El acuerdo firmado entre el Banco Africano de Desarrollo y el FEC permitirá financiar proyectos de infraestructuras locales, entre ellos carreteras, redes de agua potable, equipamientos educativos y actuaciones de renovación urbana. Se trata del segundo préstamo de 150 millones de euros concedido por la institución al FEC, dentro de una cooperación de largo plazo destinada a reforzar el desarrollo territorial del Reino. La operación se enmarca en una estrategia más amplia del BAD hacia Marruecos. Solo en 2025, la institución comprometió cerca de 1.300 millones de euros para proyectos relacionados con infraestructuras, agricultura, empleo y transición energética, mientras que este mismo mes aprobó otros 205 millones de euros para la ampliación de la línea de alta velocidad entre Kenitra y Marrakech.
El anuncio del nuevo préstamo ha reavivado el debate sobre el recurso de Marruecos a la financiación internacional y ha suscitado interrogantes sobre las razones que llevan a un Estado a endeudarse con organismos multilaterales. Sin embargo, los economistas coinciden en que recurrir a este tipo de financiación constituye una práctica habitual en la mayoría de los países y no equivale, por sí sola, a un síntoma de dificultades económicas.
Lejos de ser un síntoma automático de dificultades económicas, el endeudamiento internacional constituye uno de los principales instrumentos de financiación de los Estados.
Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), los gobiernos recurren a préstamos internacionales para financiar infraestructuras, impulsar el crecimiento económico, refinanciar deuda existente, responder a crisis económicas o financiar programas de desarrollo cuando los recursos presupuestarios resultan insuficientes. En el caso de los bancos multilaterales de desarrollo, como el BAD o el Banco Mundial, los préstamos suelen destinarse a proyectos concretos con impacto económico y social, más que al gasto corriente.
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Los préstamos multilaterales no se conceden automáticamente. Organismos como el Banco Africano de Desarrollo, el Banco Mundial o el FMI evalúan previamente la sostenibilidad de la deuda pública, la estabilidad macroeconómica, la capacidad de reembolso del país y la viabilidad de los proyectos que se pretenden financiar. Además, las instituciones exigen mecanismos de transparencia, sistemas de seguimiento del gasto, procedimientos de contratación pública y garantías de que los fondos se destinarán a los objetivos previstos.
En el caso del FMI, las condiciones suelen incluir reformas económicas, disciplina presupuestaria y medidas para preservar la estabilidad financiera. El Banco Mundial y los bancos regionales, por su parte, centran sus exigencias principalmente en la calidad técnica, económica y ambiental de los proyectos.
Ninguna gran economía se prescinde de los préstamos
El recurso a la financiación internacional es una constante tanto en economías desarrolladas como emergentes. Estados Unidos, Japón, Francia, Italia o España figuran entre los países con mayor volumen de deuda pública del mundo. Paralelamente, numerosos países africanos recurren regularmente al Banco Africano de Desarrollo para financiar infraestructuras, energía, agua o transporte.
Del mismo modo, el Banco Mundial mantiene actualmente cientos de proyectos activos en países como India, Indonesia, Egipto, Brasil, Nigeria, Kenia, etc. En otras palabras, el acceso a financiación internacional constituye una herramienta ordinaria de política económica y no un indicador, por sí solo, de fragilidad financiera.
Los economistas coinciden en que la cuestión esencial no es si un país se endeuda, sino el destino de los recursos obtenidos. Cuando la financiación se dirige a infraestructuras productivas, transporte, energía, educación o agua potable, puede aumentar la productividad, atraer inversión privada y generar crecimiento económico suficiente para facilitar posteriormente el reembolso de la deuda.
Por el contrario, un endeudamiento destinado únicamente a financiar gasto corriente o déficits estructurales sin crecimiento económico asociado incrementa el riesgo de deterioro de las finanzas públicas.
Marruecos, lejos de ser una excepción
En el caso marroquí, la estrategia de financiación exterior se ha concentrado en los últimos años en proyectos ferroviarios, infraestructuras territoriales, transición energética, recursos hídricos y desarrollo industrial, ámbitos considerados prioritarios para su transformación económica. Lejos de situar a Marruecos como una excepción, esta política lo alinea con la práctica habitual de numerosos países que utilizan la financiación de organismos multilaterales para acelerar inversiones de largo plazo sin comprometer inmediatamente sus recursos presupuestarios.
Reducir el debate al hecho de que un Estado «pida dinero prestado» ofrece una visión incompleta de la realidad económica. Lo relevante no es únicamente el volumen de la deuda, sino su sostenibilidad, el coste de la financiación y, sobre todo, la capacidad de transformar esos recursos en crecimiento, empleo e infraestructuras.
Desde esa perspectiva, Marruecos no constituye un caso aislado ni figura entre los países más dependientes de la financiación multilateral. Como ocurre con la mayoría de las economías del mundo, el Reino recurre a préstamos de instituciones internacionales para respaldar proyectos estratégicos de inversión, una práctica ampliamente extendida entre los Estados y considerada por organismos como el FMI, el Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo como un instrumento habitual para impulsar el desarrollo económico cuando se mantiene dentro de parámetros de sostenibilidad.
