruecos ha tenido que lidiar con una Secretaría de la ONU que, desde el principio, se consideraba a sí misma y actuaba como un instrumento de la «autodeterminación saharaui». Lejos de limitarse a desempeñar un papel procedimental y pragmático, encargado de aplicar la hoja de ruta elaborada bajo los auspicios del Consejo de Seguridad, la Secretaría dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a orientar el proceso político hacia la creación de un Estado independiente en el Sáhara.
La comodidad de un conflicto congelado
Trabajé en las Naciones Unidas durante nueve años y medio, período en el que tuve ocasión de tratar con numerosos antiguos funcionarios de la ONU que habían prestado servicio en la MINURSO. Muchos me contaron hasta qué punto algunos de sus compañeros mostraban escaso interés por el desenlace definitivo de la controversia o por el destino de las poblaciones de la región. Lo que realmente les importaba era conseguir y conservar un destino muy codiciado, que ofrecía un generoso salario de la ONU y el privilegio de disfrutar de una vida cómoda en Marruecos, mientras supuestamente se encargaban de supervisar un conflicto que llevaba décadas congelado.
Por esta razón, desde hace quince años he defendido sistemáticamente una reforma profunda del mandato de la MINURSO o, directamente, su supresión definitiva. Llevo mucho tiempo convencido de que la misión, así como quienes se beneficiaban de su continuidad, tenían todos los incentivos para no contribuir a la resolución de la controversia del Sáhara, sino para prolongar indefinidamente el bloqueo político relativo al estatus del conflicto y al futuro de las familias atrapadas en la tierra de nadie del Polisario, en el oeste de Argelia.
Sabían perfectamente que mantener el statu quo era la manera más segura de preservar su preciado «Club Med», una auténtica gallina de los huevos de oro y un destino soñado para cualquiera que aspirara a progresar profesionalmente mientras disfrutaba de la vida en Marruecos.
En otras palabras, la MINURSO no se limitó a fracasar en su misión de poner fin al conflicto. Para una parte de la burocracia que dirigía aquella misión convertida en irrelevante, la perpetuación del conflicto se había convertido en un interés profesional.
La ceguera selectiva en Nueva York
Los fracasos de la MINURSO y de la Secretaría se reflejaban constantemente en la tendencia de los burócratas de la ONU a situar a un Estado soberano en pie de igualdad con un movimiento separatista surgido más de dieciséis años después de que Marruecos comenzara a presionar a España para poner fin a su ocupación del territorio.
Esta reticencia a aplicar realmente el proceso político se extendía también a hechos incómodos que se encontraban en el centro mismo de la continuidad de la misión. Era un secreto a voces que, como había documentado ampliamente la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude (OLAF), responsables argelinos y dirigentes del Polisario llevaban más de cuatro décadas implicados en el desvío de la ayuda humanitaria destinada a los campamentos de Tinduf. Sin embargo, la Secretaría optó sistemáticamente por mirar hacia otro lado.
Del mismo modo, la Secretaría permaneció impasible ante pruebas sólidas que demostraban que la mayoría de los habitantes de los campamentos de Tinduf no son originarios del Sáhara, como documentaron varios informes sucesivos de la CIA y corroboraron los testimonios de antiguos dirigentes del Polisario.
En lugar de actuar como una institución objetiva e imparcial, sinceramente comprometida con el avance del proceso político y con reflejar fielmente las realidades de la controversia en sus informes, la Secretaría parecía mucho más preocupada por no contrariar a Argelia. Entre esas realidades figura el hecho de que la inmensa mayoría de los habitantes originarios del Sáhara viven en paz y prosperidad bajo soberanía marroquí. En consecuencia, la Secretaría se abstuvo sistemáticamente de adoptar cualquier iniciativa que, a su juicio, pudiera interpretarse como una concesión a Marruecos.
Una oportunidad de oro desperdiciada
Si la ONU hubiera sido una organización eficaz y sus dirigentes hubieran estado verdaderamente motivados por la necesidad de poner fin a esta controversia, la habrían resuelto hace al menos una década. Sin embargo, la ONU dejó escapar una oportunidad de oro hace más de dieciocho años, cuando Peter van Walsum, entonces enviado personal del secretario general, declaró ante el Consejo de Seguridad, durante una reunión a puerta cerrada, que la creación de un Estado independiente en el Sáhara era poco realista.
Posteriormente, reafirmó su pesimismo respecto a la ONU en una entrevista concedida al diario español El País en 2008, subrayando que los propios instrumentos de resolución de conflictos y de arreglo político habían pasado a estar más interesados en garantizar la prolongación del statu quo.
En lugar de aprovechar esta conclusión y reorientar la mediación de la ONU hacia una solución pragmática basada en el compromiso político y la iniciativa marroquí de autonomía, Ban Ki-moon cedió a las presiones de Argelia, del Polisario y de sus estridentes aliados, convencidos de su propia superioridad moral. Permitió la salida de Van Walsum y nombró a Christopher Ross, cuyas nueve rondas de negociaciones indirectas no produjeron ningún avance significativo.
Peor aún, el enfoque de Ross desvió la atención del objetivo central de alcanzar un arreglo político para centrarla en denuncias relativas a los derechos humanos, socavando así la confianza de Marruecos en su imparcialidad y contribuyendo a enquistar todavía más el bloqueo.
En el centro del pecado capital tanto de la Secretaría como de la ya desaparecida MINURSO se encontraban su obsesión por equiparar la autodeterminación con la independencia y su incapacidad para aceptar la realidad evidente de que no puede haber ninguna solución fuera del marco de la soberanía marroquí. Y, en un giro revelador de los acontecimientos, el comunicado de despedida de la Secretaría a la MINURSO no es más que la última manifestación de esa obsesión.
En este contexto, quienes han defendido incansablemente la desaparición de esta misión sobredimensionada y convertida en irrelevante pueden afirmar con gran seguridad, e incluso con un sentimiento de júbilo, que la desaparición de la MINURSO, apenas un año después de la adopción de la Resolución 2797, que consagró el consenso internacional en torno a la posición marroquí, constituye uno de los avances diplomáticos más importantes logrados por Marruecos en los últimos años.
La Secretaría todavía puede aferrarse a una interpretación de la controversia que el Consejo de Seguridad ya ha dejado atrás. Para Marruecos, la página que la MINURSO mantuvo abierta durante treinta y cinco años ha quedado, por fin y definitivamente, cerrada.
