El jueves 17 de septiembre, Le360 reveló los entresijos de la decisión del FC Barcelona de no participar, la víspera, en la campaña de las camisetas con mensajes sobre Sebta. Los dirigentes del club catalán ya albergaban serias reservas ante la posibilidad de que su equipo quedara asociado a un mensaje de carácter político, pero un elemento terminó inclinando definitivamente la balanza. Lamine Yamal no quería llevar la camiseta.
El Barça comprendió de inmediato lo que supondría que su número 10 fuera el único en rechazarla. Dejar solo a Lamine equivalía a convertirlo en el rostro de ese distanciamiento en un asunto especialmente sensible para un jugador de padre marroquí y cuyos orígenes aparecen recurrentemente en el debate público.
El club decidió entonces cerrar filas. Ningún futbolista del Barcelona participaría en la campaña y su joven prodigio no quedaría expuesto al furor racista de una parte de la opinión pública en una España donde el racismo se manifiesta cada vez con menos complejos.
Los acontecimientos posteriores confirmaron los temores del club catalán. Desde que se publicó la información, las críticas contra el Barça y Lamine Yamal se han multiplicado en las redes sociales y en algunos medios españoles. La decisión colectiva de toda una institución fue quedando progresivamente relegada detrás del caso particular de su número 10.
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La polémica cambió entonces de naturaleza. Ya no se trataba únicamente de determinar si un futbolista debía verse asociado a una iniciativa relacionada con un asunto político. Los orígenes de Lamine irrumpieron en la discusión, su padre marroquí volvió a convertirse en parte del debate y resurgió la vieja controversia sobre su decisión de representar a España en lugar de Marruecos.
Una intervención resumió ese desplazamiento. En «El Chiringuito», Josep Pedrerol presentó a Lamine como un jugador «de origen marroquí, aunque juegue con España». Ante la polémica, el presentador habló posteriormente de un «lapsus» y pidió disculpas. Pero las palabras ya habían sido pronunciadas.
Ese «aunque juegue con España» conecta con algo mucho más profundo en la historia de Lamine Yamal. Remite a esa frontera invisible que conocen numerosos hijos de inmigrantes, considerados plenamente parte de su país hasta que un acontecimiento lleva repentinamente a alguien a recordarles de dónde proceden sus padres o sus abuelos.
La paradoja resulta llamativa. Lamine fue uno de los artífices de la Eurocopa conquistada por la Roja en 2024 y, dos años después, participó en el título mundial de España. Con solo 19 años, ya ha contribuido a los dos mayores éxitos que puede alcanzar una selección. Sin embargo, basta con que aparezca Sebta para que su árbol genealógico vuelva a ocupar el primer plano.
Es precisamente aquí donde la historia deja de ser únicamente la de una camiseta. Porque los orígenes marroquíes de Lamine Yamal no comienzan con Sebta ni con el dilema que tuvo que resolver entre los Leones del Atlas y la Roja.
Para encontrar el punto de partida hay que retroceder más de tres décadas, abandonar Cataluña, cruzar el estrecho de Gibraltar y regresar a Marruecos.
Antes de Lamine estuvo Fátima
Mucho antes del Camp Nou, del «304» que dibuja con los dedos tras marcar, de la Roja, de la Eurocopa y del Mundial, la historia europea de la familia paterna de Lamine Yamal comenzó con una mujer marroquí, su abuela Fátima Nasraoui.
En 1990, Fátima tenía 40 años cuando dejó Marruecos para emigrar a España. Partió de Tánger, cruzó el Estrecho en ferri y continuó su viaje hasta Cataluña. Allí comenzó una nueva vida cuyo objetivo no era únicamente encontrar trabajo, sino también crear las condiciones necesarias para que su familia pudiera reunirse con ella.
Una investigación de El País relata que Fátima se instaló en el Maresme, encontró trabajo y fue trayendo progresivamente a los suyos. Su hijo Mounir llegó a Cataluña cuando tenía alrededor de nueve años. Fátima trabajó primero durante unos dos años en un camping de Llavaneres y posteriormente en una residencia de ancianos de Vilassar de Mar.
