La gran paradoja del Partido Popular en su camino hacia La Moncloa acaba de quedar al descubierto. Desde la oposición, Alberto Núñez Feijóo puede convertir a Marruecos y al Sáhara en instrumentos de desgaste contra Pedro Sánchez. Desde el Gobierno, en cambio, tendría que gestionar una relación estratégica que ningún Ejecutivo español puede permitirse ignorar. Sus últimas declaraciones confirman esa contradicción antes incluso de llegar al poder.
En una entrevista concedida a Okdiario, el presidente del PP anunció que su primer viaje al extranjero como jefe del Ejecutivo sería a Marruecos. «Sin ninguna duda, creo que el primer viaje debe ser a Marruecos y por mi parte sería a Marruecos», aseguró.
El gesto no es menor. Feijóo reconoce de esta manera que cualquier proyecto de Gobierno para España debe comenzar por asegurar la relación con el Reino. No elige Bruselas, París, Lisboa o Washington, sino Marruecos. Admite, además, que Rabat debe ser un «socio estratégico» y que una relación «inteligente y eficiente» aportaría un «enorme beneficio mutuo» a los dos países.
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El problema es que pronuncia esas palabras en la misma entrevista en la que describe lo ocurrido en Sebta como una «invasión», una «ocupación» y un «ataque a la integridad territorial», reclama una respuesta «contundente» contra Marruecos y acusa a Pedro Sánchez de comportarse «más como un súbdito de Marruecos que como un presidente del Gobierno de España». Feijóo quiere inaugurar su eventual presidencia en Marruecos, pero parece dispuesto a llegar a Rabat después de haber incendiado todo el camino.
De la acusación a la rectificación en unas pocas respuestas
Las contradicciones no aparecen únicamente al comparar distintos momentos de su trayectoria política. Se suceden dentro de la propia entrevista. En un primer momento, Feijóo asegura que, si fuera presidente, mantendría «una reunión muy seria con Marruecos» para exigir explicaciones sobre cómo decenas de miles de personas pudieron alcanzar la frontera y entrar en Sebta. También afirma que el Reino no ha ofrecido «la respuesta que España merece».
Poco después modifica por completo su razonamiento. «Yo no creo, honradamente, que le tenga que pedir explicaciones a Marruecos», reconoce, antes de dirigir sus preguntas hacia el Gobierno español. Feijóo admite entonces que correspondía a los servicios de inteligencia españoles detectar las movilizaciones difundidas en las redes sociales y que Madrid debía haber contactado previamente con Rabat para impedir que la situación se desbordara.
En cuestión de minutos, Marruecos pasa de ser el Estado al que Feijóo exigiría explicaciones y una respuesta contundente a convertirse en el socio con el que el Gobierno español debería haber trabajado para evitar la crisis.
Esta segunda lectura introduce precisamente el matiz que desaparece cuando se utilizan términos como «invasión» u «ocupación». Marruecos afirmó haber advertido a España de las repercusiones que podía tener la sentencia del Tribunal Supremo que impidió devolver inmediatamente a quienes alcanzaran a nado Sebta o Melilla. Según Rabat, aquella resolución debilitó un mecanismo fundamental de la cooperación migratoria y fue rápidamente explotada por las redes de tráfico de personas.
Las autoridades de ambos países mantuvieron la coordinación durante la crisis, la inmensa mayoría de quienes entraron irregularmente regresó a Marruecos y la Justicia marroquí abrió procedimientos contra decenas de personas vinculadas a la organización de los cruces y a los disturbios registrados en la frontera. Las investigaciones conocidas posteriormente apuntan además a campañas digitales y redes descentralizadas con operadores situados en varios países.
Feijóo no aporta ninguna prueba, se limita a respaldar la sospecha instalada en una parte de la opinión pública española, al tiempo que reconoce que el principal fallo pudo encontrarse en la falta de previsión y coordinación de las autoridades españolas.
La firmeza que siempre debe ejecutar Marruecos
El líder del PP insiste en que la relación bilateral debe basarse en la reciprocidad. «Si 70.000 personas van desde España hacia la frontera de Marruecos, yo lo voy a impedir», afirma para justificar que Rabat debería haber frenado todos los cruces.
La comparación revela una concepción muy particular de la cooperación. España exige que Marruecos controle la salida de miles de personas, desarticule las redes, vigile kilómetros de costa, reciba a quienes regresan y asuma buena parte de las consecuencias de las decisiones judiciales españolas. Cuando el dispositivo funciona, se considera una obligación del Reino. Cuando falla o es desbordado, se interpreta como una acción deliberada contra España.
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Feijóo asegura que quiere una relación «fluida y respetuosa», pero concentra todas sus exigencias en una sola dirección. Reclama a Marruecos que impida las salidas y acepte los retornos, mientras apenas se detiene en las responsabilidades españolas que él mismo termina reconociendo.
Su discurso vuelve así a moverse entre dos registros incompatibles. El del candidato que necesita proyectar firmeza frente a Vox y el del eventual presidente que sabe que España depende de la cooperación cotidiana con Marruecos en materia migratoria, policial, antiterrorista, comercial y económica.
