Antonio Fuentes no necesitó viajar a Marruecos para descubrir la luz que había fascinado antes a Delacroix, Fortuny o Tapiró. Había nacido dentro de ella.
Vino al mundo en 1905 en el Hotel Fuentes, propiedad de su familia y situado en pleno Zoco Chico, entonces uno de los grandes centros de la vida social de Tánger. Allí creció entre viajeros, comerciantes, artistas y vecinos de una ciudad donde diferentes lenguas, religiones y nacionalidades compartían las mismas calles.
Fuentes recordaría siempre aquella pertenencia. Le gustaba definirse como «un hijo de Tánger» y los testimonios sobre su infancia lo describen recorriendo los derbs de la medina y bañándose en la bahía junto a sus amigos marroquíes.
Del Zoco Chico a París
Su vocación apareció muy pronto. Con apenas trece años trabajaba como ilustrador para El Heraldo de Marruecos y posteriormente realizó colaboraciones para publicaciones como La Esfera y Nuevo Mundo. El periodismo gráfico le enseñó algo que nunca abandonaría, observar la calle, los rostros y los pequeños detalles de la vida cotidiana.
Pero para convertirse en pintor necesitaba salir de Tánger. Estudió en Madrid y en 1929 se instaló en París, donde frecuentó la Académie de la Grande Chaumière y entró en contacto con las vanguardias. Para mantenerse realizó caricaturas de personalidades españolas, entre ellas Manuel de Falla, Andrés Segovia y Vicente Escudero, y se relacionó con artistas españoles de la época. Más tarde pasó por Roma, donde continuó su formación artística.

Había conocido algunos de los grandes centros culturales de la Europa de entreguerras, pero ninguno consiguió sustituir a Tánger.
«Tuve que alejarme para amarla más»
Tras la Segunda Guerra Mundial regresó a Marruecos y retomó su vida en Tánger. Una frase atribuida al propio Fuentes resume aquella decisión. «Tuve que alejarme del lugar de mi nacimiento para amarlo más».
Desde entonces, la ciudad volvió a convertirse en el centro de su obra. Pintó el Zoco Chico, sus cafés, la medina, sus personajes y la campiña marroquí. No observaba aquel mundo como un extranjero en busca de exotismo. Era el paisaje humano en el que había crecido.
Esa capacidad para capturar la vida de la calle terminó valiéndole comparaciones con Toulouse-Lautrec y Picasso. Pero Fuentes desarrolló un lenguaje propio y convirtió una y otra vez Tánger en protagonista de sus cuadros.
Durante los años cincuenta y sesenta participó en numerosas exposiciones. En 1965 expuso en el Casino Municipal de Tánger junto a nombres como Brion Gysin, Mohamed Hamri, Mohamed Ben Ali R’bati y Bachir Skiredj. Su obra llegó también a Rabat, París y Estados Unidos.

Sin embargo, su relación con la fama fue complicada. Fuentes se fue haciendo cada vez más reservado y desde mediados de los años sesenta comenzó a apartarse progresivamente de la vida pública.
El pintor olvidado
Los últimos años contrastaron brutalmente con aquella juventud entre Madrid, París y Roma. Fuentes terminó prácticamente recluido en su casa-estudio de la medina y atravesó importantes dificultades económicas. Vendía cuadros directamente a algunos coleccionistas para sobrevivir mientras su nombre desaparecía poco a poco de los grandes circuitos artísticos.
Los testimonios sobre esa etapa describen unas condiciones particularmente duras. A comienzos de los años noventa llegaron intentos tardíos de recuperar su obra. El Instituto Español de Tánger quiso organizar una exposición y el entonces cónsul general de España llegó a proponer la creación de una fundación para preservar su legado. Fuentes rechazó ambas iniciativas.

Murió el 25 de julio de 1995 en el Hospital Español de Tánger. Había pasado casi noventa años unido a la misma ciudad en la que nació.
Dos años después, una gran retrospectiva celebrada en Madrid comenzó a recuperar su figura. Llegaba tarde para un hombre que había dedicado prácticamente toda su vida a pintar Marruecos.
Quizá por eso la frase que dejó sobre su propia identidad explica a Antonio Fuentes mejor que cualquier etiqueta artística.
«Sí, soy marroquí e hijo de Tánger, nada puede cambiar eso».