Fueron años alejados de los focos, del fútbol profesional y de cualquier certeza sobre el futuro. El éxito se medía entonces en términos infinitamente más sencillos que los que rodean hoy a su nieto. Trabajar, disponer de una vivienda, ahorrar y conseguir reunir a la familia. Entre los hijos que se reunieron con ella estaba Mounir, el futuro padre de Lamine.
Mounir, el niño que llegó de Marruecos
Mounir Nasraoui no es simplemente «el padre marroquí de Lamine Yamal», fórmula apresurada a la que a menudo queda reducido su recorrido cuando se mencionan los orígenes del futbolista. Él mismo fue un niño de la inmigración marroquí en España. Llegó lo bastante joven como para crecer en Cataluña, construir allí su vida y formar posteriormente una familia, pero con una historia personal cuyo primer capítulo se escribió al otro lado del Estrecho.
Pertenece a la generación que emigró de un país a otro, a diferencia de su hijo, que nacería en España muchos años después. Esa distinción es esencial. Lamine Yamal no es un inmigrante marroquí que se convirtió en español, sino el descendiente de una familia de inmigrantes marroquíes. Su abuela tomó la decisión de marcharse, su padre vivió la emigración y él nació en el país en el que su familia había terminado construyendo su vida.
Entre la partida de Fátima y el nacimiento de su nieto transcurrieron cerca de diecisiete años. Durante ese tiempo, los Nasraoui echaron raíces en Cataluña y, especialmente, en el barrio de Rocafonda.
De Marruecos a Rocafonda
Rocafonda, barrio popular de Mataró situado a unos treinta kilómetros de Barcelona, se convirtió en el principal punto de arraigo de la familia paterna de Lamine. Allí, la historia iniciada en Marruecos se fue haciendo catalana sin dejar por ello de ser marroquí. Fátima construyó allí su vida, Mounir creció en sus calles y Lamine pasó en el barrio parte de su infancia.
Rocafonda adquirió tal importancia en la identidad del jugador que terminó acompañándolo allí donde lo llevara el fútbol. Cuando celebra algunos de sus goles, Lamine forma con los dedos el número «304», las tres últimas cifras del código postal 08304 de Rocafonda. El gesto se ha convertido en su seña de identidad, pero cuenta mucho más que una simple dirección.
Detrás de esos tres números están Tánger, la travesía de Fátima, la llegada de Mounir, la instalación de la familia en Mataró y, finalmente, Lamine. El «304» representa, de alguna manera, el punto de llegada de un camino iniciado en Marruecos mucho antes de su nacimiento.
Ni siquiera en la cima del fútbol mundial ha tratado Lamine de borrar los distintos componentes de esa historia. Durante el Mundial de 2026, sus botas lucían las banderas de los países de origen de sus padres, Marruecos y Guinea Ecuatorial.
Marruecos es el país de su padre y de su abuela. Guinea Ecuatorial, el de su madre. España es el país en el que nació, creció y al que decidió representar. Rocafonda sigue siendo su barrio. Son realidades que conviven perfectamente hasta que otros deciden enfrentarlas.
Después llegó Lamine
Mounir conoció en Cataluña a Sheila Ebana, nacida en Bata, Guinea Ecuatorial, y llegada a España durante su adolescencia. Su hijo nació el 13 de julio de 2007 en Esplugues de Llobregat. Sus padres se separaron cuando todavía era muy pequeño y su infancia transcurrió entre Granollers, donde vivía su madre, y Rocafonda, donde residían su padre y parte de su familia paterna.
La familia no vivía en la abundancia y nada permitía imaginar todavía la trayectoria que seguiría aquel niño. Lamine comenzó a jugar al fútbol en un club local antes de incorporarse muy joven al FC Barcelona. Después, todo se aceleró. La Masia, el primer equipo, los récords de precocidad y, finalmente, la selección.
