Redes sociales, adolescentes y padres desbordados: cuando toda una generación crece bajo el yugo de los algoritmos... y sin protección

Una adolescente con su teléfono móvil... / AFP o licenciantes.

El 29/08/2026 a las 16h00

Un biberón de pantallas desde los seis meses de vida y, pocos años después, el yugo de las redes sociales. Ansiedad, aislamiento y una pérdida total de referentes son el alto precio que paga una generación entera entregada sin filtros a los algoritmos. Análisis del día a día de padres sobrepasados por esta intromisión.

Kenza, fisioterapeuta de 30 años, observó cómo su prima cogió la costumbre de encajarle una pantalla delante a su hija desde los primeros meses. «Cada vez que la visitábamos, le pegaba un teléfono a la cara; era su forma de tener unos minutos de tranquilidad, y el bebé apenas tenía 6 meses», relata.

El reflejo, explica, no fallaba nunca. «En cuanto lloraba o se ponía nerviosa, le ponía recopilaciones de canciones infantiles de dos horas sin parar, animaciones, bucles de Peppa Pig y el canal Toyour Al Jannah sonando en continuo. La niña se quedaba con la mirada fija sin pestañear y se dormía así», añade.

Con el tiempo, la familia vio cómo la pequeña se encerraba en sí misma. «Fuimos testigos de cómo se aislaba del mundo. Perdió incluso los pocos balbuceos que articulaba al principio. En cada visita nos encontrábamos con un bebé ausente, que esquivaba la mirada y no reaccionaba a nada que no fuera una pantalla encendida», lamenta Kenza.

La negación de una madre y el precio que paga la hija

El choque definitivo llegó al iniciar la educación infantil, cuando el colegio emitió un diagnóstico demoledor: la niña «no hablaba en absoluto y solo se expresaba mediante gritos agudos». La madre, sin embargo, se encerró en la negación. «Se negó categóricamente a acudir a un psiquiatra infantil o a un especialista, convencida de que lograría solucionarlo ella sola en casa», se duele Kenza.

Ocho años después, la niña sigue arrastrando las secuelas de aquella etapa. «Hoy tiene 8 años. Acusa un severo retraso, le cuesta encadenar tres palabras y sufre muchísimo en su día a día, mientras su madre sigue cerrando los ojos para no enfrentar la realidad», confiesa. Acosada en el colegio e incapaz de escribir correctamente, la menor encuentra cada noche el mismo refugio que aceleró su deterioro: «Para escapar de todo, en cuanto llega a casa se abalanza sobre cualquier teléfono para hacer scroll durante horas en TikTok e Instagram, con la misma mirada perdida de siempre», lamenta.

Houda, diseñadora de interiores de 33 años y madre de un bebé de 14 meses, presenció hace poco una escena idéntica en casa de unos amigos. «Su hija de 2 años estaba llorando descontrolada. En cinco segundos, el padre le puso un teléfono con vídeos de YouTube de canciones supercoloridas. El efecto fue inmediato: la niña se quedó paralizada, con los ojos de par en par y la boca entreabierta, como anestesiada. Fue aterrador», recuerda.

«Lo que más me asusta es la facilidad con la que se cae en eso. Cuando tu bebé llora, estás agotada tras la jornada laboral y tienes que preparar la cena, la tentación de coger el camino fácil es enorme. Pero veo claramente las consecuencias: niños incapaces de gestionar la más mínima frustración o el aburrimiento sin una pantalla», advierte.

Houda teme el escenario futuro: «Me da pánico la presión social que vendrá cuando crezca, donde te hacen pasar por una madre retrógrada si te niegas a darle un dispositivo. Hace falta una campaña de concienciación real y prohibiciones estrictas desde la primera infancia», sentencia.

Soundouss, contable de 33 años en Kénitra, tiene dos hijos —uno de 6 años y otro de 18 meses—, experiencia suficiente para comparar. «Ya noto la diferencia de comportamiento y me aterroriza pensar en el pequeño. El mayor rompe a llorar si no tiene la tableta; ya no sabe jugar solo con coches o bloques ni diez minutos. Necesita un entretenimiento continuo», explica.

