Las enfermedades infantiles son afecciones comunes o específicas que afectan a los niños debido a que su sistema inmune aún está en desarrollo. En la literatura política, la expresión «enfermedad infantil» ha adquirido un significado metafórico, refiriéndose a errores, excesos o ilusiones característicos de los inicios (o la inmadurez) de un movimiento, ideología o institución, y que supuestamente se «curan» mediante la experiencia, la disciplina o la maduración política. El uso más conocido proviene de Vladimir Ilitch Oulianov, quien en 1920 tituló un panfleto La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo.
En este texto, Lenin critica las tendencias ultraizquierdistas que, según él, rechazan los compromisos tácticos, las alianzas temporales o el trabajo dentro de las instituciones existentes (sindicatos, parlamentos) en nombre de una pureza revolucionaria abstracta. Así, «enfermedad infantil» no es meramente una imagen médica: es una herramienta retórica para reflexionar sobre la maduración política, la disciplina y los límites entre lo aceptable y lo que debe corregirse dentro de un proyecto colectivo.
Parafraseando a Lenin, las «enfermedades infantiles» designan las deficiencias inherentes a los inicios o a la inmadurez de un actor político o de un campo socioprofesional. Aplicado al periodismo, el concepto alude a una práctica aún inmadura que concibe de forma ingenua la profesión como un «cuarto poder» desprovisto de responsabilidad política y ética, y ajeno a la conciencia de sus propios sesgos. Se trata, más bien, de una fantasía de pureza y omnipotencia que lleva a ciertos periodistas y redacciones a considerarse por encima de toda restricción y a creerse legitimados para decirlo todo, y de cualquier manera.
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A veces, al leer lo que publica cierta prensa española sobre Marruecos, uno no encuentra otra explicación que el padecimiento de una enfermedad infantil, y aquí el último ejemplo en este carnaval periodístico interminable de odio y desprecio. Además de ser retratado por el discurso mediático español como un vecino ambiguo, inquietante, amenazante y chantajista, Marruecos recibe hoy de La Razón un nuevo epíteto descalificador: ladrón! Ladrón, nada menos, de la final del Mundial 2030 que organizamos junto a Portugal.
El periódico titula esta semana una crónica bajo el encabezado “El plan de Marruecos para robar la final a España que lleva gestándose dos años ante la pasividad de Sánchez “. En ella cuenta, con un sentimiento de superioridad y con el tono de quien acaba de sorprender al vecino in flagranti, que «el régimen de Mohamed VI lleva meses intensificando su estrategia para arrebatar a España la final del Mundial y lograr que el encuentro se dispute en el que pretende ser el estadio más grande del mundo, ubicado en Casablanca». Nótese el uso deliberado de «arrebatar» y «pretender», como si Marruecos no tuviera el legítimo derecho a desarrollar su propia estrategia para alcanzar objetivos perfectamente válidos, y como si la mera construcción de un estadio de dimensiones excepcionales fuera ya, de por sí, una impostura. El lenguaje no describe un hecho: lo criminaliza preventivamente.
El título no es un desliz léxico. Es una aportación consciente - y bastante torpe - a un relato que, en plena crisis de Sebta, varios medios españoles están afinando con entusiasmo: el del vecino que no se porta bien, que no se fía, que chantajea, que es ambiguo, inquietante… y que, de paso, ahora también roba finales de Mundial.
«Robar» no es solo un verbo infantil. Es un verbo que convierte una puja institucional en un acto de delincuencia. Y al hacerlo, encaja perfectamente en la estructura narrativa que se está reactivando estos días: Marruecos no compite, no negocia, no ejerce derechos como coorganizador. Marruecos quita, arrebata, se apropia. Es el mismo mecanismo que convierte cualquier movimiento diplomático o migratorio del otro lado del Estrecho en prueba de malicia intrínseca. El país deja de ser un actor con intereses propios y se convierte en un personaje de novela: el vecino problemático, el chantajista habitual, el socio en el que nunca se puede confiar del todo.
