Cuando Antonio Ortiz Echagüe llegó a Tetuán a finales de 1929, ya había recorrido buena parte del mundo y obtenido un reconocimiento que muchos pintores de su generación difícilmente alcanzarían. Había trabajado en Italia, Holanda y Argentina, recibido importantes premios internacionales y expuesto en París, Madrid y Ámsterdam. Un año antes, la Bienal de Venecia de 1928 le había dedicado una sala completa a su obra.
Sin embargo, aquel pintor nacido en Guadalajara en 1883 todavía buscaba nuevos rostros que llevar al lienzo. Marruecos le ofrecería algunos de los más memorables de su trayectoria.
Su primer encuentro con el país tuvo lugar en el zoco de Tetuán, donde descubrió un universo de vendedores, compradores, vestimentas y colores que despertó inmediatamente su interés. La historiadora del arte Montserrat Fornells Angelats, autora de una extensa investigación doctoral sobre el artista y comisaria de la retrospectiva organizada en 2024 por el Museo Francisco Sobrino de Guadalajara, sitúa precisamente en aquel mercado el origen de una de sus primeras obras marroquíes, La vendedora de pan.
El cuadro recoge la impresión que le produjo aquella escena cotidiana. En lugar de representar una vista panorámica de la ciudad o detenerse en sus monumentos, Ortiz Echagüe eligió a una mujer dedicada a una actividad tan común como vender pan. Esa elección anunciaba el camino que seguiría su pintura durante los meses posteriores, cuando los habitantes de las medinas pasarían a ocupar el centro de sus composiciones.
Tetuán fue la puerta de entrada, pero Fès se convertiría en el verdadero escenario de aquella aventura artística.
Un estudio en plena medina de Fès
Ortiz Echagüe se instaló en Fès, entonces bajo el Protectorado francés, y consiguió un estudio en el interior de la medina. La elección no era casual. Durante años había buscado modelos entre comunidades que conservaban vestimentas y formas de vida tradicionales, desde los pueblos de Cerdeña hasta los puertos holandeses y las extensiones rurales argentinas.
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En Marruecos encontró una extraordinaria variedad de personajes y atuendos, pero también un entorno que le permitía trabajar cerca de sus modelos. No necesitaba organizar grandes composiciones históricas ni recurrir a escenarios monumentales. Le interesaban las personas que veía en las calles y los mercados, sus rostros, su indumentaria y la manera en que ocupaban el espacio.
La primera pintura que realizó en aquel estudio fue El mendigo ciego, según reconstruye Fornells en el catálogo de la exposición de Guadalajara. El protagonista era un hombre que recorría las calles de Fès pidiendo limosna acompañado por un guía. Ortiz Echagüe lo representó con una presencia imponente, convirtiendo a un personaje habitualmente situado en los márgenes de la vida urbana en el centro de un lienzo de grandes dimensiones.
La investigadora destaca que el pintor eliminó prácticamente cualquier elemento escenográfico que pudiera distraer la atención. El hombre y su acompañante aparecen ante un fondo sencillo, mientras los ropajes y la actitud de las figuras concentran toda la fuerza de la composición.
Aquella solución pictórica se repetiría en buena parte de sus obras marroquíes. Frente a la abundancia de decorados y elementos arquitectónicos característica de cierta pintura orientalista europea, Ortiz Echagüe prefirió aislar a sus personajes y otorgarles una presencia casi monumental.
No era una ruptura completa con su trayectoria anterior, sino una evolución de un lenguaje que llevaba años desarrollando. En Holanda había pintado pescadores y campesinos; en Argentina, gauchos y habitantes de la Pampa; en Cerdeña, mujeres con sus indumentarias tradicionales. En Fès trasladó ese mismo interés por el retrato y las costumbres populares a los personajes de la medina.
Los rostros de un Marruecos que llevó al lienzo
Entre las obras más representativas de aquella etapa figura Mujeres azules de Tafilalet, realizada en 1931. El cuadro muestra el interés del artista por las vestimentas regionales marroquíes y por la capacidad expresiva del color, que había adquirido una importancia creciente en su pintura.

Las figuras, envueltas en tejidos de tonalidades azules, adquieren protagonismo frente a un fondo contenido. La atención se desplaza hacia los pliegues de la ropa, la disposición de los cuerpos y el contraste cromático. Ortiz Echagüe no necesitaba representar un paisaje para sugerir la procedencia y la identidad visual de sus modelos.
El título remite a Tafilalet, una región del sureste marroquí vinculada históricamente a la dinastía alauí. La obra permite comprender que el repertorio del pintor no se limitaba a los habitantes de Fès, sino que incorporaba también personajes e indumentarias procedentes de otros territorios.
En Chico con calabaza, fechado en 1930, el protagonista es un niño, uno de los muchos personajes populares que despertaron el interés del artista. El objeto cotidiano que lo acompaña adquiere importancia dentro de una composición construida alrededor de la figura humana, sin necesidad de convertir la escena en una narración costumbrista recargada.

Su producción marroquí incluyó también Moro notable, Cortesanas de Moulay Abdallah y retratos de mujeres senegalesas, reflejo de la diversidad de procedencias que encontraba en los espacios urbanos del país.
Fornells considera que en esta etapa Ortiz Echagüe consiguió alejarse de los recursos más convencionales del orientalismo pictórico, especialmente de la acumulación de detalles pintorescos. Su interpretación destaca la naturalidad de los modelos y la fuerza individual de los retratos, aunque esa valoración debe situarse dentro de una tradición artística europea que seguía interesándose por las vestimentas tradicionales y por la representación de las diferencias culturales.
