Si atendemos al relato que se viene instalando desde hace varias semanas en España, la batalla por la final del Mundial 2030 tendría ya dos bandos: España, gran potencia futbolística que parece defender algo que le corresponde por derecho, y Marruecos, el vecino ambicioso sospechoso de querer arrebatarle el partido más prestigioso de la competición.
Conveniente. Muy conveniente, incluso. Porque mientras todas las miradas apuntan hacia Casablanca, se presta mucha menos atención a lo que ocurre entre Madrid y Barcelona.
Y, sin embargo, ahí está la primera batalla española. Madrid defiende el Santiago Bernabéu. Barcelona apuesta por el Camp Nou. Detrás de ambos estadios hay dos ciudades, dos gigantes del fútbol mundial y unos intereses políticos y económicos que no siempre coinciden.
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La candidatura de Barcelona no tiene nada de testimonial. El FC Barcelona y el Ayuntamiento han expresado oficialmente su voluntad de albergar la final, con el respaldo de la Generalitat de Cataluña. Madrid, por su parte, esgrime su experiencia, sus infraestructuras y un Bernabéu profundamente modernizado. Y es precisamente aquí donde Casablanca resulta útil.
Casablanca, el adversario que une
España dispone ahora de una fórmula capaz de poner temporalmente a todos de acuerdo: «La final debe jugarse en España». Difícil encontrar algo más consensuado tanto en Madrid como en Barcelona. Pero esa fórmula permite, sobre todo, aplazar la pregunta incómoda: de acuerdo, ¿pero dónde?
El propio Rafael Louzán camina sobre esa fina línea. El presidente de la Federación Española defiende que la final se dispute en España sin sacrificar ni a Madrid ni a Barcelona. Elogia el Bernabéu, reconoce los argumentos del Camp Nou y deja la decisión en manos de la FIFA.
Apostar demasiado pronto por Madrid equivaldría a provocar a Barcelona. Elegir Barcelona significaría enfrentarse a Madrid. Defender a «España» permite mantener a ambas en el mismo bando.
A medida que Casablanca gana credibilidad, ofrece así a los actores españoles un adversario común y un relato mucho más cómodo que el de una nueva batalla entre Madrid y Barcelona.
Porque si Casablanca desapareciera mañana de la carrera, el Bernabéu no se quedaría automáticamente con la final. Seguiría estando el Camp Nou.
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Y Barcelona cuenta con un argumento de peso: el aforo. El nuevo Camp Nou deberá superar las 100.000 localidades, frente a las menos de 80.000 del Bernabéu en la configuración recogida en la evaluación. El propio Louzán ha reconocido la importancia de esta diferencia.
Madrid responde con un estadio prácticamente terminado, una organización contrastada y una capital acostumbrada a albergar grandes acontecimientos. Barcelona contrapone un recinto de mayor capacidad y una metrópoli que también reúne todos los requisitos necesarios. Incluso sin Casablanca, España tendría, por tanto, un problema que resolver. Y no precisamente menor.
El verdadero problema español está en otra parte
También merece la pena detenerse en el vocabulario utilizado en torno a la candidatura marroquí. De tanto escuchar que España debe «conservar» o «defender» la final, casi se olvida lo esencial: la FIFA todavía no se la ha adjudicado a nadie.
Marruecos no intenta, por tanto, apropiarse de un partido que pertenezca a España. Es coorganizador del Mundial 2030 y Casablanca aspira a albergar la final exactamente igual que las dos ciudades españolas.
Con sus 115.000 localidades previstas, el Gran Estadio Hassan II no fue concebido para hacer de figurante. Marruecos está invirtiendo en sus estadios, transportes, aeropuertos e infraestructuras con una ambición perfectamente asumida: albergar las grandes citas de 2030, incluida la final. ¿Por qué tendría que disculparse por ello?
España posee, evidentemente, enormes fortalezas. Pero su organización sigue repartida entre la Federación, el Gobierno central, los ayuntamientos, las comunidades autónomas y los clubes propietarios de los grandes estadios. Todos quieren que el Mundial sea un éxito. No necesariamente todos quieren lo mismo.
Marruecos presenta una organización más centralizada en torno a sus grandes proyectos y a la Fundación Marruecos 2030. Eso no garantiza nada a Casablanca, pero sí hace que su proyecto resulte más claro y compacto.
Casablanca quiere el partido. En España, lo primero que se quiere es que no se juegue en Casablanca. Ya se verá después quién, Madrid o Barcelona, se queda con él. El matiz no deja de tener su gracia.
El creciente peso de Casablanca también ha hecho aparecer en una parte de la prensa española referencias a un supuesto «lobby marroquí». Pero ¿qué hace Madrid cuando defiende el Bernabéu? ¿Qué hace Barcelona cuando promociona el Camp Nou? Exactamente lo mismo que Casablanca: defender sus intereses.
La unión sagrada… ¿hasta cuándo?
Construir el estadio más grande del planeta, modernizar las infraestructuras y tratar de convencer a la FIFA no es más «lobby» cuando lo hace Marruecos que cuando Madrid o Barcelona ponen sobre la mesa sus propios argumentos.
La diferencia está, sobre todo, en el relato. Lo que del lado español se presenta como diplomacia deportiva se convierte más fácilmente en una ofensiva cuando procede de Marruecos. Esa diferencia de trato revela, ante todo, una nueva realidad: Casablanca se ha convertido en una candidata creíble.
Durante mucho tiempo, la final parecía una cuestión que debía resolverse entre Madrid y Barcelona. El Gran Estadio Hassan II ha venido a romper esa jerarquía implícita y ha convertido el duelo español en una auténtica carrera a tres.
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Madrid y Barcelona pueden, por tanto, guardar momentáneamente los cuchillos. Mientras Casablanca siga en la carrera, hay una prioridad que las une: mantener la final en España.
Pero si mañana la FIFA descartara a Marruecos, el escenario cambiaría inmediatamente. Habría que responder por fin a la pregunta que cuidadosamente se ha ido aplazando: ¿Madrid o Barcelona? Y entonces quedaría al descubierto que detrás de la unidad española exhibida frente a las ambiciones marroquíes se escondía una batalla mucho más antigua.
España ha encontrado a su «enemigo» común. Ahora solo le queda averiguar quién es realmente su adversario dentro de casa.