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La Razón, con este titular, no inventa el relato. Solo le añade un capítulo deportivo. Mientras la crisis de Sebta calienta los titulares, el periódico se precipita a contribuir con su propia dosis de sospecha: no basta con que Marruecos sea el país que “utiliza” la migración o que juega con la “ambigüedad” geográfica; ahora también es el que trama el robo de la final del Bernabéu ante la «pasividad» de Sánchez. El mensaje es claro y emocionalmente eficaz: no se puede bajar la guardia ni un segundo. Ni en la frontera ni en la FIFA.
Lo irónico es que este tipo de vocabulario termina por empobrecer el propio debate que pretende defender. Si la final del Mundial se convierte en un objeto que «nos están robando», entonces cualquier decisión de la FIFA que no coincida con el deseo español será automáticamente un atropello, una traición o una prueba más de la perfidia marroquí. Ya no hay espacio para analizar correlaciones de fuerzas, inversiones, alianzas o criterios técnicos. Solo queda el melodrama del bien robado.
En el fondo, el titular no habla tanto de Marruecos como de una cierta forma de mirarse al espejo: la de quien necesita que el otro sea siempre el ladrón para no tener que preguntarse si acaso el juguete nunca fue del todo suyo.
El título de La Razón «El plan de Marruecos para robar la final a España…» es, en sí mismo, una pequeña obra de arte del victimismo futbolero. No habla de una candidatura rival, de una puja legítima ante un organismo multilateral ni de una decisión que aún no se ha tomado. Habla de un robo casi gritando: «¡al ladrón, al ladrón!» como si hubiera que detener de inmediato a ese país que, precisamente, garantizó a España los votos de África, Asia y el mundo árabe. Habla de un robo como si el Bernabéu tuviera ya la llave de la final en el bolsillo y alguien estuviera intentando entrarle por la ventana.
El verbo es delicioso porque no pertenece al vocabulario de la FIFA, de las federaciones ni de la diplomacia deportiva. Pertenece al patio del colegio. Es el lenguaje del niño que, al ver que otro niño también quiere el mismo juguete, grita: «¡Es mío! ¡Me lo están robando!». Aunque el juguete todavía esté en la estantería, aunque nadie se lo haya prometido por escrito y aunque el dueño de la tienda (en este caso, la FIFA) aún no haya decidido a quién se lo vende.
La lógica infantil es impecable:
1. Yo deseo la final.
2. Por tanto, la final es mía.
3. Cualquiera que también la desee es un ladrón.
Que Marruecos construya un estadio de 115.000 asientos, que invierta miles de millones, que teja alianzas o que simplemente ejerza su derecho como coorganizador del Mundial no cuenta como competencia. Cuenta como delito. El hecho de que la propia FIFA haya desmentido promesas y haya dejado claro que la decisión sigue abierta no altera el relato: el delito se está gestando «ante la pasividad de Sánchez». Porque, claro, si el otro niño juega mejor al ajedrez diplomático, la culpa es siempre del adulto que no te protegió lo suficiente.
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Lo más revelador no es que Marruecos intente llevarse la final a Casablanca. Eso es política del fútbol, tan vieja como el propio deporte. Lo revelador es la incapacidad de ciertos titulares para admitir que España no tiene un derecho natural, divino ni hereditario sobre ese partido. Tiene una candidatura fuerte, sí. Tiene estadios, sí. Historia y peso, si. Pero no tiene un título de propiedad. Y cuando alguien se presenta a la misma subasta con una oferta diferente, el reflejo no es competir: ¡es acusar de robo!
Es la misma “enfermedad infantil”, es el mismo mecanismo mental del niño, que, al perder una carrera, no dice «ha corrido más rápido», sino «me ha hecho trampa». La diferencia es que el niño suele tener siete años. El titular, en cambio, va firmado por un periódico adulto!
