Wafae Atid o cómo una mentira se convierte en un juicio mediático contra Marruecos

Soumaya Naâmane Guessous.

Soumaya Naamane Guessous.

El 28/08/2026 a las 11h10

ColumnaEl relato de Wafae Atid, quien afirma haber huido de Marruecos a nado para escapar de la opresión familiar, sigue recibiendo una amplia difusión pese a sus numerosas contradicciones. Un caso que plantea interrogantes sobre el tratamiento que una parte de la prensa occidental reserva al Reino.

El 19 de agosto, El País publicó el retrato de esta marroquí de 28 años que, desesperada, habría llegado a Sebta a nado para huir de una familia que le impedía estudiar y viajar.

Sin embargo, sus redes sociales cuentan una historia muy distinta. En ellas aparece viajando a Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Turquía y varios países africanos. Estudió en Dubái, trabajó en la hostelería y la restauración y ejerció como modelo… Una vida especialmente activa fuera de Marruecos para una joven que afirma que su familia le impedía viajar.

En un vídeo declara, además, que no quiere vivir en esos países: «Yo quiero vivir en Europa. ¿Cuál es vuestro problema?».

¿Nuestro problema? La mentira descarada. Esa que consiste en ensuciar la imagen de su propia familia para despertar la compasión de un país europeo.

Las contradicciones no terminan ahí. En una entrevista afirma que no es pobre. En otro vídeo se presenta como la más pobre de los migrantes llegados a Sebta.

Cuando una persona se contradice ante las cámaras, la función del periodista no consiste en escoger, entre sus diferentes versiones, aquella que produce el relato más espectacular.

Porque lo más inquietante de este caso no es únicamente que una persona haya mentido, sino que algunos medios hayan podido reproducir su relato sin mostrar al lector el verdadero alcance de sus contradicciones.

Eso es precisamente lo que falta aquí.

En lugar de derrumbarse bajo el peso de sus propias incoherencias, este relato continúa circulando y presentándose como la ilustración de una supuesta realidad general de Marruecos. Una historia individual se convierte así en un juicio colectivo.

Es ahí donde el sesgo mediático comienza a resultar preocupante.

Porque si esos mismos hechos se hubieran utilizado para cuestionar a un país europeo, ¿se habría aceptado con la misma facilidad el testimonio de una persona que se contradice en varios vídeos? ¿Se habrían considerado esas contradicciones meros detalles? ¿O se habría hablado de manipulación, instrumentalización o incluso de un intento de engaño?

El periodismo no puede funcionar con dos niveles de exigencia.

La verdad no tiene nacionalidad. No es marroquí ni española. Es simplemente la verdad.

Y cuando un medio decide privilegiar un relato porque encaja con la imagen que desea proyectar de un país, deja de reflejar la realidad y comienza a fabricar una realidad mediática.

El relato de esta joven se convierte entonces en el símbolo de un Marruecos supuestamente inhabitable y en el pretexto para condenar a toda una sociedad. Marruecos encarnaría la opresión y Europa, la libertad. Una visión tan simplista como injusta.

¿Por qué tanta complacencia con los relatos más perjudiciales?

Algunos países y determinados medios occidentales parecen deleitarse con cada historia susceptible de empañar la imagen de Marruecos.

Esto no significa, evidentemente, que todas las críticas contra Marruecos sean injustas. Pero la repetición de este tipo de tratamiento obliga a interrogarse sobre los sesgos, los reflejos editoriales y las representaciones del Reino difundidas por una parte de la prensa occidental.

«Cuando los hechos contradicen el relato, el deber del periodista no consiste en preservar este último, sino en restablecer la verdad.»

—  Soumaya Naâmane Guessous

Porque Marruecos ya no es el país de hace cincuenta años. Se ha transformado a una velocidad considerable. Desarrolla sus infraestructuras y su industria, aumenta sus exportaciones, atrae inversiones y se consolida progresivamente como un importante actor económico y estratégico en África y el Mediterráneo.

Se convierte, por tanto, en un competidor serio. Defiende sus intereses, reivindica un papel más importante y continúa planteando la cuestión de Sebta y Melilla, territorios marroquíes ocupados por España.

¿Hay que ignorar por ello los intereses políticos, económicos y geopolíticos que rodean la imagen de Marruecos?

Este caso está construido sobre una mentira. Pero ¿se vuelve excusable la mentira cuando permite presentar a Marruecos bajo una luz negativa? ¿Cuando sirve a una causa ideológica?

La compasión y la solidaridad con las personas vulnerables son necesarias. Pero nunca deben llevar a respaldar el engaño.

Porque cuando se acepta una mentira por servir para ensuciar la imagen de un país, la víctima ya no es únicamente Marruecos, sino el propio periodismo.

Este lamentable caso debería servir para recordar una regla elemental: una persona puede contar su historia, pero el periodista debe establecer los hechos.

Y cuando los hechos contradicen el relato, el deber del periodista no consiste en preservar este último, sino en restablecer la verdad.

De lo contrario, deja de ser información. Es instrumentalización. Lo cual, reconozcámoslo, es precisamente lo que ocurre en este caso.

Desde entonces, un nuevo elemento ha venido a alimentar este episodio. Wafae Atid ha multiplicado las declaraciones públicas en las que afirma que es atea y que, por ese motivo, no podría vivir en Marruecos. Unas declaraciones recogidas por agencias de prensa y ampliamente difundidas por los medios.

¿Qué más alegará para despertar todavía más compasión? ¿Hasta dónde llegará esta escalada para obtener un permiso de residencia en Europa?

¿Y hasta cuándo seguirán los medios interesándose por un caso que no pasa de ser un suceso banal, mientras perpetúan un relato de victimización y conceden a cada nueva declaración un alcance desproporcionado?

Este caso termina también planteando dudas sobre la credibilidad de las agencias de prensa y los medios de comunicación. A fuerza de reproducir y amplificar los mismos relatos, ¿no corren el riesgo de transformar un simple suceso en una campaña mediática?

Marruecos tiene, ciertamente, debilidades y dificultades, como cualquier otro país. Pero ¿es necesario convertir un caso particular en un juicio permanente contra todo un país?

A estas alturas, el tratamiento mediático empieza a adquirir la apariencia de una auténtica campaña de desprestigio…

Por Soumaya Naamane Guessous
El 28/08/2026 a las 11h10