En 2023, cuando Marruecos también trataba de atraerlo, Lamine eligió España. La decisión fue objeto de innumerables comentarios a ambos lados del Estrecho, en ocasiones como si implicara necesariamente una ruptura con el país de su padre.
Un año después, el adolescente se convirtió en uno de los rostros de la Eurocopa de 2024 conquistada por la Roja. Dos años más tarde, formó parte de la generación que condujo a España hasta el título mundial.
El nieto de una mujer que salió de Tánger en 1990 se proclamó así campeón del mundo con España treinta y seis años después. Resulta difícil encontrar un símbolo más poderoso de una historia de integración.
Sin embargo, apenas unas semanas después de aquella victoria, la polémica sobre Sebta bastó para que su origen marroquí regresara al debate, acompañado de ese revelador «aunque juegue con España» que parecía situarlo en otra identidad, otra cultura y otro país.
Es ahí donde el asunto adquiere una dimensión mucho más íntima de lo que parece.
«Sí, mil veces»
La coincidencia temporal resulta llamativa. En el mismo momento en el que su nombre quedaba atrapado en la polémica sobre Sebta, se difundió un fragmento de su entrevista con Jorge Valdano en «Universo Valdano». La pregunta fue directa. ¿Había sufrido personalmente el racismo? «Sí, mil veces».
Lamine explicó que el racismo no siempre adopta la forma visible de un insulto lanzado desde una grada o de un mensaje de odio publicado en internet. También habló de comentarios, miradas y comportamientos mucho más sutiles, procedentes a veces de personas que, en su opinión, ni siquiera son conscientes del alcance racista de sus actitudes.
Con apenas 19 años, el joven afirma haber vivido esas situaciones «mil veces». Una frase que confiere una profundidad distinta a la polémica actual. Cuando algunos recurren inmediatamente a sus orígenes marroquíes al abordar el asunto de Sebta, conectan con una experiencia personal marcada por episodios en los que su apariencia, sus orígenes o su religión han sido utilizados para señalar su diferencia y sugerir que no pertenece plenamente a España.
El Bernabéu y la primera gran advertencia
El 26 de octubre de 2024, Lamine tenía solo 17 años cuando el Barça derrotó por 0-4 al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. El joven azulgrana marcó y desde algunos sectores de la grada se profirieron insultos racistas y xenófobos contra él y contra Raphinha.
En aquella ocasión, el caso fue más allá de la indignación en las redes sociales. LaLiga denunció los hechos, el Real Madrid abrió una investigación interna y un menor fue identificado. Posteriormente, la Justicia le impuso, entre otras medidas, la prohibición de acceder durante doce meses a recintos que acogieran competiciones oficiales, la realización de tareas socioeducativas y la obligación de disculparse ante el jugador.
Lamine explicaría más adelante que ser llamado «negro» no podía herirlo en su identidad, porque es negro y evidentemente no siente ninguna vergüenza por ello. El problema, señaló en esencia, reside en la intención de quien cree que puede convertir su color de piel en un insulto.
El fenómeno no se limita a las gradas. En 2025, un seguimiento realizado por el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, Oberaxe, reveló que Lamine concentraba alrededor del 60 % de los ataques racistas detectados en la muestra de mensajes sobre fútbol analizada. La naturaleza de esas agresiones resulta reveladora. Racismo contra las personas negras, xenofobia vinculada a sus orígenes marroquíes e islamofobia.
Dependiendo del momento y del pretexto, no siempre se ataca la misma faceta de Lamine. A veces es su color de piel, otras sus orígenes marroquíes y otras su religión.
Cánticos islamófobos mientras vestía la camiseta de España
El 31 de marzo de 2026, durante el partido entre España y Egipto disputado en el RCDE Stadium de Cornellà, una parte del público entonó cánticos islamófobos. No iban dirigidos directamente contra Lamine, algo que él mismo quiso precisar, pero el futbolista es musulmán y se negó a aceptar que la religión del adversario pudiera convertirse en objeto de burla.
Al día siguiente, condenó públicamente los cánticos y calificó a sus autores de «ignorantes y racistas».
