Pedro Sánchez volvió a rechazar este miércoles el relato con el que la derecha española pretende presentar la relación con Marruecos como el resultado de un supuesto chantaje. La acusación llegó de la mano de Santiago Abascal, que no aportó ninguna prueba para sostenerla. En lugar de ello, la dio directamente por cierta. «No se preocupe, es una pregunta retórica. Toda España sabe que es así y que nuestro Gobierno está en Rabat», afirmó antes de exigir que España «deje de ser un protectorado marroquí en manos de traidores».
La respuesta de Sánchez fue tajante. «Este Gobierno no acepta el chantaje de ningún partido, de ningún país ni, por supuesto, de ningún poder. Y no lo hacemos porque no lo aceptaríamos en ninguna ocasión y, evidentemente, no tenemos nada que esconder», declaró.
El presidente español consideró además «irónico» que Abascal le acusara de actuar bajo las órdenes de una potencia extranjera. «Si alguien va con una correa al cuello es precisamente usted», le espetó. Sánchez acusó al dirigente ultraderechista de aplaudir «los aranceles de unos y los genocidios de otros» y de haberse apresurado a «poner la venda antes de la herida».
Vox convierte Marruecos en blanco de su discurso xenófobo
La intervención rozó lo grotesco. Para demostrar la supuesta sumisión del Gobierno a Marruecos, Abascal convirtió las clases de árabe, la cultura marroquí e incluso los menús halal de los colegios en poco menos que pruebas de alta traición. Después aseguró que la bandera de Sánchez era «la de Marruecos» y, ya lanzado, colocó al Reino en una disparatada enumeración junto a Cuba, China, Palestina y «cualquier grupo terrorista que amenace a Occidente». La escena habría resultado cómica si no revelara hasta qué punto Marruecos se ha convertido en el blanco predilecto de su discurso xenófobo.
Como si lo anterior no fuera suficiente, Abascal dibujó a un Sánchez dispuesto a «ceder Sebta, Melilla y las islas Canarias» y reclamó activar el artículo 102 de la Constitución para llevarlo ante el Tribunal Supremo por traición. Coronó su intervención preguntando «cuántos diputados tiene Marruecos en esta Cámara», una acusación tan extrema como huérfana de pruebas.
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Decidido a no quedarse atrás, Alberto Núñez Feijóo se sumó al mismo coro. El presidente del Partido Popular sostuvo que Sánchez «no es un presidente libre» y que su futuro político depende del silencio de demasiadas personas. «Si Marruecos canta, usted se va», sentenció. El problema es que, más allá del juego de palabras, tampoco presentó un solo elemento que demostrara la existencia de información comprometedora en manos marroquíes. Repetida por unos y otros, la tesis del chantaje sigue siendo exactamente eso, una acusación política sin pruebas.
Una posición mantenida durante las últimas semanas
La respuesta de Sánchez no constituye un cambio de discurso. Desde el comienzo de la situación migratoria en Sebta, el presidente español ha defendido la cooperación con Marruecos y se ha negado a atribuir responsabilidades al Reino sin disponer de hechos concluyentes.
El pasado 31 de agosto recordó que la colaboración marroquí había permitido devolver en apenas 72 horas a más del 90% de las personas que habían entrado en Sebta. «Sin la cooperación de Marruecos, esta crisis se agravaría», declaró entonces en una entrevista radiofónica.
Tres días después, durante su comparecencia extraordinaria ante el Congreso, reiteró que ninguna institución española había aportado «pruebas sólidas» de que Marruecos hubiera diseñado o ejecutado la entrada masiva de migrantes. «Si hay pruebas sólidas, actuaremos con total contundencia», garantizó, al tiempo que pidió permitir que las fuerzas de seguridad, los servicios de información y la Justicia concluyeran sus investigaciones.
En aquella comparecencia, Sánchez rechazó que España mantuviera una política de «apaciguamiento» con Marruecos. La definió como una relación de «buena vecindad» en la que existen desacuerdos y líneas rojas, pero advirtió de las consecuencias de abrir un conflicto diplomático basándose en especulaciones.
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«Hoy hemos escuchado a muchos que quieren reventar nuestras relaciones de vecindad. Su propuesta es escalar sin reservas un conflicto. Yo no puedo hacerlo, no debo hacerlo y no lo voy a hacer», afirmó entonces. También defendió la cooperación marroquí como un elemento indispensable para gestionar la migración y recordó que las decisiones diplomáticas irreversibles no pueden adoptarse para satisfacer la presión partidista.
Este miércoles, Sánchez vinculó nuevamente su negativa a aceptar el relato del chantaje con la transparencia. El Ejecutivo aprobó la desclasificación de alrededor de 40 documentos elaborados por el CNI, la Policía Nacional, la Guardia Civil y los servicios de información de las Fuerzas Armadas entre el 1 de julio y el 1 de agosto. «No tenemos nada que esconder», insistió al anunciar su publicación.
Frente a una derecha que vuelve a agitar la sospecha de una conspiración marroquí sin aportar pruebas, Sánchez mantiene así una línea basada en la cooperación cuando resulta imprescindible, la firmeza ante hechos acreditados y el rechazo a convertir la relación con Rabat en combustible para la batalla política española.