Esa doble dimensión resulta importante para comprender su obra. Ortiz Echagüe otorgó a vendedores, mendigos y niños una presencia pictórica que normalmente se reservaba a personajes socialmente distinguidos, pero también los seleccionó por pertenecer a un mundo que consideraba visualmente diferente del suyo.
El Marruecos de Ortiz Echagüe, lejos de los palacios
La trayectoria del pintor ayuda a entender por qué, una vez instalado en Fès, no convirtió la arquitectura monumental en el centro de su producción. Antes de viajar a Marruecos había desarrollado una carrera internacional basada principalmente en el retrato y la representación de personajes populares.
En los pueblos de Cerdeña se había interesado por las mujeres que conservaban los trajes tradicionales. En Holanda había encontrado inspiración en la vida de pescadores y campesinos. En Argentina había trabajado sobre los habitantes de la Pampa. La geografía cambiaba, pero su búsqueda artística mantenía una notable continuidad.
Montserrat Fornells explica esta trayectoria en su estudio Dos modelos de internacionalización del costumbrismo, donde compara su obra con la de Ignacio Zuloaga. Mientras Zuloaga encontró muchos de sus personajes en España, Ortiz Echagüe recorrió distintos continentes en busca de comunidades y formas de vida que consideraba alejadas de la uniformización moderna.
La diferencia también se manifestaba en el tratamiento del color. Sus cuadros combinaban un dibujo vigoroso y una pincelada densa con una paleta cada vez más luminosa, cercana en algunos momentos a las búsquedas cromáticas de los postimpresionistas y los fauvistas.
Marruecos ofreció un nuevo escenario para esa evolución. Los tejidos, los tonos de las paredes encaladas y la diversidad de indumentarias permitieron al artista explorar contrastes que reforzaban la presencia de sus modelos.
En lugar de presentar Fès como una sucesión de monumentos, sus pinturas construyeron una galería de personajes. Cada cuadro conservaba algo de aquel encuentro entre el artista y las personas que habían posado para él, aunque sus nombres y sus propias historias no siempre hayan llegado hasta nosotros.
De Fès y Rabat al Círculo de Bellas Artes de Madrid
Los cuadros que Ortiz Echagüe pintó en Marruecos no tuvieron que esperar a su regreso a España para encontrar público. La colección fue expuesta primero en Fès y posteriormente en Rabat, donde recibió reconocimiento.
Según documenta Fornells, el pintor obtuvo una distinción alauí durante aquella etapa. El episodio resulta significativo porque sitúa la primera recepción de su obra marroquí en el propio país donde había trabajado, antes de que aquellos lienzos fueran presentados al público español.
Tras regresar a España, Ortiz Echagüe expuso sus pinturas marroquíes en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1931. Entre las obras que despertaron interés figuraban La vendedora de pan, Moro notable, Mujeres azules de Tafilalet y Senegalesas de frente.
La crítica destacó especialmente la fuerza de las figuras y la capacidad del artista para combinar una representación reconocible de sus modelos con una pintura cada vez más libre en el tratamiento de la materia y del color.
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No se trataba de un pintor desconocido que regresaba de un viaje buscando reconocimiento. Ortiz Echagüe ya había recibido premios y distinciones en Europa, pero los lienzos marroquíes demostraron que todavía era capaz de renovar sus temas sin abandonar su lenguaje artístico.
La historiadora del arte Montserrat Fornells señala que el reconocimiento de esta etapa se inscribió en una trayectoria que ya había despertado el interés de críticos y museos de distintos países. En Marruecos, el pintor encontró nuevos personajes; en Madrid, aquellos rostros fueron recibidos como una de las expresiones más logradas de su madurez artística.
El final de una vida viajera
El viaje marroquí coincidió con un momento de cambios personales. Ortiz Echagüe se acercaba a los cincuenta años y había pasado buena parte de su vida desplazándose entre países, estudios y exposiciones.
A su regreso, según el testimonio recogido por Fornells, comentó a su esposa, Elisabeth Smidt, que aquella etapa de viajes y vida bohemia estaba llegando a su fin y que comenzaría una existencia familiar más tranquila.
La frase adquirió con el tiempo un significado particular. Marruecos había sido uno de sus últimos grandes destinos como pintor viajero, después de una carrera que lo llevó desde los pueblos sardos hasta la Pampa argentina y los puertos holandeses.
Su actividad artística continuó durante los años siguientes, aunque las circunstancias familiares y la evolución de Europa fueron modificando su vida. Ortiz Echagüe murió en 1942, dejando una producción repartida entre colecciones y museos de distintos países.
Su figura ha sido objeto de una recuperación historiográfica impulsada especialmente por Montserrat Fornells, cuya tesis doctoral sobre el pintor, presentada en la Universidad del País Vasco y ampliada posteriormente, reúne documentación biográfica, estudios y catálogos de sus obras.
La retrospectiva organizada en 2024 por el Museo Francisco Sobrino de Guadalajara volvió a situar su trayectoria ante el público y dedicó un espacio importante a la etapa marroquí.
Casi un siglo después de su llegada a Tetuán, aquellos cuadros permiten reconstruir una relación con Marruecos que fue mucho más allá de una visita turística. Ortiz Echagüe se instaló en Fès, trabajó en la medina, buscó modelos entre sus habitantes y convirtió sus encuentros cotidianos en una colección de retratos que acabaría circulando por salas de exposiciones de Marruecos y España.
Su legado marroquí no está formado principalmente por grandes vistas de ciudades imperiales ni por representaciones de palacios. Está en los personajes que eligió pintar, desde la vendedora de pan del zoco tetuaní hasta el mendigo ciego de Fès y las mujeres de Tafilalet. Personas cuyos nombres apenas conocemos, pero cuyos rostros y vestimentas quedaron ligados para siempre a una de las etapas más importantes de su pintura.
