José Díaz-Fernández, de soldado en Marruecos a narrador del absurdo colonial

El 20/09/2026 a las 10h45

José Díaz-Fernández llegó a Marruecos con poco más de veinte años vestido de soldado. No regresó de allí con una epopeya que contar. La experiencia de una guerra colonial que enfrentaba al Ejército español con la resistencia marroquí terminaría alimentando El blocao, una de las obras más singulares de la literatura española de entreguerras. Publicada en 1928, cuando las operaciones militares acababan de concluir, la novela miraba hacia una guerra todavía demasiado próxima y dejaba escrita una frase que sobreviviría al tiempo. «Marruecos sigue siendo una herida abierta en la conciencia española».

José Díaz-Fernández llegó a Marruecos con poco más de veinte años vestido de soldado. No regresó de allí con una epopeya que contar. La experiencia de la guerra colonial española terminaría alimentando sus crónicas periodísticas y, años después, El blocao, una novela publicada en 1928 bajo dos denominaciones inequívocas, «Novela de Marruecos» y «Novela de la guerra marroquí».

Había una frase, escrita cuando el recuerdo de los combates seguía muy próximo, que condensaba la relación del autor con aquella experiencia. «Marruecos sigue siendo una herida abierta en la conciencia española», advertía Díaz-Fernández.

Pero aquella herida no pertenecía únicamente a España. Al otro lado de los jóvenes españoles enviados a combatir estaba Marruecos, escenario de una guerra colonial librada en su propio territorio y de una resistencia contra la ocupación. Recordarlo resulta indispensable para leer hoy una literatura española que durante décadas observó aquellos acontecimientos principalmente desde quienes habían cruzado el Estrecho uniformados.

Díaz-Fernández ofrece una mirada particularmente interesante porque escribe desde dentro de ese ejército y, al mismo tiempo, despoja progresivamente la guerra de cualquier apariencia de aventura. En El blocao hay soldados españoles, posiciones militares, convoyes y combates, pero sobre todo hay aburrimiento, miedo, frustración y muerte.

De las trincheras al periódico

Nacido en 1898, Díaz-Fernández perteneció a una generación de escritores españoles profundamente marcada por las campañas militares en Marruecos. Víctor Fuentes, responsable de la edición de El blocao consultada para este artículo, lo sitúa junto a autores como Ramón J. Sender entre quienes conocieron personalmente episodios de aquella guerra y regresaron a España cuestionando un Estado que consideraban atravesado por las desigualdades, la corrupción y la incompetencia administrativa.

La literatura llegó después del periodismo. Durante 1921 y 1922, Díaz-Fernández escribió sobre Marruecos para el diario asturiano El Noroeste. Parte de aquellas crónicas terminaría reapareciendo, transformada por la ficción, dentro de El blocao. Dos de los siete fragmentos de la novela habían tenido ya una primera vida periodística.

El propio escritor reconocería que su libro estaba construido sobre la «falsilla de recuerdos». No pretendía ofrecer una reconstrucción objetiva de la guerra, sino convertir una experiencia vivida en literatura. Esa distinción resulta importante un siglo después. El blocao no es una historia de Marruecos ni puede leerse como la voz de los marroquíes que resistieron al avance colonial. Es la mirada de un joven español que empieza a interrogar el mundo del que él mismo forma parte.

La guerra sin heroísmo

Las primeras páginas contienen ya el germen de esa transformación. El narrador llega a una posición militar después de haber pasado por Tetuán y confiesa que tiene «ganas de andar a tiros». Apenas quince días después, la excitación se ha evaporado. El blocao se convierte en un espacio de aislamiento en el que los soldados juegan a las cartas, esperan correspondencia y ven transcurrir unos días interminables.

El enemigo acaba incluso desplazándose en la narración. Ya no está únicamente fuera de la posición militar. Díaz-Fernández escribe que «el enemigo andaba por entre nosotros», convertido en silencio y hastío. Los soldados llegan a esperar un ataque simplemente porque rompería la monotonía, aunque fuese de manera trágica.

La enfermedad tampoco ofrece escapatoria. Uno de los soldados cae con cuarenta grados de fiebre mientras el destacamento permanece prácticamente incomunicado. Cuando finalmente puede ser evacuado, sus compañeros envidian que vaya al hospital. El narrador cree después que terminó en el cementerio. «Preferían la enfermedad; yo creo que preferían la muerte», escribe.