Respecto al menor, la inquietud aumenta: «Me da pánico que crezca en un entorno donde el mundo real le parezca aburrido en comparación con la velocidad de las redes sociales. Si no se prohíben estas aplicaciones o no se fijan filtros de edad reales antes de que crezca, ¿cómo podré protegerlo de esta epidemia de hiperactividad y falta de imaginación?», se pregunta.

¿Una adolescencia moldeada por las ‘influencers’?

Youssef, directivo bancario de 48 años, ve cómo su hija de 15 vive absorbida por una realidad muy distinta. «Desde que Instagram y TikTok pasaron a controlar el día a día de los adolescentes, la situación se ha vuelto incontrolable. Mi hija ya solo me habla de marcas, cafeterías de moda, hoteles en Marrakech o cosméticos carísimos que ve desfilar en las cuentas de las influencers locales», señala.

En el instituto, la competición social no da tregua. «Se pasan el día comparando su nivel de vida, su ropa o sus salidas. Si no llevas el último modelo de móvil o no frecuentas los sitios de moda, quedas relegado automáticamente», lamenta.

El resultado es demoledor: «Está creando una generación de chicos extremadamente materialistas, superficiales y permanentemente frustrados. Para los padres supone una presión financiera y moral agotadora, porque te ves atrapado entre el deseo de proteger a tu hijo y el temor a que sus compañeros lo marginen».

«Estas plataformas venden un sueño artificial y explotan la ingenuidad de los jóvenes sin ética alguna. Es urgente una regulación legal estricta que ordene el marketing de influencia y prohíba a los menores estos algoritmos de comparación social», exige.

Khadija imparte clases desde hace 18 años en un instituto público de Salé. «Los dos últimos cursos han estado marcados por un cambio inquietante. Los alumnos llegan a clase agotados, con el rostro apagado y los ojos rojos porque se han pasado la noche a escondidas bajo la manta en TikTok Live o en grupos de WhatsApp», relata.

En el aula, el impacto es inmediato. «Mis alumnos no aguantan concentrados ni tres minutos; enseguida se les va la mirada. Están acostumbrados al formato de 15 segundos y al consumo rápido», explica.

Sin embargo, para ella ese no es el mayor problema. «Lo peor es la pérdida de respeto. Reproducen en clase la chabacanería, la insolencia y los retos absurdos que ven en bucle en sus pantallas. La cultura del esfuerzo, el trabajo y la lectura ha sido barrida por la búsqueda frenética del buzz y el dinero fácil», lamenta.

Khadija admite sentirse impotente en su aula. «Si las autoridades educativas no imponen un límite de edad estricto y un bloqueo efectivo de estas aplicaciones, estamos sacrificando el nivel académico y el futuro de toda una generación», denuncia.

El ‘smartphone’, un caballo de Troya en el hogar

Abdellatif, comerciante de 41 años en la antigua medina de Fès, percibe que su hijo crece con referentes ajenos a los suyos. «Intentamos educar a nuestros hijos en la tradición, con nuestros valores de respeto a los mayores, recato, solidaridad y fe. Pero el smartphone ha entrado en casa como un caballo de Troya y lo está destruyendo todo», advierte.

En la práctica, la desconexión es total. «Mi hijo de 14 años está físicamente con nosotros en el salón, pero su mente se encuentra a miles de kilómetros. Vive en un mundo paralelo gobernado por códigos que no son los nuestros. En esas redes recibe un bombardeo constante de contenidos que promueven el dinero fácil, el individualismo agresivo, la provocación y el desprecio hacia los padres», añade.

Cualquier intento de comunicación choca contra un muro: «En cuanto intentamos fijar unas normas o dialogar, se cierra en banda o responde con una agresividad inédita en él». Para Abdellatif, «las redes sociales han roto la transmisión intergeneracional. Da la sensación de estar criando a extraños en tu propia casa. Es urgente que las autoridades adopten medidas para proteger el ámbito familiar frente a esta intromisión algorítmica».

