Ha tardado. Argelia ha decidido romper sus relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos. Así lo anunció este jueves 10 de septiembre la televisión pública, culminando varios años de tensiones exacerbadas y diatribas obsesivas durante los cuales Argel acusó regularmente a Abu Dabi de injerencia en sus asuntos. Una decisión radical adoptada, de acuerdo con la información oficial difundida por los medios estatales, «tras haber agotado todos los medios susceptibles de preservar las relaciones bilaterales». Sin embargo, detrás de este barniz justificativo se esconde un nuevo arrebato de un sistema político acostumbrado a las huidas hacia delante en el terreno diplomático.
Desde hace varios años, el inquilino del palacio de El Mouradia ha convertido a Emiratos Árabes Unidos en uno de sus chivos expiatorios favoritos, sin dudar en romper con los usos diplomáticos más elementales. No faltan las ocasiones en las que Abdelmadjid Tebboune ha arremetido públicamente contra Abu Dabi, reflejo de la deriva de una diplomacia argelina encerrada en sus paranoias.
Ya protagonista de múltiples pullas geopolíticas, el presidente argelino cruzó claramente una línea el 12 de octubre de 2025, durante una aparición mediática en la que lanzó graves acusaciones contra Emiratos, reprochándole injerencias en asuntos «en los que incluso se ha prohibido intervenir a las grandes potencias».
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La ira presidencial alcanzó su punto culminante el 9 de febrero de 2026, fecha en la que Abdelmadjid Tebboune calificó abiertamente a Emiratos Árabes Unidos de «microestado» que se inmiscuye hasta en el último rincón de la soberanía argelina, lanzando advertencias delirantes como «No hagan que me arrepienta del día en que los conocí» o «Quien quiera humillar a Argelia aún no ha nacido».
Una campaña enfermiza
Esta hostilidad exhibida desde la cúpula del Estado se tradujo inmediatamente en el lanzamiento de una verdadera campaña enfermiza orquestada por la maquinaria mediática del régimen. La prensa oficial y los portavoces del círculo del poder argelino no dejaron de difundir acusaciones disparatadas, calificando sucesivamente a Abu Dabi de «Estado artificial» o de agrupación de «enanos» geopolíticos. Obsesionado con la idea de un complot permanente, el régimen argelino saturó el espacio mediático nacional con relatos conspirativos, responsabilizando a Emiratos de todos sus fracasos internos y diplomáticos.
Este culebrón de histeria diplomática también estuvo marcado por episodios grotescos, como el caótico anuncio de la salida del embajador emiratí, rápidamente desmentido con rectificaciones dictadas por la improvisación.
En plena noche del martes 20 de junio de 2023, un tuit del medio Ennahar anunciaba ya, basándose en una fuente autorizada, que «Argelia ha pedido al embajador de Emiratos que abandone el territorio nacional. Se le ha concedido un plazo de 48 horas para salir de Argelia».
Por supuesto, «esta decisión de expulsión se produce tras la detención de cuatro ciudadanos emiratíes que espiaban por cuenta de los servicios del Mosad, pertenecientes al ocupante israelí. Estos espías intentaron acceder a secretos e información sobre Argelia». Ocurrió justo antes de que cundiera el pánico en la Presidencia argelina, que sacrificó a un ministro, seguido de un desmentido casi inmediato y simultáneo del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la «desaparición» del tuit de Ennahar apenas una hora después de su publicación. Toda una muestra de una dirección errática y contradictoria.
Esta ruptura con Abu Dabi se inscribe en una larga letanía de episodios de ira del régimen argelino. Cabe recordar las sucesivas crisis y las posturas beligerantes adoptadas en el pasado contra España, Francia y otros socios internacionales, presentadas cada vez, con gran despliegue de fanfarrias nacionalistas, como victorias históricas antes de quedar en nada y terminar en un gran «puf». Atrapado en sus propias contradicciones y en su creciente aislamiento, el régimen argelino, fiel a sus costumbres después de perder sus batallas, acabará inevitablemente agachando la cabeza. No cabe duda de que una reconciliación terminará por cerrar, al calor de un enésimo giro, esta crisis estéril provocada de principio a fin por un poder a la deriva.