Mounir también intervino. El padre de Lamine, aquel niño que llegó de Marruecos y que años después sería padre de un internacional español, proclamó su apego a España al tiempo que reclamó el mismo respeto para musulmanes, católicos y judíos.
Meses después, el periodista Manu Carreño preguntó directamente a Lamine si aquel episodio lo había llevado a arrepentirse de haber elegido a España en lugar de Marruecos. El jugador descartó de inmediato esa posibilidad. No lamentaba su decisión y, sobre todo, se negaba a juzgar a toda España por el comportamiento de una parte del público.
En julio de 2026, tras una polémica sobre los orígenes de los jugadores de la selección francesa, pronunció otra frase que hoy resuena con especial fuerza. «Si el fútbol sirve para algo, es para integrar a la sociedad».
Pocos días después, España se proclamó campeona del mundo.
El nieto de una inmigrante marroquí, hijo de un hombre que llegó de niño desde Marruecos y de una mujer originaria de Guinea Ecuatorial, nacido y criado en Cataluña, acababa de contribuir al triunfo mundial de su país. Pasaron dos meses y Sebta bastó para que sus orígenes volvieran a adquirir una actualidad candente.
El Barça conocía perfectamente ese riesgo
La decisión del FC Barcelona cobra pleno sentido a la luz de esta historia. Cuando sus dirigentes supieron que Lamine no quería llevar la camiseta, conocían la trayectoria de su jugador, los ataques que ya había sufrido y la rapidez con la que cualquier debate relacionado con él podía derivar hacia sus orígenes, su color de piel o su religión.
También sabían lo que acababa de ocurrir con Vinicius, Kylian Mbappé e Ibrahima Konaté. Después de vestir la misma camiseta de modo que el lema «Todos somos caballas» apenas resultara visible, los tres jugadores del Real Madrid recibieron una oleada de críticas y Vinicius volvió a convertirse en blanco de comentarios racistas.
El Barça no quería repetir ese mismo escenario con Lamine. Por eso, el club cerró filas. Pero no fue suficiente.
Campeón cuando gana y señalado por sus orígenes cuando incomoda
Probablemente sea la paradoja más llamativa de todo este asunto. Cuando Lamine Yamal regatea, marca, hace ganar a la Roja y levanta trofeos, nadie parece sentir la necesidad de introducir un «aunque» entre sus orígenes marroquíes y su camiseta española.
Pero cuando aparece un asunto político relacionado con Sebta, su genealogía regresa repentinamente a la conversación.
En su caso, la historia es clara. Su abuela salió de Marruecos, su padre llegó desde Marruecos y él nació en España. Tres generaciones, tres experiencias diferentes y una sola historia familiar. Lamine nunca ha necesitado renegar de Marruecos para pertenecer a España.
Es aquí donde regresamos al punto de partida, a aquella camiseta y a la decisión del Barça. Cuando el club supo que su número 10 no quería participar en la campaña sobre Sebta, comprendió lo que podía provocar una fotografía en la que Lamine apareciera como el único jugador sin la prenda que vestían sus compañeros. El debate no permanecería mucho tiempo en el terreno deportivo y sus orígenes marroquíes terminarían inevitablemente irrumpiendo en él.
El Barça trató de impedirlo convirtiendo un rechazo individual en una posición colectiva. Lo ocurrido después ha demostrado los límites de esa protección.
Lamine terminó de todos modos en el centro de la polémica, se volvió a invocar su ascendencia marroquí y su pertenencia a España fue, una vez más, puesta en duda.
Quizá eso sea precisamente lo que revela este asunto mucho más allá de Sebta. La dificultad que todavía tienen algunos para aceptar que un joven pueda ser plenamente español sin tener que borrar el Marruecos de su padre, la Guinea Ecuatorial de su madre o la historia migratoria de su familia.
Lamine Yamal no contempla únicamente desde su condición de español a los migrantes que creen que encontrarán un mundo mejor en Sebta. Siente por esas personas una empatía que alcanza la parte más íntima de sí mismo, la de su propia historia familiar.
