Puerto de Algeciras, domingo 2 de agosto de 2026. Desde sus muelles parten los ferris con destino a Sebta y Tánger. Entre los cientos de marroquíes que regresan desde Francia, Países Bajos y otros países europeos, en plena operación Marhaba (Operación Paso del Estrecho), varios jóvenes lucen pulseras con la bandera española y llevan mochilas, enseñas y pancartas con mensajes inequívocos: «Enemigos de España» y «Marroquíes fuera».
La escena resume el clima que se ha instalado en algunos puntos de España tras la crisis migratoria de Sebta. Mientras decenas de miles de familias marroquíes atraviesan el país rumbo a sus lugares de origen, pequeños grupos ultras intentan transformar una emergencia fronteriza en una confrontación identitaria. Ya no protestan únicamente contra la gestión migratoria, señalan directamente a los marroquíes.
Un día antes, parte de esa agitación se había trasladado a Sebta. El líder de Se Acabó La Fiesta (SALF), Alvise Pérez, y una veintena de integrantes de la organización ultraderechista Núcleo Nacional desembarcaron en la ciudad con el argumento de que acudían a «defender España».
Para entonces, la mayoría de quienes habían entrado irregularmente ya había abandonado la ciudad. Lejos de responder a la situación sobre el terreno, el desembarco de los activistas buscaba capitalizar la conmoción, alimentar el relato de una supuesta invasión y convertir Sebta en escenario de una demostración de fuerza.
Pero la respuesta que encontraron fue muy distinta de la que probablemente esperaban. Alvise Pérez fue increpado primero cuando se encontraba en un establecimiento acompañado por el agitador digital Vito Quiles. Varios vecinos le acusaron de «perseguir a los débiles» y de aprovecharse de una situación especialmente dolorosa.
La presión de los contramanifestantes obligó a la Policía Nacional a escoltar a Alvise Pérez hasta el puerto. Una escena semejante se produjo con los cerca de veinte integrantes de Núcleo Nacional que pretendían concentrarse en la plaza de los Reyes. También ellos tuvieron que abandonar la zona bajo protección policial, mientras una caravana de motocicletas y vehículos los acompañaba con bocinazos hasta el puerto.
De la crítica política al señalamiento colectivo
Las protestas no se limitaron a Sebta. Durante el fin de semana se convocaron concentraciones ante la Embajada de Marruecos en Madrid y los consulados del Reino en varias ciudades españolas, entre ellas Palma y Almería.
Ante la representación diplomática marroquí en Madrid se congregaron unas 1.200 personas, según la Delegación del Gobierno. Entre los mensajes contra la gestión de la crisis se escucharon consignas como «España cristiana y no musulmana», una frase que ya no cuestiona una política fronteriza, sino la presencia y pertenencia de millones de ciudadanos y residentes musulmanes.
La activista neonazi Isabel Peralta participó en las movilizaciones y realizó el saludo nazi ante la representación marroquí. Su aparición no constituye un detalle menor. Peralta fue condenada en 2025 a un año de prisión por un delito de odio cometido durante otra concentración frente a la Embajada de Marruecos, celebrada en mayo de 2021. En aquella ocasión llamó a combatir al «invasor» y dirigió sus mensajes contra marroquíes y musulmanes.
Cinco años después, la misma retórica vuelve a las calles, favorecida por una nueva crisis migratoria y amplificada por las redes sociales.
También en Palma, centenares de manifestantes se concentraron frente al Consulado de Marruecos entre mensajes contra el Gobierno y proclamas identitarias. En Almería, cerca de un centenar de personas acudió igualmente ante la representación consular. Las convocatorias se extendieron mediante vídeos, mensajes virales y cuentas dedicadas a presentar la crisis no como una emergencia que debía ser gestionada, sino como el episodio de una supuesta guerra entre España, Marruecos y el islam.
Los datos confirman la alerta
Lo ocurrido tras la crisis de Sebta no es un fenómeno aislado. En 2025, España registró 2.417 delitos e incidentes de odio, un 23,6% más que el año anterior y la cifra más alta desde que existen registros oficiales. El racismo y la xenofobia continuaron siendo la principal motivación, con 934 casos, un 16,1% más que en 2024.
El avance de la islamofobia resulta especialmente preocupante: los incidentes vinculados a ella aumentaron un 133% en un año y los detectados en internet se dispararon un 450%. Los ciudadanos marroquíes figuran, además, entre los extranjeros más afectados por los delitos de odio.
Leer también : España registra un récord histórico de delitos de odio: la islamofobia se dispara un 133%
El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia constató también que el 85% de los mensajes de odio contra inmigrantes detectados en abril de 2026 pretendía desacreditarlos: un 55% los presentaba como una amenaza y otro 30% reclamaba su expulsión. El mecanismo se repite, un delito, una llegada de migrantes o una crisis fronteriza termina convertido en una acusación contra todo un colectivo. Las imágenes circulan sin contexto, los rumores se mezclan con los hechos y el individuo queda sustituido por una categoría presentada como amenazante, «los marroquíes», «los musulmanes» o «los inmigrantes».
La excepción española, en peligro
Durante años, España fue considerada una excepción dentro de Europa. A diferencia de otros países, la llegada de millones de inmigrantes no se tradujo inmediatamente en la aparición de una gran fuerza política xenófoba. La memoria de la emigración española, la integración cotidiana y una concepción relativamente abierta de la sociedad ayudaron a contener los discursos más radicales.
Todavía en 2024, España se encontraba entre los países europeos con una valoración más positiva de la inmigración. Un 80% de los españoles consideraba también que favorecer activamente la integración constituía una inversión necesaria a largo plazo, once puntos por encima de la media europea.
Sin embargo, esa trayectoria no es irreversible. En septiembre de 2024, la inmigración llegó a ser señalada como el principal problema de España por el 30,4% de los participantes en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas, frente al 16,9% registrado apenas dos meses antes. El salto mostró hasta qué punto la percepción ciudadana puede modificarse rápidamente cuando la inmigración domina el debate político y mediático bajo términos como «invasión», «descontrol» o «amenaza».
La irrupción de Vox en las instituciones acabó con la antigua excepcionalidad política española. Ahora, organizaciones todavía más radicales intentan empujar el debate hacia posiciones abiertamente racistas. Su influencia no debe medirse únicamente por sus resultados electorales o por el número de personas que logran reunir, sino por su capacidad para contaminar el vocabulario de partidos más amplios y convertir ideas marginales en propuestas aparentemente discutibles.
Cuando «marroquí» empieza a utilizarse como sinónimo de delincuente, cuando «musulmán» se presenta como incompatible con «español» y cuando una emergencia migratoria se describe como una guerra racial, el extremismo ya ha conseguido una parte de su objetivo.