El acoso ya no llega desde fuera

Amina, enfermera de 37 años en Tánger, empieza por matizar una creencia extendida. «Mucha gente piensa todavía que el principal peligro en internet procede de desconocidos o depredadores externos, pero la realidad en la calle es muy distinta: la violencia más destructiva proviene de los propios compañeros de clase», afirma.

Su hija de 13 años sufrió esa situación en carne propia. «Vivió una pesadilla por culpa de una simple captura de pantalla de una conversación privada, sacada de contexto y publicada en una cuenta de Instagram del instituto. En cuestión de horas, el rumor se propagó por todo el centro acompañado de insultos de una gravedad extrema», recuerda.

Los daños no tardaron en manifestarse: «Dejó de comer, se negaba a ir a clase y sufría ataques de ansiedad cada vez que le vibraba el teléfono». Amina señala directamente la inacción de las empresas tecnológicas: «Las plataformas se lavan las manos ante esta violencia psicológica. Mientras no haya un control de edad riguroso y sanciones legales contra la impunidad en las redes, nuestros hijos seguirán expuestos a un peligro constante».

Una generación incapaz de hacer vida en la calle

Hassan, ingeniero de 52 años en Rabat, no sale de su asombro al comparar su adolescencia con la de su hijo de 16 años. «A su edad, mi día a día transcurría en la calle: organizábamos torneos de fútbol en el barrio, íbamos a la biblioteca o quedábamos en el café. Hoy, mi hijo se pasa los fines de semana y las tardes encerrado en su habitación, postrado en la cama entre Discord, Free Fire y TikTok», constata.

Lo que más le preocupa es la falta de habilidades sociales de su hijo. «Este sedentarismo mina su salud física, pero lo más alarmante es el impacto en su capacidad de relacionarse. Es incapaz de entablar un contacto humano directo; siente una ansiedad enorme si tiene que hacer una llamada telefónica, hablar con un adulto o salir a comprar el pan», señala.

«Mi hijo vive a través de una pantalla con filtro. Esta generación está perdiendo las nociones básicas de la vida en sociedad. Regular las redes sociales para los menores no es una opción, es una medida de salud pública indispensable para que nuestros hijos aprendan de nuevo a vivir en el mundo real», concluye.

Meta cede ante la presión en Estados Unidos

En Estados Unidos se libra en este momento una batalla similar. En pleno proceso judicial, Meta ha aceptado pagar hasta 17.000 millones de dólares y restringir el uso de Instagram y Facebook para los adolescentes de unos cincuenta estados y territorios estadounidenses, en virtud de un acuerdo alcanzado con sus fiscales generales que evoca el histórico pacto impuesto a la industria tabacalera en 1998.

El grupo se compromete a limitar el uso de sus redes a dos horas diarias para los menores de 18 años y a bloquear el acceso entre medianoche y las seis de la mañana. Solo los padres podrán flexibilizar estos ajustes. Texas anunció poco después su propio acuerdo —por más de 1.000 millones de dólares y restricciones similares—, lo que eleva la cifra total a más de 18.000 millones de dólares. El texto precisa, no obstante, que este pacto solo se aplicará a los adolescentes de los estados firmantes y no sienta precedente «en ninguna jurisdicción internacional».

Desde el punto de vista jurídico, el acuerdo estadounidense no tiene validez en Europa. Políticamente, el escenario es distinto. «Jurídicamente no tiene alcance alguno, pero en el plano político crea un alineamiento de planetas para que la Comisión Europea intente exigir el máximo a Meta», resume a la AFP Brunessen Bertrand, catedrática de Derecho Público en la Universidad de Rennes.

Al día siguiente del anuncio, Bruselas exigió medidas similares. «Corresponde ahora a la empresa proponer estos compromisos en la Unión Europea para proteger también a nuestros niños aquí», afirmó el portavoz de la Comisión para Asuntos Digitales, Thomas Regnier, quien reclamó medidas sin límite de duración, a diferencia del acuerdo estadounidense, acotado a diez años.

