La conquista de Sebta es antigua, pero no sus fronteras actuales

Mouna Hachim.

El 29/08/2026 a las 11h00

ColumnaPuede alegarse la antigüedad de la conquista de Sebta. Lo que no puede deducirse de ella es que sus límites territoriales sean igualmente antiguos, pues estos fueron ampliados considerablemente en el siglo XIX.

Poseer una ciudad, controlar sus alrededores y disponer de un territorio con límites fijados y demarcados son tres realidades distintas.

En 1415, Sebta era una ciudad marroquí sólidamente fortificada. Su núcleo principal ocupaba el istmo situado entre el mar Mediterráneo y la bahía. A lo largo de los siglos, la población se había extendido alrededor de la medina mediante varios arrabales, especialmente hacia el este, en la península de la Almina, dominada por el macizo del actual monte Hacho. Al oeste de la medina y de su arrabal exterior, al-rabaḍ al-Barrānī —el «Arrabal de Afuera» de la historiografía española—, se levantaba el Afrag, la ciudad palaciega construida entre 1328 y 1329 por orden del sultán meriní Abu Said.

La conquista portuguesa alteró profundamente aquella geografía, pero no la hizo desaparecer.

Ante la falta de efectivos suficientes para mantener y defender un perímetro tan extenso, los portugueses concentraron la población y la defensa en el núcleo del istmo. Los antiguos arrabales de la Almina se despoblaron y parte de la península pasó a destinarse a usos agrícolas, religiosos y militares, mientras el Afrag perdía su función urbana.

El antiguo frente de tierra, en cambio, continuó siendo el principal eje defensivo. Sus murallas, torres y puertas, extendidas de una costa a otra para cerrar el istmo, siguieron protegiendo el acceso terrestre a la ciudad.

El desarrollo de la artillería pronto dejó obsoleto este sistema.

A partir de 1541, el rey Juan III emprendió una profunda transformación siguiendo los principios de la fortificación abaluartada. El nuevo frente incorporó parte de las estructuras medievales. El foso fue ensanchado y excavado hasta convertirse en un canal navegable que comunicaba ambas bahías. Un puente levadizo permitía atravesarlo y, al elevarse, cortaba la única conexión terrestre con el continente.

Las Murallas Reales también indicaban dónde terminaba la ciudad fortificada.

Más allá se extendían las tierras que permanecían bajo autoridad marroquí. Algunas de sus alturas y llanuras se convirtieron en escenario de asedios y escaramuzas, con posiciones que cambiaban de manos al ritmo de los enfrentamientos.

Durante siglos, Sebta fue, ante todo, una plaza fuerte.

Esta realidad se manifestó con especial claridad durante el largo asedio de Moulay Ismail, iniciado en 1694 y prolongado hasta 1727.

La ciudad permanecía concentrada en la Plaza, asentada sobre la antigua medina y encerrada entre las murallas y el mar. La Almina seguía escasamente poblada y dedicada en gran medida a la agricultura y la ganadería. Al otro lado de las fortificaciones se extendía el Campo del Moro, considerado territorio enemigo en la cartografía española de la época.

En este espacio aún se conservaban los restos del antiguo Afrag meriní. El enclave y sus alrededores recuperaron su importancia militar cuando las fuerzas de Moulay Ismail desplegaron un amplio dispositivo de asedio compuesto por campamentos, trincheras y baterías.

La presión de los bombardeos y la llegada masiva de tropas a la Plaza empujaron progresivamente a una parte de la población hacia la Almina. Al mismo tiempo, más allá de las Murallas Reales, el asedio propició la multiplicación de fortificaciones y trincheras, mientras las posiciones avanzadas eran conquistadas, perdidas o abandonadas en función de los combates.

La muerte de Moulay Ismail en 1727 no puso fin a los intentos marroquíes de recuperar la plaza. Sebta volvió a ser sitiada en 1732, durante el reinado del sultán Moulay Abdallah.

Algunas décadas después, la disputa llegó también al terreno diplomático. Cuestionar la soberanía española sobre Sebta no impedía tener que resolver una cuestión muy concreta: ¿hasta dónde se extendía el territorio de la plaza?

El problema de los límites apareció expresamente en las negociaciones de 1767 entre el plenipotenciario marroquí Ahmed al-Ghazal y el embajador español Jorge Juan. La España de Carlos III reclamó entonces la ampliación de sus cuatro presidios.

En el caso de Sebta, Madrid formuló exigencias precisas. Pretendía desplazar la frontera hasta el Serrallo, en las alturas situadas mucho más allá del antiguo Afrag, reservar una franja intermedia para el pastoreo y mantener a las fuerzas marroquíes al otro lado de esa línea.

«El problema de los límites apareció expresamente en las negociaciones de 1767 entre el plenipotenciario marroquí Ahmed al-Ghazal y el embajador español Jorge Juan.»

—  Mouna Hachim

La negativa del sultán Sidi Mohammed ben Abdallah fue tajante.

El artículo 19 del tratado recogió su posición. El texto contemplaba únicamente renovar y materializar mediante mojones de piedra los límites ya existentes.

Sin embargo, todavía era necesario trasladarlos al terreno. La demarcación prevista en 1767 no llegó a completarse. Hubo que esperar hasta 1782 para que se fijara una delimitación, confirmada expresamente por el tratado de 1799.

Este acuerdo territorial no significó que Marruecos renunciara a Sebta. Entre 1790 y 1791, el sultán Moulay Yazid intentó a su vez apoderarse de la ciudad y la sometió a un nuevo asedio. El tratado de paz de 1799 confirmó posteriormente las disposiciones territoriales acordadas en 1782.

