Primero fue el partido ecologista portugués Livre, que publicó un comunicado en el que reclamaba excluir a Marruecos de la organización del Mundial 2030. Ahora ha sido Sumar quien ha registrado en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley para que España revise la organización conjunta del Mundial 2030 con Marruecos, utilizando como principal argumento los recientes acontecimientos en Sebta y cuestiones relacionadas con los derechos humanos.
De hecho, resulta contradictorio invocar los derechos humanos para cuestionar a Marruecos cuando el fútbol español arrastra desde hace años graves episodios de racismo que aún no han sido erradicados. Quienes hoy apelan a la defensa de los derechos humanos para cuestionar la presencia de Marruecos en el Mundial de 2030 guardan un llamativo silencio sobre un problema que el propio fútbol español lleva años intentando combatir sin haber logrado erradicar.
Derechos humanos y memoria selectiva: una doble vara de medir
España ha sido escenario de algunos de los episodios de discriminación racial más mediáticos del fútbol europeo. El caso de Vinícius Júnior dio la vuelta al mundo tras sufrir reiterados insultos racistas en distintos estadios de LaLiga, hasta el punto de que el propio jugador denunció públicamente sentirse desprotegido y calificó a España como un país donde el racismo seguía siendo un problema estructural dentro del fútbol. La repercusión internacional fue tal que incluso la FIFA, la UEFA, gobiernos y numerosas personalidades del deporte condenaron aquellos hechos.
No se trata de un caso aislado. Lamine Yamal, Dani Alves, Samuel Eto’o, Iñaki Williams, Nico Williams, Pierre-Emerick Aubameyang, Mouctar Diakhaby y otros futbolistas africanos o de ascendencia africana también han denunciado o sufrido episodios de insultos racistas en competiciones españolas a lo largo de los últimos años.
A ello se suman los lamentables cánticos racistas registrados durante el amistoso entre España y Egipto, un episodio que volvió a proyectar una imagen negativa del fútbol español y que puso de manifiesto que el problema continúa existiendo pese a las campañas institucionales.
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Nada de ello significa que España no deba organizar el Mundial. Precisamente ese es el punto. Si nadie plantea retirar a España la organización del torneo por los problemas de racismo que afectan a parte de su fútbol, tampoco parece coherente utilizar argumentos políticos coyunturales para cuestionar la presencia de Marruecos en una candidatura conjunta que fue aprobada por la FIFA tras un exhaustivo proceso de evaluación.
Los derechos humanos no pueden convertirse en un argumento de conveniencia, invocado únicamente cuando sirve para desacreditar a un socio y olvidado cuando las críticas apuntan hacia uno mismo. Si el Mundial de 2030 aspira realmente a representar valores universales, el mismo rasero debe aplicarse a todos los países participantes, sin excepciones y sin dobles estándares.
«Sin Marruecos, el Mundial no habría sido posible»
El planteamiento sorprende por su evidente incoherencia. No hace tanto tiempo, el entonces presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, fue tajante al reconocer que sin Marruecos habría sido imposible que España organizara el Mundial. Aquella afirmación no respondía a una cuestión de cortesía diplomática, sino a una realidad política y deportiva: la candidatura tripartita fue la fórmula que permitió desbloquear un proyecto que España y Portugal, por sí solos, no habían conseguido materializar.
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Ahora, una vez obtenida la sede mundialista, determinados sectores políticos parecen considerar prescindible al socio que hizo viable esa candidatura. Resulta legítimo preguntarse si los mismos argumentos que hoy esgrimen habrían sido suficientes para rechazar la candidatura cuando aún no había sido designada por la FIFA.
Un socio estratégico... cuando conviene
Llama igualmente la atención que los recientes acontecimientos en Sebta se utilicen como elemento central para cuestionar el Mundial. Vincular un evento deportivo que se celebrará dentro de cuatro años a una crisis política coyuntural supone mezclar dos ámbitos distintos y convertir el deporte en un instrumento de confrontación política.
Más aún cuando Marruecos lleva años desempeñando un papel esencial en ámbitos que afectan directamente a los intereses europeos. La cooperación en materia migratoria, de seguridad y lucha contra el terrorismo ha convertido al Reino en uno de los principales socios estratégicos de España y de la Unión Europea. Cuando esa colaboración resulta necesaria para contener los flujos migratorios o garantizar la estabilidad regional, Marruecos es presentado como un aliado indispensable. Sin embargo, cuando se trata de compartir un escaparate internacional como el Mundial de 2030, algunos sectores parecen olvidar esa realidad.
La organización del torneo fue concebida precisamente como un símbolo de cooperación entre dos continentes y tres países llamados a construir un legado común. Desnaturalizar ahora ese proyecto mediante intentos de excluir a uno de sus socios no solo contradice el espíritu con el que nació la candidatura, sino que también envía un mensaje de desconfianza hacia un país cuya aportación ha sido determinante desde el primer momento.
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La FIFA concedió la organización del Mundial de 2030 a una candidatura conjunta plenamente evaluada y respaldada por sus órganos competentes. No eligió únicamente a España y Portugal, sino a un proyecto compartido en el que Marruecos constituye un pilar esencial, tanto por sus infraestructuras como por su capacidad organizativa y por el puente que representa entre Europa y África.
Las iniciativas impulsadas por Sumar o por Livre difícilmente alterarán esa realidad. Sin embargo, sí evidencian que el Mundial de 2030 empieza a convertirse en un escenario de disputas políticas internas que poco tienen que ver con el fútbol.
Porque la pregunta de fondo ya no es si Marruecos merece formar parte de la organización del Mundial. Esa cuestión quedó resuelta cuando la FIFA otorgó la sede conjunta y cuando dirigentes españoles reconocieron públicamente que sin el Reino esa candidatura no habría prosperado. La verdadera cuestión es por qué algunos pretenden ahora cuestionar a un socio cuya participación fue decisiva cuando más se le necesitaba.