Meta es objeto desde mayo de 2024 de una investigación de la Comisión en virtud del Reglamento de Servicios Digitales (DSA), marco legal por el que Bruselas ya exigió medidas análogas a TikTok. En sus conclusiones preliminares de julio, la Comisión ordenó al grupo de Mark Zuckerberg modificar las interfaces de Facebook e Instagram —consideradas excesivamente adictivas— y expresó su insatisfacción con los controles parentales actuales, calificados de complejos, así como con los ajustes para limitar el tiempo de pantalla de los menores.

«La pelota está en el tejado de Meta» y la compañía «sabe lo que esperamos de ella», recordó Thomas Regnier, tras precisar que los contactos con la empresa se mantienen tras el acuerdo estadounidense. «Mantenemos un diálogo continuo para ofrecer a los niños en la Unión Europea una protección al menos equivalente», añadió.

Si los compromisos de Meta se consideran suficientes, pasarán a ser vinculantes. En caso contrario, la empresa se expone a sanciones de hasta el 6 % de su facturación anual global, una medida que, según advierte Brunessen Bertrand, «no resuelve el problema por sí sola» al no obligar efectivamente a Meta a cumplir las exigencias comunitarias. Por su parte, Meta impugnó las conclusiones preliminares europeas, aunque se comprometió a colaborar con la Comisión para «ofrecer un entorno digital seguro y positivo».

La ONU insta a los gobiernos a actuar sin demoras

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, celebró el acuerdo estadounidense al tiempo que reclamó normas globales para todo el sector. «Los niños no deberían tener que esperar a que se interponga una acción judicial para poder navegar de forma segura en internet», subrayó, tras señalar que las nuevas disposiciones de Meta «van en la dirección adecuada», aunque insistió en la necesidad de una respuesta sectorial más amplia.

«Es necesario aplicar un diseño basado en la seguridad a todo el sector», reclamó, antes de hacer un llamamiento a los gobiernos para que «tomen la iniciativa en lugar de esperar a que actúen los tribunales y las empresas».

Türk ya se había pronunciado en términos similares a finales de mayo, al calificar la seguridad infantil en internet de prioridad urgente y considerar que centrarse de forma exclusiva en los límites de edad no alteraría las arquitecturas ni los algoritmos que hacen peligrosas a estas plataformas. A su juicio, los gigantes tecnológicos deben integrar la seguridad «desde la fase de diseño, en lugar de trasladar esa responsabilidad a padres e hijos». Su oficina ha publicado diez directrices para la seguridad infantil en la red, que incluyen la máxima protección por defecto de los datos de los menores y la prohibición del microsegmentado publicitario dirigido a este colectivo.

Europa se prepara para decidir

El debate alcanza la misma resonancia a ambos lados del Atlántico. Francia, que a finales de julio incluyó en su legislación la prohibición de las redes sociales a los menores de 15 años, vio cómo el Consejo Constitucional anulaba la norma. No obstante, el Ejecutivo francés prevé presentar en breve una nueva redacción.

La Comisión Europea, que mantiene abiertas investigaciones contra Meta y otras plataformas como TikTok, sopesa fijar restricciones de edad comunes para toda la Unión. Su presidenta, Ursula von der Leyen, podría abordar la cuestión a principios de septiembre en Estrasburgo durante el discurso sobre el estado de la Unión. Un informe de expertos encargado por Bruselas y entregado el 13 de julio recomienda un acceso «progresivo y escalonado» de niños y adolescentes a las plataformas digitales.

En Francia, la asociación e-Enfance confía en que los compromisos asumidos por Meta en Estados Unidos se conviertan en estándares globales. «Disponemos de todas las herramientas; es hora de dar un paso al frente», sintetizó su responsable de relaciones institucionales, Inès Legendre. Consultados por la AFP sobre eventuales medidas de protección en Europa, TikTok y YouTube rehusaron hacer declaraciones, mientras que Snap no respondió a las peticiones de información.

Por Hajar Kharroubi
El 29/08/2026 a las 16h00