A mediados del siglo XIX, la cuestión de los límites adquirió una dimensión completamente distinta.

En 1844, varios incidentes fronterizos estuvieron a punto de desembocar en una guerra. La mediación británica ayudó a contener la crisis. El 25 de agosto se firmó un protocolo y, el 7 de octubre, una comisión hispano-marroquí procedió sobre el terreno al restablecimiento y la demarcación de los límites. El acuerdo quedó posteriormente ratificado mediante la convención firmada en Larache el 6 de mayo de 1845.

La frontera restablecida se apoyaba en los cursos de agua de Fez y del Cañaveral, cuyos cauces servían de referencia, mientras una línea convencional los unía a través del territorio. Varios mojones señalaban el trazado para que, en palabras de la propia acta de demarcación, no quedara «ni duda ni motivo de disputa».

Pero todavía no se trataba de la ampliación territorial a la que aspiraba España.

La cuestión permaneció abierta hasta que un incidente fronterizo, aparentemente menor, cambió el curso de los acontecimientos.

Durante la noche del 10 al 11 de agosto de 1859, miembros de la tribu de Anjra, cuyo territorio lindaba con la plaza, destruyeron un reducto que los españoles acababan de construir en piedra.

El incidente podría haber quedado circunscrito al ámbito local. Madrid, sin embargo, lo convirtió en una cuestión de honor nacional.

Para Charles-André Julien, aquella «reacción belicista», que generó una «unión sagrada» en España, tuvo como justificación oficial la necesidad de reparar la afrenta. Su desmesura llevó al historiador a compararla con el célebre incidente del abanico del dey de Argel.

El cónsul general de España presentó una protesta en Tánger ante Mohamed Khatib, representante del sultán, y exigió que los responsables fueran castigados.

Entretanto, el sultán Moulay Abderrahmane murió en Meknès. Su hijo y sucesor, Mohammed IV, envió a un plenipotenciario a Tánger para tratar de resolver la crisis.

Esta vez, la mediación británica no bastó para frenar la escalada.

Madrid dejó pronto de limitar sus exigencias a la reparación del incidente y comenzó a reclamar la cesión de una franja territorial situada más allá de la antigua frontera.

El 22 de octubre de 1859, España declaró oficialmente la guerra.

Sebta se convirtió en la cabeza de puente de la expedición. Cerca de 20.000 soldados españoles desembarcaron inicialmente en la ciudad, antes de la llegada de nuevos contingentes. Frente a ellos, las fuerzas marroquíes, tanto regulares como tribales, intentaron detener su avance bajo el mando de Moulay Abbas, hermano del sultán.

La superioridad material y táctica española acabó imponiéndose.

Después de bloquear los puertos de Tetuán, Tánger y Larache, el ejército español ocupó Fnideq el 3 de diciembre, alcanzó el río Martil en enero y marchó posteriormente sobre Tetuán. La batalla del 4 de febrero de 1860 abrió el camino para la ocupación de la ciudad.

Las primeras negociaciones, iniciadas algunos días después, fracasaron debido a las duras condiciones impuestas por Madrid. Los combates se reanudaron y culminaron el 23 de marzo con la batalla de Wad-Ras. Las conversaciones volvieron a abrirse y desembocaron en el tratado de paz del 26 de abril, cuyos dieciséis artículos reflejaban con claridad la relación de fuerzas.

Marruecos tuvo que pagar a España una indemnización de guerra de veinte millones de duros, repartida en cuatro plazos. Hasta que se abonara la totalidad de la suma, Tetuán y su territorio permanecerían ocupados por las tropas españolas. El peso de aquella indemnización contribuyó a sumir a Marruecos en una grave crisis financiera cuyas consecuencias se prolongarían durante años.

El tratado también confirmó las disposiciones adoptadas el año anterior respecto a Melilla y concedió a España un territorio en la costa atlántica destinado a establecer una pesquería en Santa Cruz de Mar Pequeña, cuya ubicación exacta aún debía determinarse.

En el caso de Sebta, el artículo 2 del tratado consagró la ampliación territorial. El artículo 3 recogió el trazado acordado por los comisarios marroquíes y españoles el 4 de abril de 1860.

De un mar a otro, la nueva frontera describía un arco al oeste de la plaza. Se apoyaba en las estribaciones de Sierra Bullones y seguía una sucesión de cumbres y posiciones militares hasta alcanzar la costa meridional.

La delimitación de 1845, basada en los cursos de agua de Fez y del Cañaveral, fue sustituida así por una línea desplazada hacia el oeste, sobre los relieves que dominaban la plaza. La justificación era de carácter militar: proteger Sebta de los ataques lanzados desde aquellas posiciones.

Una comisión mixta de ingenieros marroquíes y españoles quedó encargada de señalizar el trazado mediante postes y mojones. Más allá de esta línea, el tratado estableció además una zona neutral.

La nueva demarcación culminó así un proceso de construcción territorial iniciado mucho después de la conquista de la ciudad.

La toma de 1415 y la frontera de 1860 corresponden a dos momentos históricos distintos. La primera se inscribe en la expansión portuguesa, fuertemente marcada por la ideología de cruzada y por el legado de la Reconquista. La segunda fue el resultado de una guerra del siglo XIX, en pleno contexto de expansión colonial europea.

A las fortificaciones militares del siglo XIX se han añadido desde entonces nuevos sistemas de vigilancia y control. Hoy, la frontera está materializada por kilómetros de vallas que las imágenes de las crisis migratorias han hecho familiares en todo el mundo.

De tanto verlas, podría parecer que dibujan una frontera inmemorial. Pero la antigüedad de una conquista no se transmite automáticamente a sus fronteras.

Por Mouna Hachim
El 29/08/2026 a las 11h00