Ceuta, Melilla y los espejos de la historia

Boualem Sansal. AFP or licensors

El 06/08/2026 a las 11h00

ColumnaMarruecos y España tienen hoy la oportunidad de transformar un foco permanente de tensión en un proyecto común para el Mediterráneo occidental. Argelia, por su parte, deberá elegir tarde o temprano entre la política del bloqueo y la reconciliación regional.

Las imágenes que nos han llegado desde Ceuta (Sebta) tenían la crudeza violenta de esas evidencias que durante demasiado tiempo nos hemos negado a mirar de frente. Decenas de miles de migrantes asaltaron las vallas de la ciudad española, desafiando el agotamiento y la muerte. La tragedia se evitó por muy poco.

La primera reacción no puede ser otra que la compasión ante tanto sufrimiento humano. Pero este tsunami humano no es un episodio migratorio más, como tantos otros, desde Lampedusa hasta el paso de Calais. Es una señal de alarma de magnitud sísmica. A partir de ahora, cabe temer las réplicas y, algún día, el gran terremoto, en Sebta, en Melilla o en cualquier otro lugar. Este asalto desesperado demuestra que, para los pueblos, la situación social y humana se ha vuelto insoportable y que los parches diplomáticos ya no bastarán para cerrar las grietas de un mundo que se desmorona. El statu quo actual ha dejado de ser sostenible.

Más allá de lo ocurrido, el problema es político. En pleno siglo XXI, la propia existencia de Sebta y Melilla, vestigios de una geografía colonial anclada en otra época, constituye un anacronismo. Estas ciudades españolas situadas en suelo africano, dentro de un país amigo, ya no cumplen otra función que la de alimentar tensiones permanentes entre las dos orillas del Mediterráneo, cuando ambas tienen todo el interés en construir juntas su futuro.

España se enfrenta hoy a una contradicción histórica. Después de haber examinado con lucidez su pasado franquista, debe culminar con valentía su proceso de descolonización. Imponer su soberanía sobre estas dos ciudades amparándose en antiguos mapas geográficos ya no tiene sentido en la Europa del siglo XXI. Al contrario, se han convertido en zonas de fricción donde confluyen los dramas de la inmigración clandestina y los tráficos de toda índole.

«Es urgente salir de este absurdo. Deberían crearse dos comisiones mixtas.La primera, hispano-marroquí, tendría como misión preparar las condiciones para el retorno progresivo de Sebta y Melilla a su continuidad geográfica e histórica marroquí. La segunda, marroquí-argelina, organizaría el regreso seguro y digno de las poblaciones saharauis desde los campamentos de Tinduf a su país, Marruecos.»

—  Boualem Sansal

¿Qué pensarían los españoles si Marruecos poseyera dos enclaves en su territorio, en Sevilla o Valencia, que atrajeran a miles de migrantes y traficantes? Y, llevando el razonamiento más lejos, la región de Tinduf, donde las poblaciones saharauis llevan medio siglo viviendo, aparece también como una anomalía geopolítica. ¿Es un enclave marroquí, puesto que los saharauis son oficialmente ciudadanos marroquíes? ¿Qué diría Argelia si Marruecos instalara en su territorio campamentos para acoger a refugiados cabileños enfrentados al poder central?

Estas comparaciones tienen un único propósito: demostrar que determinadas situaciones no pueden prolongarse eternamente.

Es urgente salir de este absurdo. Deberían crearse dos comisiones mixtas.

La primera, hispano-marroquí, tendría como misión preparar las condiciones para el retorno progresivo de Sebta y Melilla a su continuidad geográfica e histórica marroquí. La segunda, marroquí-argelina, organizaría el regreso seguro y digno de las poblaciones saharauis desde los campamentos de Tinduf a su país, Marruecos.

Ambos procesos deberían contar con el acompañamiento de la comunidad internacional para garantizar la seguridad de las poblaciones, el respeto de los derechos adquiridos y las condiciones de la transición. La historia demuestra que, cuando existe voluntad política, siempre pueden encontrarse soluciones jurídicas adecuadas.

Marruecos y España tienen hoy la oportunidad de transformar un foco permanente de tensión en un proyecto común para el Mediterráneo occidental. Argelia, por su parte, deberá elegir tarde o temprano entre perpetuar el bloqueo o apostar por la reconciliación regional.

La realidad ha llamado a la puerta en Sebta. Mañana lo hará en Melilla y, después, en Tinduf. También lo hará en Argel, como está ocurriendo ahora mismo en Túnez.

Los estadistas solo tienen una elección: limitarse a gestionar las crisis a medida que surgen o adoptar las decisiones que impone la Historia. Cuanto más tarden, más difíciles serán.

Por Boualem Sansal
El 06/08/2026 a las 11h00