La cifra comunicada oficialmente por las autoridades españolas posee una dimensión política y simbólica sin precedentes: el 95% de las personas que entraron en Sebta durante la última semana ya ha abandonado la ciudad por voluntad propia. Este porcentaje de retornos, de una magnitud inédita, debe constituir el punto de partida de cualquier análisis riguroso. Conviene precisar su verdadera naturaleza: este regreso masivo no fue provocado por una gran operación policial ni por expulsiones forzosas llevadas a cabo por el dispositivo de seguridad español. Se trata de un movimiento espontáneo, fruto de una toma de conciencia individual y colectiva.
Los migrantes vieron, comprobaron la realidad con sus propios ojos y decidieron regresar. Desde sus primeros pasos por la ciudad, el contraste entre el Eldorado imaginado, alimentado por las redes sociales y la desinformación, y lo que encontraron sobre el terreno provocó una reacción inmediata. Ante la falta de salidas, la ausencia de perspectivas y la precariedad de las condiciones de acogida, el espejismo se hizo añicos. La rapidez y la espontaneidad con las que estos jóvenes decidieron volver a Marruecos resultan reveladoras. No fue una renuncia impuesta, sino una elección dictada por el pragmatismo y la lucidez, aunque precedida por un duro choque con la realidad.
La desilusión
Esta reacción en cadena ofrece una demostración empírica de las posiciones defendidas desde hace tiempo por Marruecos. Como recordó una fuente gubernamental, que hace suyas las cifras de retornos comunicadas por las autoridades españolas, «la cuestión migratoria no puede abordarse exclusivamente desde la seguridad». El regreso voluntario de los jóvenes demuestra que la gestión de los flujos migratorios no puede medirse únicamente por el despliegue policial en las fronteras, sino también por la solidez de las perspectivas socioeconómicas ofrecidas a los ciudadanos.
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Al optar por regresar a su país, estos jóvenes han desmentido en la práctica la idea de una huida sin retorno. Su decisión pone de relieve el alcance de los grandes proyectos estructurales emprendidos por el Marruecos de Mohammed VI, entre ellos la modernización de las infraestructuras portuarias e industriales y la revitalización del tejido económico regional. Algunos siguen sin verlo y las políticas públicas aún no son suficientemente inclusivas, pero el lugar en el que estar es Marruecos, mucho más que en la incertidumbre que acompaña a la condición de inmigrante irregular en Europa.
La principal enseñanza de esta crisis es que el futuro de la juventud se construye en Marruecos. Queda mucho por hacer, sin duda, pero todo es posible. El esfuerzo de desarrollo desplegado por el país también interpela directamente a la Unión Europea sobre la necesidad de replantear su asociación con el Reino. Europa debe dejar de privilegiar las políticas de blindaje fronterizo y de adoptar decisiones comerciales o regulatorias perjudiciales para las industrias nacionales, como la automoción, la logística portuaria, los servicios, la deslocalización empresarial y el transporte. Una asociación euro-marroquí madura exige un apoyo franco y mutuamente beneficioso al desarrollo de Marruecos, piedra angular de la estabilidad regional.
La caja de Pandora
En lugar de ello, Europa ofrece una lección de repliegue identitario estéril. Una vez más, los acontecimientos de Sebta han dejado una imagen poco favorecedora de España. Aunque la crisis se estaba extinguiendo por sí sola gracias al retorno masivo de los migrantes, fue utilizada como pretexto para desencadenar una virulenta campaña xenófoba.
En el puerto de Algeciras, en plena Operación Marhaba, grupos de extrema derecha atacaron a familias marroquíes de la diáspora que viajaban hacia el Reino, recibiéndolas con pancartas hostiles como «Marroquíes fuera». Lo que estos grupos omiten es que ese tránsito beneficia enormemente a la economía española.
En Sebta, agitadores políticos como Alvise Pérez, de Se Acabó La Fiesta, y militantes del grupúsculo Núcleo Nacional se desplazaron hasta la ciudad para apuntalar el relato de una supuesta «invasión», pese a que la gran mayoría de quienes habían entrado ya se habían marchado. Lejos de responder a una emergencia real, su presencia buscaba convertir una crisis ya resuelta por los hechos en un escaparate identitario. Una maniobra rechazada por los propios habitantes, que los abuchearon y obligaron a abandonar el lugar bajo escolta policial.
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Esta agitación se extendió rápidamente a las principales ciudades españolas y dio lugar a concentraciones cargadas de odio frente a la Embajada de Marruecos en Madrid, donde se reunieron unas 1.200 personas, y ante los consulados de Almería y Palma. A los ataques contra la política migratoria se sumaron consignas abiertamente islamófobas, como «Una España cristiana, no musulmana», y reiterados saludos nazis protagonizados por figuras de extrema derecha ya condenadas por incitación al odio, como Isabel Peralta.
Estos hechos se inscriben en una preocupante tendencia reflejada por las propias estadísticas oficiales españolas: los delitos de odio aumentaron un 23,6% en 2025, hasta alcanzar los 2.417 casos, mientras que los incidentes islamófobos se dispararon un 133%, con un incremento del 450% en Internet. Esta estrategia de dramatización busca imponer en el debate público la idea de un choque de civilizaciones y estigmatizar de forma duradera a la comunidad marroquí.
Ante esta oleada de hostilidad, los saludos nazis bajo las ventanas de las representaciones diplomáticas y las pancartas que llaman abiertamente al rechazo, surge una pregunta inevitable: ¿es realmente en este clima, saturado de odio y racismo, donde los marroquíes querrían vivir y construir su futuro?
La respuesta está ya contenida en la decisión lúcida de ese 95% de jóvenes que regresaron de Sebta. Al desmontar el espejismo europeo mediante su retorno voluntario, dejaron claro que ningún supuesto Eldorado justifica cambiar la dignidad por la estigmatización cotidiana. Liberado ya de las ilusiones de un continente enfrentado a sus propios demonios identitarios, el futuro se escribe con la cabeza alta y en suelo nacional.
