El español lleva al menos cinco siglos formando parte de la historia lingüística de Marruecos. Está presente en apellidos, nombres de lugares, palabras de la darija, conversaciones familiares y obras literarias. Sin embargo, ese profundo arraigo no ha bastado para asegurarle una posición sólida en la enseñanza ni en la vida pública del Reino.
Esta es la paradoja que examina Brahim Fakir, investigador de la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah (USMBA), en su artículo «L’espagnol au Maroc: trajectoires historiques et défis contemporains» (El español en Marruecos: trayectorias históricas y desafíos contemporáneos), publicado en el número 19, correspondiente a julio de 2026, de la Revue Marocaine de Publication des Recherches Scientifiques.
El autor parte de una pregunta difícil de esquivar: ¿por qué una lengua enraizada desde hace siglos en Marruecos, vinculada al primer socio comercial del Reino y respaldada por una extensa red del Instituto Cervantes, no consigue imponerse en la escuela ni ampliar su presencia social?
Para Fakir, la respuesta obliga a ir más allá del Protectorado. La historia del español en Marruecos no comenzó en 1912 ni puede reducirse a una lengua introducida por la ocupación colonial. Mucho antes, el castellano había atravesado el Estrecho de la mano de sefardíes, moriscos, comerciantes, religiosos y viajeros.
Antes del Protectorado
Tras la expulsión de los judíos de España en 1492, numerosas familias sefardíes se instalaron en ciudades como Tetuán, Tánger, Larache y Fès. Llevaron consigo el judeoespañol, que en el norte de Marruecos dio origen a la haketía, una variedad en la que confluyen el castellano antiguo, el hebreo y el árabe marroquí.
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Durante siglos, estas comunidades mantuvieron su propia vida lingüística a través de las familias, las sinagogas, las escuelas y las imprentas. Cuando se estableció el Protectorado, el contacto de una parte de ellas con el español moderno no supuso tanto el descubrimiento de una lengua nueva como el reencuentro con una herencia que ya conocían.
A comienzos del siglo XVII llegaron también los moriscos expulsados de España. El estudio calcula que entre 40.000 y 60.000 de los aproximadamente 325.000 moriscos que vivían entonces en el país vecino eligieron Marruecos como destino, principalmente Tetuán, pero también Rabat, Salé y Chefchaouen.
Su huella permanece en algunos apellidos marroquíes, como Palomino, Torres, Zapata, Carmona o Fajardo, y en el habla de determinadas ciudades. En Rabat y Salé, por ejemplo, el vocabulario relacionado con la navegación, la pesca y la cocina conserva numerosos préstamos españoles.
La darija ofrece la prueba más cotidiana de esta larga convivencia. Palabras tan integradas que ya no se perciben como extranjeras procederían del castellano: «rial», derivada de real; «spitar», de hospital; «komira», relacionada con comer, o «magana», vinculada a máquina. El español, apunta el estudio, no solo dejó documentos o instituciones: se instaló en la manera de hablar.
La difusión desigual durante el Protectorado
El Protectorado español, entre 1912 y 1956, convirtió el castellano en lengua de la administración y del comercio en el norte. Sin embargo, Fakir subraya que España no desarrolló una política educativa tan sistemática como la francesa.
El español se extendió principalmente por el contacto diario, la necesidad profesional y la convivencia. En 1952 residían en Marruecos unos 130.000 españoles: 80.588 en la zona del Protectorado español y alrededor de 50.000 en la zona administrada por Francia. Para miles de marroquíes del norte, aprender la lengua no era una elección académica, sino una necesidad para trabajar y relacionarse.
La independencia alteró ese equilibrio. La población española descendió hasta las 44.554 personas en 1965 y se redujo a 8.460 en 1986. Desapareció así la masa social que permitía reproducir la lengua de manera espontánea.
España tampoco había logrado formar una élite marroquí hispanohablante comparable a la élite francófona que dejó Francia. Cuando Marruecos recuperó su independencia, resume el estudio, el francés conservó una posición dominante en la administración, los negocios y la enseñanza superior, mientras el español quedó asociado fundamentalmente al norte y a la memoria.
Entre uno de cada veinte y uno de cada cinco marroquíes
Determinar cuántos marroquíes conocen actualmente el español no resulta sencillo. Las cifras varían en función de lo que cada investigación entiende por hablar o comprender una lengua.
Una encuesta realizada en 2012 por el Instituto Real de Estudios Estratégicos situaba en alrededor del 5% —uno de cada veinte marroquíes— la proporción de personas que declaraban entender español. Otras estimaciones, basadas en criterios más amplios, elevaban el porcentaje hasta el 20%, es decir, una de cada cinco.
La diferencia revela la dificultad de medir una lengua que en muchos lugares se aprende en el hogar y se utiliza oralmente, sin haber pasado necesariamente por la escuela.
Su distribución geográfica confirma el peso de la historia. El estudio cita una encuesta del CIDOB de 2005 según la cual las mayores proporciones de hispanohablantes se encontraban en Alhucemas, con cerca de tres de cada cuatro habitantes; Tánger, con casi uno de cada dos, y Laâyoune, con más de uno de cada cuatro.
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No obstante, se trata de datos antiguos y procedentes de investigaciones con metodologías diferentes. El propio trabajo de Fakir invita a manejarlos con prudencia y señala la necesidad de disponer de estadísticas actuales y homogéneas.
Una presencia institucional sin reflejo suficiente en las aulas
Marruecos cuenta con uno de los mayores despliegues del Instituto Cervantes en el mundo. Sus centros de Tánger, Tetuán, Rabat, Fès, Casablanca y Marrakech, junto con sus extensiones en otras ciudades, reflejan la importancia que España concede a la promoción de su lengua en el Reino.