Marruecos acepta el retorno, las trabas están en España
Esta tensión también aparece en la cuestión de los menores llegados a Sebta. Feijóo afirma que «lo lógico y lo pertinente» es devolverlos a Marruecos y sostiene que, por tratarse de las personas más vulnerables, deberían ser los primeros en regresar con sus familias. «¿Por qué los mayores sí y los menores no?», pregunta.
En este punto, la posición del líder del PP coincide en lo esencial con la expresada por Marruecos. Rabat ha reiterado que está dispuesto a recibir a todos sus menores no acompañados presentes en España, siempre que las autoridades españolas eliminen los obstáculos judiciales y administrativos que dificultan su retorno. No se trata de un compromiso nuevo. Ya figuraba en el comunicado conjunto de los ministerios de Interior de ambos países de junio de 2021.
Feijóo acierta, por tanto, al recordar que Marruecos está dispuesto a acogerlos y que el Gobierno español debe activar la vía diplomática y administrativa necesaria. Lo que simplifica es la forma de hacerlo. La legislación española no permite una devolución colectiva e inmediata. Cada caso debe examinarse individualmente, determinar la edad y la identidad del menor, localizar a su familia y comprobar que el retorno responde a su interés superior.
El acuerdo bilateral entre España y Marruecos exige igualmente garantizar en cada expediente una reunificación familiar efectiva o la entrega a una institución de tutela adecuada. La voluntad política de Rabat existe, el problema es convertirla en retornos efectivos dentro del marco jurídico español.
Durante años, el debate político y mediático español ha atribuido a Marruecos una supuesta falta de voluntad para acoger a estos menores. Rabat rechaza tajantemente esa acusación y denuncia que las trabas administrativas y judiciales españolas se utilicen con «fines políticos» para responsabilizar al Reino de unos retornos que él mismo reclama.
Una final que no pertenece a Feijóo
La misma voluntad de prometer aquello que no depende exclusivamente de un Gobierno español reaparece al hablar del Mundial de 2030. «Puedo prometer y prometo que la final del Mundial será en España», declaró Feijóo, recurriendo a la conocida fórmula de Adolfo Suárez. Lo justificó afirmando que «la final es en el país anfitrión y el país anfitrión es España».
La premisa es incorrecta. El Mundial de 2030 no tiene un único anfitrión principal al que posteriormente se hayan añadido dos acompañantes. La FIFA designó conjuntamente a Marruecos, España y Portugal como organizadores. Los tres países son coanfitriones y ninguno dispone de un derecho previo sobre la final.
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La elección tampoco corresponde a Feijóo ni al Gobierno de España. Es una competencia de la FIFA y todavía no ha sido anunciada. El dossier conjunto contempla tres posibles escenarios para el partido decisivo, el Santiago Bernabéu, el Camp Nou y el futuro estadio Hassan II, entre Casablanca y Rabat.
Marruecos lleva más de tres décadas intentando organizar una Copa del Mundo. Presentó candidaturas para las ediciones de 1994, 1998, 2006, 2010 y 2026, y estuvo muy cerca de conseguirlo en varias ocasiones. El Mundial de 2030 representa la culminación de esa larga aspiración, no una concesión de España. Prometer la final antes de que la FIFA se pronuncie supone ignorar las reglas de la candidatura conjunta que los tres países están obligados a defender.
Un primer viaje no define una política
Feijóo presenta su posible visita a Marruecos como una reparación frente al supuesto «menosprecio» de Pedro Sánchez, cuyo primer desplazamiento internacional como presidente fue a Francia en 2018. Sin embargo, el orden de los viajes no basta para definir una política exterior ni convierte automáticamente a un Gobierno en más respetuoso con Rabat.
La relación entre España y Marruecos se mide en decisiones mucho más delicadas. La cooperación migratoria y antiterrorista, los intercambios comerciales, las conexiones energéticas, el Mundial de 2030 y, por encima de todo, la posición sobre el Sáhara marroquí.
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Sobre esta última cuestión, Feijóo sigue sin despejar la incógnita principal. No ha explicado si mantendría el respaldo español a la iniciativa marroquí de autonomía o si trataría de recuperar la doctrina anterior a marzo de 2022. El PP continúa refugiándose en fórmulas ambiguas sobre el Derecho Internacional y las resoluciones de Naciones Unidas, mientras algunos de sus gestos han provocado un profundo recelo en Marruecos.
La nueva entrevista no resuelve aquella duda, pero sí confirma algo importante. Feijóo sabe que no puede gobernar España contra Marruecos. Por eso quiere que el Reino sea el destino de su primer viaje y por eso termina reconociendo, incluso en medio de sus ataques, que ambos países están obligados a entenderse.
El líder del PP parece haber comprendido ya el pragmatismo que impone la geografía. Lo que todavía no ha decidido es si está dispuesto a renunciar a la rentabilidad electoral de atacar a Marruecos antes de llegar a La Moncloa. Esa es ahora su verdadera contradicción. Feijóo quiere presentarse en Rabat como presidente, pero continúa hablando de Marruecos como candidato.