No es la imagen de una campaña gloriosa. Es una maquinaria que desgasta a quienes están dentro de ella.

Marruecos visto desde el lado español

Esa crítica no convierte, sin embargo, a Díaz-Fernández en un observador ajeno a los prejuicios de su tiempo. El blocao conserva una mirada inequívocamente europea y colonial sobre Marruecos.

Tetuán aparece dividido entre el espacio ocupado y transformado por la presencia española y la ciudad marroquí que el narrador contempla inicialmente con distancia. En uno de los pasajes más reveladores se declara tan europeo como el sol y confiesa su rechazo hacia el barrio marroquí. Otro personaje le responde llamándolo «bárbaro» y reivindica la elegancia y profundidad de una cultura moldeada por el tiempo frente a una civilización occidental que considera dominada por la artificialidad y la velocidad.

La mujer marroquí tampoco escapa a esa mirada. Aparece en distintos momentos convertida en objeto del deseo masculino y envuelta en un exotismo que hoy resulta imposible ignorar. La edición de Víctor Fuentes identifica precisamente esa contradicción entre la crítica que atraviesa la obra y los códigos coloniales que continúan presentes en su narrador.

Leer a Díaz-Fernández desde Marruecos exige conservar ambas dimensiones. Reconocer su rechazo creciente a la guerra no obliga a borrar el lugar desde el que escribe ni a transformar retrospectivamente al soldado español en portavoz de quienes combatían la ocupación.

Una guerra que cambió al escritor

Lo que sí aparece con claridad es el efecto de Marruecos sobre su trayectoria intelectual. La experiencia militar se convirtió en materia periodística y después literaria, mientras Díaz-Fernández avanzaba hacia una concepción cada vez más comprometida de la escritura.

En sus reflexiones sobre lo que debía ser la literatura de guerra reclamaba textos capaces de recoger las vidas ordinarias destruidas en los campos de batalla y de transmitir «el odio a la guerra». Era, en sus palabras, la «moral de la tragedia».

El blocao trasladó esa idea a siete fragmentos unidos menos por una trama convencional que por una misma atmósfera. No buscaba fabricar héroes. Sus protagonistas son hombres atrapados en una guerra cuya lógica termina deshaciéndose a medida que avanza el relato.

La propia estructura permite además entrever algo que durante mucho tiempo permaneció en los márgenes de buena parte de la narrativa española sobre aquellas campañas. Frente al espacio ocupado por el Ejército aparecen las cabilas, los aduares y las montañas desde las que actúa la resistencia marroquí. La introducción de Víctor Fuentes señala precisamente cómo ese mundo del colonizado queda fuera del centro de la narración, pero rodea constantemente el espacio del colonizador.

Ese silencio también dice mucho sobre la literatura colonial y sobre quién tenía entonces la posibilidad de contar la historia.

El «Triunfo de la muerte»

Díaz-Fernández murió en Francia en 1940, después de abandonar España tras la Guerra Civil. Su obra permaneció durante décadas prácticamente olvidada y comenzó a ser recuperada a partir de finales de los años sesenta y, sobre todo, durante los setenta. El blocao, La Venus mecánica y El nuevo romanticismo terminarían devolviéndole un lugar dentro de la literatura española de las décadas de 1920 y 1930.

Casi un siglo después de su publicación, quizá la imagen más reveladora de El blocao sea precisamente la última. La novela termina con el «Triunfo de la muerte». Víctor Fuentes interpreta esa muerte, que sobrevuela toda la narración, como aquello que finalmente dejó para colonizados y colonizadores la denominada, con evidente ironía, «misión altamente civilizadora» en Marruecos.

Ahí desaparece cualquier tentación de convertir aquella época en una postal.

Marruecos fue para Díaz-Fernández una experiencia que transformó su escritura. Para Marruecos, sin embargo, aquellos años fueron algo mucho más profundo que el escenario en el que una generación de escritores españoles descubrió el absurdo de la guerra. Fueron años de ocupación, resistencia y violencia cuyas heridas pertenecen a la historia marroquí.

Leer hoy El blocao desde esta orilla permite precisamente mantener juntas esas dos realidades. Escuchar a un escritor español que regresó cuestionando lo que había vivido, sin olvidar nunca a quienes vivieron aquella guerra en su propia tierra.

Por Faiza Rhoul
El 20/09/2026 a las 10h45