La universidad marroquí también ha contribuido a preservar el hispanismo. El primer departamento de español nació en Rabat y posteriormente se crearon otros en Fès, Tetuán, Casablanca y Agadir. En la actualidad, según el estudio, seis universidades ofrecen itinerarios completos de estudios hispánicos.
La situación en la enseñanza pública, sin embargo, es menos favorable. El español se ofrece como segunda lengua extranjera optativa, en competencia con el inglés, el alemán y el italiano. El número de alumnos pasó de 36.839 en el curso 2000-2001 a 50.965 dos años después y alcanzó alrededor de 70.000 en 2010-2011.
Incluso en ese momento de máxima expansión, no más de uno de cada once alumnos de los niveles concernidos estudiaba español. Desde entonces, el Observatorio Global del Español ha señalado una tendencia descendente en la educación secundaria, mientras las reformas educativas refuerzan el aprendizaje del inglés.
La pérdida de terreno también llegó a la universidad. Las inscripciones en estudios hispánicos pasaron de 3.386 estudiantes en el curso 2007-2008 a 2.524 cuatro años más tarde, según los datos recogidos por Fakir.
A ello se suman dificultades materiales: docentes con pocos recursos, manuales envejecidos y una escasa conexión entre la experiencia del Instituto Cervantes y las necesidades de los centros públicos.
El gran contrasentido económico
El retroceso escolar resulta todavía más paradójico cuando se observa la relación económica entre Marruecos y España. El país vecino es el primer socio comercial del Reino y Marruecos, a su vez, constituye el principal mercado africano para las empresas españolas.
Esa intensa integración no se ha traducido en una mayor utilización del castellano en el ámbito empresarial. Según el estudio, buena parte de los intercambios se realizan en francés y, cada vez más, en inglés.
El escritor marroquí Mohamed El Morabet resumió esta contradicción en 2022 al considerar que «España debería preocuparse más por conservar el español en Marruecos» y que su dejadez había permitido al francés ganar terreno.
Para Fakir, la proximidad geográfica y el comercio no bastan para garantizar la vitalidad de una lengua. Si las familias y los estudiantes no perciben que conocerla aumenta sus oportunidades académicas y laborales, elegirán otras que consideren más útiles.
Una lengua que sigue viva en el norte
Las estadísticas nacionales no captan completamente lo que ocurre en ciudades como Tetuán. Una investigación realizada entre 2020 y 2024 con cerca de un millar de alumnos del Instituto Cervantes local encontró principiantes capaces de comprender el idioma y hablarlo con una pronunciación fluida, pese a no haberlo estudiado anteriormente.
Se trata del llamado español de herencia: una lengua recibida en el hogar, transmitida oralmente por padres, abuelos o familiares residentes en España y reforzada por las vacaciones, la televisión, las series y, ahora, las redes sociales.
Entre los adultos encuestados, seis de cada diez aseguraban hablar español en casa y ocho de cada diez tenían familiares en España. Entre los niños y adolescentes, casi todos afirmaban emplearlo en el hogar y cerca de dos de cada tres tenían al menos un progenitor español.
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En determinadas localidades del norte, el contacto diario también ha generado una alternancia natural entre la darija y el español. Las dos lenguas se mezclan en una misma conversación sin que sus hablantes perciban el cambio como algo excepcional. Allí, el castellano no funciona solamente como asignatura: forma parte de la vida ordinaria.
Tres generaciones de escritores marroquíes
El español también ha sobrevivido gracias a la literatura marroquí. Fakir distingue tres generaciones de autores. La primera corresponde a los pioneros formados durante el Protectorado, entre ellos Mohamed Ibn Azzuz Hakim, considerado el primer marroquí que publicó un libro en español, en 1949, y autor de más de un centenar de títulos.
La segunda, consolidada durante la década de 1990, incluye a Mohamed Sibari, Mohamed Bouissef Rekab y Esther Bendahan. Sus obras recuperan el pasado del norte, las relaciones entre marroquíes y españoles y la memoria de las comunidades que convivieron en aquellas ciudades.
Una tercera generación, integrada por autores como Najat El Hachmi, Said El Kadaoui, Farid Othman-Bentria Ramos o Mohamed El Morabet, se aparta de la mirada colonial y utiliza el español como una lengua propia y elegida para abordar el desarraigo, la identidad plural y el Mediterráneo.
Sin embargo, esta literatura ha sufrido una escasa atención institucional y editorial. La Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española, fundada en Larache en 1997, permaneció activa hasta 2009 con muy poco apoyo y muchos de sus miembros tuvieron que publicar por cuenta propia. Los premios obtenidos posteriormente en España por El Hachmi o El Morabet han dado mayor visibilidad a esta producción, pero no han resuelto su fragilidad estructural.
Perder terreno sin desaparecer
La conclusión del estudio es severa: el español no necesitó ser prohibido para retroceder en Marruecos. Bastaron la falta de continuidad institucional, el insuficiente interés de España y la percepción de que otras lenguas ofrecían mayores oportunidades.
Los discursos sobre la historia compartida y Al-Ándalus tampoco pudieron sustituir una verdadera política educativa, la formación de profesores, la actualización de manuales o la creación de oportunidades profesionales para los hispanohablantes.
Pero aquello que las instituciones no consiguieron proteger ha sobrevivido por otras vías. Permanece en la haketía heredada de los sefardíes, en las palabras españolas de la darija, en los apellidos de origen morisco, en las familias del norte, en las conversaciones bilingües y en los escritores que siguen eligiendo el castellano.
Después de atravesar las expulsiones de 1492 y 1609, el Protectorado, la arabización, décadas de indiferencia escolar y, ahora, la expansión del inglés, el español ha demostrado en Marruecos una particular capacidad: la de perder espacio sin desaparecer.
